Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 50 de 210

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Pqueño, grande

Buenos consejos

Dado que las lecturas de su infancia habían sido César y Ovidio, Fumo no había visto nunca la obra del artista, y aquellos árboles desmochados y provistos de rostros, aquella precisión vespertina, le despertaban una emoción que no hubiera podido analizar. El título del cuadro era Por el camino, y sonaba como un murmullo en sus oídos. Bebió su jerez. Se oyó el timbre de la entrada (era uno de esos en los que hay que hacer girar una llave para que suenen, y vaya si sonaba), y vio a Mamá acudir presurosa a la puerta de la salita, secándose las manos en el delantal.

Menos afectado que el resto de la familia, Fumo había dado una mano. Él y Rudy Torrente habían cavado la fosa en un lugar del parque en que reposaban juntos todos los Bebeagua. Allí estaba John. Violet. Harvey Nube. Era un día de un calor feroz; por encima de los arces agobiados bajo el peso pavoroso de las hojas flotaba un vapor, como un aliento que los árboles exhalaran al respirar la brisa fugitiva. Rudy, con la camisa pegoteada por el sudor a su enorme vientre, moldeaba hábilmente la fosa; los gusanos huían de sus palas, o de la luz, y la tierra fresca y obscura que removían pronto se volvía pálida.

Y al otro día empezó a llegar la gente, todos o casi todos los que habían asistido a su boda, y algunos llevaban la misma vestimenta que usaran para la boda, ya que no habían esperado tan pronto otra celebración en casa de los Bebeagua; y Auberon fue enterrado sin pastor ni oraciones, tan sólo el largo réquiem del armonio, que esta vez, Comoquiera, sonaba sereno y rebosante de alegría.

—¿Por qué será —dijo Mamá volviendo de la puerta con una fuente Pyrex tapada con papel de aluminio— que todo el mundo se cree que uno se muere de hambre después de un funeral? Bueno, son muy amables.

 

Buenos consejos

 

La tía abuela Nube guardó en una manga su empapado pañuelo negro.

—Pienso en los chicos —dijo—. Todos estuvieron allí hoy, los de año tras año: Frank Mata y Claude Mora asistieron a su primera clase después de la Sentencia.

El doctor Bebeagua le dio un mordisco a una pipa de raíz brezo que rara vez usaba, se la sacó de la boca y la observó detenidamente, como si le sorprendiera descubrir que no era comestible.

—¿La Sentencia? —dijo Fumo.

—Mora et al. versus Consejo de Educación —dijo en tono solemne el doctor.

—Supongo que ya podemos comer —dijo Mamá al entrar—. Tenemos un salpicón bien variado. Venid con vuestras copas. Fumo, trae la botella... Me tomaré otro.

Y Sophie estaba sentada a la mesa en un mar de lágrimas, porque sin darse cuenta había puesto un plato para Auberon; él siempre venía a almorzar ese día, los sábados...

—Cómo he podido olvidarlo —decía mientras se tapaba la cara con la servilleta —. Él, que nos quería tanto...

Siempre con la cara escondida detrás de la servilleta, salió corriendo del comedor. Fumo tenía la impresión de que, desde que llegara a Bosquedelinde, ni una sola vez le había visto la cara a Sophie, sólo su espalda siempre en retirada.

—Ella y tú erais sus preferidas —dijo Nube, tocándole una mano a Llana Alice.

—Supongo que subiré un momento a ver a Sophie —dijo Mamá desde la puerta, indecisa.

—Siéntate, Mamá —dijo el doctor Bebeagua con dulzura—. No es una de esas veces. —De uno de los cuencos que formaban parte de las ofrendas funerarias, le sirvió a Fumo ensalada de patatas.

—Bien —dijo—. Mora et al. Fue hace unos treinta años.

—Pierdes la noción del tiempo —dijo Mamá—. Hace más de cuarenta y cinco.

—Da igual. Nosotros aquí vivimos muy aislados. Más que complicar al Estado con nuestros crios y tal, se nos ocurrió montar una escuelita privada. Nada del otro mundo. Pero resultó que nuestra escuela tenía que cumplir las Normas. Las Normas del Estado. Ahora bien, nuestros chiquillos leían y escribían tan bien como cualquier otro, y aprendían matemáticas; pero las Normas decían que tenían que estudiar también Historia, y Educación Cívica (sea lo que sea o haya sido) y otro sinfín de cosas que a nosotros simplemente no nos parecían necesarias. Si sabes leer, el Mundo de los Libros está abierto para ti, al fin y al cabo; y si te gusta leer, leerás. Y si no, olvidarás de todos modos cualquier cosa que quienquiera te obligue a leer. La gente de por aquí no es ignorante; uno tiene al menos una idea, o mejor dicho un montón de ideas distintas, de lo que es importante saber, y muy poco de eso se enseña en las escuelas.

»Y bien, aconteció que nuestra escuelita fue clausurada, y que nuestros chicos tuvieron que ir a otras escuelas durante un par de años.

—Decían que nuestro Nivel no preparaba a nuestros estudiantes para el mundo real —dijo Mamá.

—¿Qué tiene de real? —dijo Nube con irritación—. Lo que he visto últimamente no me parece tan real.

—Esto fue hace cuarenta años, Nora...

—No veo que se haya vuelto más real desde entonces.

—Yo fui un tiempo a la escuela pública —dijo Mamá—. No me parecía tan mala. Sólo que siempre tenías que estar allí exactamente a la misma hora cada día, primavera y verano, lloviera o brillase el sol; y no te dejaban salir hasta exactamente la misma hora cada día, además. —Todavía se asombraba, al recordarlo.