Pqueño, grande
Desde allá, caminando
—Tú dices: «Qué sorpresa», le susurró Lila al oído.
A nieve olía Lila, a ella misma y a tierra.
—Qué sorpresa —empezó a decir Sophie, pero no pudo continuar, porque un nudo de lágrimas de dolor y desconcierto le subió a la garganta detrás de las palabras, trayendo consigo todo cuanto durante aquellos largos años le fuera negado y ella misma se había negado. Sophie lloraba, y Lila, ahora ella sorprendida, intentó apartarse, pero Sophie la retuvo; y entonces Lila, para reconfortarla, le palmeó suavemente la espalda.
—Sí —le dijo a su madre—, he vuelto; he venido de muy lejos, de muy, muy lejos.
Desde allá, caminando
Tal vez viniera, sí, de muy, muy lejos, en todo caso recordaba que eso era lo que tenía que decir. No recordaba, sin embargo, haber hecho una larga caminata: o se había despertado después de haber caminado en sueños casi hasta el final, o de lo contrario había sido realmente muy corta.
—¿Caminando en sueños? —preguntó Sophie.
—He estado durmiendo, sí —dijo Lila—. Tanto tiempo. Yo no sabía que había estado durmiendo tanto tiempo. Más tiempo que los osos. Oh, he estado durmiendo desde cierto día, desde el día en que te desperté. ¿Lo recuerdas?
—No —dijo Sophie.
—Aquel día —dijo Lila—, el día en que te robé el sueño. Yo te grité: «¡Despierta!», y te tiré del pelo.
—¿Tú me robaste el sueño?
—Porque yo lo necesitaba, perdóname —dijo Lila alegremente.
—Ese día... —dijo Sophie, mientras pensaba: ¡Qué raro ser tan vieja y estar tan llena de cosas, y tener tu vida dada vuelta como puede tenerla un niño...! Ese día... ¿Y ella había dormido desde entonces?
—Desde entonces —dijo Lila—. Y luego vine aquí.
—Aquí —dijo Sophie—. ¿De dónde?
—De allá. Del sueño. O en todo caso...
En todo caso, se había despertado del sueño más largo del mundo, que olvidó por completo tan pronto como se despertó, para encontrarse andando, al anochecer, por un camino obscuro, con campos silenciosos cubiertos de nieve a cada lado, y en derredor un cielo frío y plácido rosa-y-azul, y una misión para la cual había sido preparada antes de dormirse (y que su largo sueño no había olvidado) por realizar. Todo aquello era bastante claro y a Lila no la sorprendió: más de una vez, mientras crecía, se había encontrado de improviso en circunstancias extrañas, pasando de un encantamiento a otro como un niño a quien levantan dormido de su cama para llevarlo a una celebración, y se despierta, y parpadea y mira en derredor con sorpresa, pero aceptándolo todo porque lo sostienen manos familiares. Sus pies se habían deslizado, pues, uno detrás de otro; había visto un cuervo y, cuando trepaba por una colina, vio morir los últimos resplandores de un sol escarlata y trocarse en malva el rosa del cielo y la nieve teñirse de azul, y sólo después, cuando descendía, se le ocurrió preguntarse dónde estaba, y cuánto más tendría aún que andar.
Al pie de la colina, entre pequeños y frondosos siempreverdes, se alzaba una casita desde cuyas ventanas brillaba en el anochecer la llama amarilla de las lámparas. Cuando llegó a ella Lila empujó el portoncito blanco de la cerca de estacas (una campanilla tintineó dentro de la casa mientras se abría) y echó a andar por el senderito que subía hasta el porche. Por encima del césped cubierto de nieve, asomó, como lo había estado haciendo durante años y años, la cabeza de un gnomo, el alto bonete duplicado por otro bonete de nieve.
—Los Juníperos —dijo Sophie.
—¿Qué?
—La casa de los Juníperos —dijo Sophie—. Su chalecito.
Allí vivía una mujer vieja, viejísima, la más vieja (excepto la señora Sotomonte y sus hijas) que Lila había visto jamás. Abrió la puerta, levantó en alto la lámpara, y con una vocecita cascada preguntó: «¿Amigo o Enemigo? Oh, santo cielo», porque lo que vieron sus ojos fue una niña casi desnuda, descalza y sin sombrero, allí, delante de ella, sobre la nieve del portal.
Margaret Junípero no hizo ninguna tontería: abrió la puerta para que Lila pudiese entrar, si eso quería, y al cabo de un momento Lila decidió que entraría, y entró y avanzó por el minúsculo pasillo a través de la alfombra raída y dejó atrás la repisa de las chucherías (largo tiempo sin desempolvar, pues Marge temía romper los objetos con sus viejas manos, y de todas maneras tampoco podía ahora ver el polvo) y por la puerta abovedada pasó a la salita, donde, en la estufa, chisporroteaba el fuego. Marge la seguía con la lámpara, pero al llegar al dintel titubeó, no estaba segura de querer entrar; vio que la niña se sentaba en el sillón de arce que fuera de Jeff, y apoyaba las manos en los brazos que parecían remos, como si le gustaran o la divirtieran. Luego miró a Marge.
—¿Puede usted decirme —preguntó— si voy bien por este camino a Bosquedelinde?
—Sí —respondió Marge, sin sorprenderse, Comoquiera, de que la niña le hiciera esa pregunta.
—Oh —dijo Lila—. Tengo que llevar un mensaje a ese lugar. —Levantó las manos y los pies hacia la estufa, aunque no porque pareciera sentir frío, y tampoco eso sorprendió a Marge.— ¿Cuánto falta aún para llegar?
—Horas —dijo Marge.
—Oh. ¿Cuántas?
—Yo nunca caminé hasta allí —dijo Marge.
—Oh. Bueno, soy buena caminadora. —Se levantó de un salto y señaló, interrogativamente, en una dirección, y Marge meneó la cabeza: No, y Lila se rió y señaló en la dirección opuesta. Marge asintió: Sí. Se hizo a un lado para que la niña pudiera salir, y la siguió hasta la puerta.
—Gracias —dijo Lila, su mano ya en el picaporte. De un cacharro que había junto a la puerta, donde guardaba los billetes de dólar y los caramelos surtidos con que pagaba a los muchachos que le barrían la nieve de la entrada y le cortaban la leña, Marge sacó un gran bombón de chocolate y se lo ofreció a Lila; la niña lo cogió con una sonrisa, e, irguiéndose sobre las puntas de los pies, besó la vieja mejilla de Marge. Acto seguido salió de la casa, bajó por el sendero y enfiló hacia Bosquedelinde sin volver la cabeza.
Marge, desde la puerta, la observaba, con la extraña y creciente sensación de que sólo para esta pequeñísima visita había vivido ella toda su larga existencia, de que esta casita a la vera del camino, esta lámpara que sostenía en la mano y toda la cadena de acontecimientos que condujeran a esta circunstancia habían tenido siempre y por única razón de ser esta visita. Y también Lila, mientras caminaba deprisa, recordaba en ese instante que visitar esa casa era, por supuesto, una de las cosas que ella tenía que hacer, así como decirle a la viejecita las cosas que le había dicho —fue el sabor del chocolate lo que se lo trajo a la memoria— y que al anochecer del día siguiente, un anochecer tan azul y sereno como éste, o quizá más sereno, en los cinco poblados que formaban una estrella pentacular alrededor de Bosquedelinde, todo el mundo sabría que Marge Junípero había tenido una visita.
—Pero —dijo Sophie—, caminando, no puedes haber llegado aquí desde el anochecer.
—Soy buena caminadora —dijo Lila—. O tal vez tomé un atajo. Fuera cual fuese el camino que tomara, había tenido que cruzar un lago escarchado y una isla lacustre rielando en él a la luz de las estrellas, donde se alzaba un pequeño cenador de pilares, o quizá fueran sólo figuras de nieve que sugerían un lugar así; y a través de los bosques, despertando a un paro carbonero, pasado por un edificio, una especie de castillejo como azucarado de nieve...
—El Pabellón de Verano —dijo Sophie.
... un edificio que Lila había visto antes, hacía mucho tiempo, en otra estación. Se aproximó a él a través de los que antaño fueran los macizos de flores que bordeaban el césped, ahora un espeso matorral, del que sólo emergían por encima de la nieve los altos tallos secos del gordolobo y la malvaloca. La osamenta gris de una reposera de lona yacía en el patio. Al verla allí, Lila pensó: ¿Había algún mensaje, algún consuelo que traer a este lugar? Estuvo allí un momento, contemplando los despojos de la silla y la casa acurrucada, sin rastros de pisadas en la nieve que subía hasta la puerta, a medias atascada por la nieve, una puerta mosquitera para el verano, y por primera vez en su vida tembló de frío, pero no pudo recordar cuál era el mensaje ni para quién, ni si en verdad había un mensaje, y reanudó su camino.
—Auberon —dijo Sophie.
—No —dijo Lila—. No para Auberon.
Cruzó el camposanto, sin saber qué lugar era ése: la parcela de tierra donde fue primero sepultado John Bebeagua, y más tarde otros a su lado o cerca de él, algunos conocidos por él, otros no. A Lila la asombraban aquellas grandes piedras talladas dispuestas aquí y allá, al azar, como gigantescos juguetes olvidados. Durante un rato las estudió, yendo de una a otra y restregando la nieve que las cubría para escudriñar los rostros tristes de los ángeles, las letras grabadas en bajorrelieve, los florones de granito, mientras bajo sus pies, debajo de la nieve y de la negra hojarasca y de la tierra, las osamentas rígidas se distendían, y los pechos vacíos, de haber podido hacerlo, habrían suspirado, y las viejas actitudes de atención y ansiedad que ni la muerte había podido disolver se relajaban; y (como lo hace un durmiente cuando cesa un sueño que lo atormenta o un ruido que lo perturba, cuando deja de oírse el llanto de un gato o de un niño extraviado) los que allí yacían encontraban el verdadero reposo y dormían al fin profundamente mientras Lila caminaba por encima de ellos.
—Violet —dijo Sophie, llorando ahora a lágrima viva pero sin dolor—, y John; y Harvey Nube, y la tía abuela Nube. Y Papá. Y también el padre de Violet, y Auberon.
Y Auberon: ese Auberon. De pie encima de él, sobre el pecho de tierra que yacía sobre el pecho de ese Auberon, Lila empezó a ver más claro su mensaje y la razón por la cual estaba ahora allí. Sí, todo se iba aclarando, como si ella continuase despertándose más y más todo el tiempo después de haberse despertado.
—Oh, sí —se decía—; oh, sí... —Se volvió para ver, más allá de los negros abetos, la mole obscura de la casa sin una sola luz a la vista, tan cubierta de nieve como los abetos, pero inconfundible; y pronto encontró un sendero para llegar a ella, y una puerta para entrar, y peldaños para subir, y puertas con pomos de cristal entre los cuales elegir.
—Y entonces, y ahora —dijo, arrodillándose sobre la cama—, tengo que decirte lo que tienes que hacer.