Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 17 de 210

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Pqueño, grande

De lado a lado

En el extremo de una de las espirales del corredor se hallaba el cuarto de baño gótico, el único de la casa con una bañera lo bastante larga como para ella. Arrinconado como estaba en un recoveco del edificio, el Sol no había llegado hasta él todavía; los vidrios de colores de los vitrales estaban en sombras y el frío del suelo embaldosado la hacía andar de puntillas. El grifo de la gárgola reaccionó con una tos de tísico, y allá en las entrañas de la casa las cañerías conferenciaron antes de resolverse a concederle un poco de agua caliente. El chorro repentino surtió su efecto y Alice se arremangó alrededor de la cintura los faldones de la bata y, sentándose en el hueco trono de aire episcopal, observó, barbilla en mano, cómo subía el vapor desde la bañera sepulcral; de pronto, empezaba a sentirse otra vez soñolienta.

Tiró de la cadena, y cuando el restallido de los chorros antagónicos hubo cesado, se quitó la bata, tiritó y entró, cautelosa, en la bañera. El cuarto de baño gótico se había llenado de vapor; en realidad, era de un gótico más forestal que eclesial: la bóveda que se arqueaba por encima de la cabeza de Llana Alice se entrelazaba como una enramada, y las hiedras, hojas, zarcillos y lianas tallados se agitaban por doquier dotados de un incesante ritmo biomórfico. En la superficie de los angostos vitrales el rocío se condensaba en gotas sobre los árboles de lámina de cuento, y sobre los cazadores distantes y los prados difusos que los árboles enmarcaban; y cuando el Sol en su lánguido andar iluminó por fin las doce ojivas, transformando en gemas la neblina que subía de la bañera, Llana Alice yacía reclinada en el estanque de un bosque medieval. Su bisabuelo había proyectado ese recinto, pero otro había diseñado los vitrales; otro cuyo apellido era Conforte; y confortada se sentía ella. Hasta cantaba.

 

De lado a lado

 

En tanto ella se frotaba y cantaba, su prometido, con los pies en ascuas, y sorprendido por la feroz represalia que sus músculos se tomaban por la caminata del día anterior, proseguía su camino. Y mientras ella tomaba el desayuno en la larga cocina angular y hacía planes con su atareada madre, Fumo escalaba, a pleno Sol, una montaña zumbante y descendía a un valle. Y cuando Alice y Sophie se llamaban a gritos a través de los intrincados corredores, y el doctor se asomaba a su ventana en busca de inspiración, Fumo se detenía en una encrucijada, en la que se alzaban, platicando como patriarcas venerables, cuatro olmos añosos. Un letrero decía Bosquedelinde, y su dedo apuntaba hacia un camino de tierra que descendía, sinuoso, por un umbrío túnel de árboles; y mientras lo recorría, mirando de lado a lado y preguntándose qué vendría después, Llana Alice y Sophie, en la alcoba de Alice, aprontaban el ajuar que Llana Alice usaría al día siguiente, en tanto Sophie le contaba su sueño.