Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 97 de 210

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Pqueño, grande

Capítulo 2

 

... la que, en volto comenzando humano

acaba en mortal fiera,

esfinge bachillera,

que hace hoy a Narciso

ecos solicitar, desdeñar fuentes...

GÓNGORA, Soledades

Lo despertó el grito plañidero de un gato. Un niño abandonado, pensó Auberon, y se volvió a dormir. Después, fue el balido de una cabra, y el ronco, sincopado clarín de un gallo.

—Malditas bestias —dijo en voz alta, y se disponía a dormirse de nuevo cuando recordó dónde se hallaba. ¿Habría oído realmente cabras y gallinas? No, un sueño o algún ruido de la Urbe transformado en otros por la magia del sueño. Pero de pronto oyó otra vez el canto del gallo. Envolviéndose en la manta (hacía horas que el fuego se había apagado y en esa biblioteca hacía un frío mortal) fue hasta la ventana y miró hacia abajo, hacia el patio. George Ratón, calzado con unas botas de goma negras y altas, volvía del ordeñe, trayendo el humeante tarro de leche. Desde el techo de un cobertizo, un escuálido gallo colorado agitó las recortadas alas y cantó otra vez. Lo que Auberon estaba contemplando desde la ventana era la Alquería del Antiguo Fuero.

 

La Alquería del Fuero

De todos los fantasiosos proyectos de George Ratón, el de la Alquería del Antiguo Fuero había tenido al menos la virtud de la necesidad. Si en estos tiempos difíciles uno pretendía tener huevos frescos y leche y mantequilla a precios que no fueran ruinosos, no quedaba más remedio que buscar la manera de autoabastecerse. Y la manzana de edificios, vacíos desde hacía años, era de todos modos inhabitable, así que, con las ventanas exteriores cegadas por medio de chapas de hojalata o de madera terciada alquitranada, las puertas obturadas con ladrillos de cenizas, había quedado convertida en una muralla hueca, el bastión de un castillo cicunvalando una granja. Ahora las gallinas pernoctaban en las deterioradas habitaciones, las cabras soltaban sus risotadas y balidos en los jardines de los apartamentos y engullían los desperdicios que encontraban servidos en las grandes bañeras con patas de grifo. La huerta desnuda y pardusca que Auberon veía desde las ventanas de la biblioteca y que ocupaba la mayor parte de los jardines interiores de la manzana, estaba cubierta de escarcha esa mañana; bajo los restos del maíz y las coles asomaban, anaranjadas, las calabazas. Alguien, una muchacha menuda y morena, subía y bajaba con cautela las escaleras de incendio de hierro forjado y entraba y salía por las puertas y ventanas sin marcos. Las gallinas cloqueaban. Llevaba un vestido de noche de lentejuelas y tiritaba mientras recogía huevos en un bolso de lame dorado. Parecía furiosa, y algo le gritó a George Ratón, quien, bajándose un poco más el ala del ancho sombrero sobre la cara, siguió de largo, chapaleando sobre sus botas. La chica bajó al patio, hundiendo en el barro y los detritos de la huerta unos tacones altos y frágiles. Levantando un brazo amenazante, le gritó a George una palabrota y se ciñó alrededor de los hombros el chal orlado de flecos. El bolso de lame que llevaba colgado del brazo resbaló, bajo el peso de los huevos que uno tras otro empezaron a caer como recién puestos. Al principio, ella no se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo; luego, de pronto, exclamó:

—¡Oh! ¡Oh! ¡Mierda! —y giró en redondo para impedir que siguieran cayéndose; se torció un tobillo cuando uno de sus tacones cedió, y le dio un ataque de risa. Se reía a carcajadas mientras los huevos se le escurrían entre los dedos, patinó en la babaza de los huevos y estuvo a punto de caerse, y se rió más fuerte. Se tapaba la boca, con delicadeza; pero Auberon la oía reír (una risa grave y ronca). Y él también se rió.

Se le ocurrió entonces —viendo cómo se rompían esos huevos— que le convendría averiguar dónde se celebraba el desayuno. Se estiró el traje arrugado y espiralado hasta darle una forma más o menos parecida a la verdadera, se restregó los ojos con los nudillos y se pasó los dedos por entre la soberbia mata de pelo, una peinada a la irlandesa, solía decir Rudy Torrente. Ahora, sin embargo, tenía que decidir si salía por la puerta, o por la ventana, por donde había entrado anoche. Recordaba haber pasado, camino a la biblioteca, por algún lugar donde se estaba preparando la comida, de modo que cogió su mochila —por nada del mundo quería que alguien se la revisara o le robara— y trepándose al alféizar, salió por la ventana al puente destartalado y, meneando tristemente la cabeza de sólo imaginar la figura ridicula que haría así, doblado en dos, empezó a cruzarlo. Los tablones gemían bajo su peso y una luz grisácea se filtraba por entre las rendijas. Como el inverosímil pasadizo de un sueño. ¿Y si se hundiera bajo su peso y lo precipitara abajo por el pozo de aire? ¿Y si en el otro extremo la ventana estuviese cerrada? Por Dios, qué idea tan absurda. Qué forma tan absurda de trasladarse de un sitio a otro. Un clavo le enganchó la chaqueta y, enfurecido, desanduvo el trecho que acababa de hacer.

Con la dignidad ultrajada y las manos sucias de hollín, salió por la vieja puerta de madera maciza de la biblioteca y bajó por la escalera en espiral. En uno de los rellanos, un valet-repisa, instalado en el nicho para la estatua, ofrecía al paso un carcomido cenicero. Al pie de la escalera había un boquete en la pared, un agujero festoneado de ladrillos que daba acceso al edificio aledaño, tal vez el mismo en que lo recibiera George la víspera, ¿o acaso ahora se habría desorientado? Pasó por el boquete a un edificio de otra categoría, no de una elegancia en decadencia sino de una decrépita miseria. La cantidad de manos de pintura que habían soportado esos cielos rasos de latón, las capas sucesivas de linóleo de aquellos suelos: era un espectáculo impresionante, casi arqueológico. La mortecina luz de una sola lamparilla alumbraba aquel corredor. Había una puerta, con todos sus cerrojos y pestillos abiertos, y música y risas del otro lado, Y olor a comida en preparación. Dio unos pasos en dirección a esa puerta, pero un acceso de timidez lo paralizó. ¿Cómo hacía uno aquí, en este mundo, para abordar a la gente? Era algo que tendría que aprender; él, que rara vez desde su más tierna infancia había visto una cara que no conociera, se encontraba ahora rodeado de extraños, millones de extraños.

Pero en ese momento la idea de entrar por esa puerta no lo seducía.

Furioso consigo mismo, pero incapaz de cambiar de idea, echó a andar a la ventura por el corredor: en el fondo, a través del cristal opaco reforzado con tela metálica de una puerta, se filtraba la luz del día; descorrió el cerrojo, la abrió y sus ojos se toparon con el corral, en el centro mismo de la manzana. En los edificios que lo circundaban había docenas de puertas, todas diferentes, obstruida cada una por un tipo de valla distinto, portillos oxidados, cadenas, alambradas, trancas, cerrojos, o todo a la vez, y a pesar de ello frágiles, poco seguras. ¿Qué habría detrás de aquellas puertas? Algunas estaban abiertas, y a través de una de ellas Auberon pudo ver unas cabras. En ese mismo momento alguien salió del interior, un hombrecito diminuto y patizambo, de brazos enormemente musculosos, que cargaba a la espalda una pesada bolsa de arpillera. Echó a andar por el patio, cruzándolo de prisa, a un trote rápido a pesar de sus piernas cortas (no era más alto que un niño de pocos años) y Auberon le gritó:

—Perdone usted.

El otro no se detuvo. ¿Sordo? Auberon corrió en pos de él. ¿Estaba desnudo? ¿O llevaría un enterizo del mismo color de su piel?

—Hey —gritó Auberon, y el hombre se detuvo. Volvió hacia él la obscura y achatada cabezota y le sonrió de oreja a oreja; por encima de la ancha nariz, sus ojos eran meras ranuras. Caray, pensó Auberon, se diría que aquí la gente se vuelve positivamente medieval: ¿efectos de la miseria? Se preguntaba cómo abordar al hombrecito, convencido ya de que era idiota y que no comprendería, cuando advirtió que con la uña afilada de un largo dedo negro señalaba algo detrás de Auberon.

Volvió la cabeza. George Ratón acababa de abrir una de las puertas, dejaba salir del interior a tres gatos y, antes que Auberon tuviera tiempo de llamarlo, la había vuelto a cerrar. Tropezando con los surcos de la huerta, Auberon se lanzó en esa dirección, y se dio vuelta para agradecerle con un gesto su ayuda al hombrecito negro, pero éste había desaparecido.