Pqueño, grande
Todas las respuestas
La señora Sotomonte se llevó los dedos a los labios.
—Creo que no —dijo.
—Entonces, dígame usted una cosa, la verdad —dijo Violet—. ¿Cómo es que está usted aquí?
La señora Sotomonte se irguió, sorprendida.
—¿Yo? —dijo—. ¿Qué quieres decir, criatura? Yo he estado aquí todo el tiempo. Eres tú la que ha estado de aquí para allá. —Recogió sus agujas cuchicheantes.— Usa tu cabeza. —Se reclinó otra vez, y algo que quedó atrapado bajo el pie de la mecedora soltó un chillido; la señora Sotomonte sonrió con malicia—. Ni un solo momento de paz —dijo— en siglos y siglos.
Todas las respuestas
Después de su matrimonio, John Bebeagua empezó a retirarse, o a retraerse, cada vez más de una vida activa en el campo de la arquitectura. Los edificios que le habrían propuesto para construir le parecían a la vez pesados, obtusos y sin vida, y al mismo tiempo efímeros. Sin embargo, seguía en la empresa; lo consultaban sin cesar, y sus ideas y sus exquisitos bocetos iniciales (una vez reducidos a la vulgaridad por sus socios y los equipos de ingenieros de la empresa) continuaban alterando las ciudades del este, pero no constituían ya la obra de su vida.
Otros proyectos lo ocupaban. Diseñó una cama plegadiza asombrosamente ingeniosa, todo un dormitorio, en realidad, disimulado o contenido en una especie de guardarropa o armario, que en un instante —un rápido accionar de abrazaderas y palancas de bronce, un subir y bajar de poleas y contrapesos— se convertía en la cama que hacía del aposento un dormitorio. La idea lo fascinaba: un dormitorio dentro de un dormitorio. Hasta la patentó; pero el único comprador que jamás consiguió fue su socio Ratón, quien (más como un favor) instaló unos cuantos en sus apartamentos urbanos. Y luego fue el Cosmo-Opticón: pasó un año feliz trabajando en él con su amigo el inventor Henry Nube, el único hombre que John Bebeagua conoció capaz de percibir el movimiento de rotación de la tierra sobre su eje y el de traslación alrededor del sol. El Cosmo-Opticón era una representación, en vidrios de colores y hierro forjado, enorme y espantosamente cara, del cielo zodiacal y de su movimiento, así como del movimiento de los planetas. Y se movía: su propietario podía sentarse dentro de él en una butaca de felpa, y cuando las grandes pesas caían y el mecanismo de relojería empezaba a funcionar, la cúpula de cristales multicolores se desplazaba exactamente igual que la bóveda celeste en su movimiento aparente. Una medida de la abstracción de Bebeagua era el que pensara que encontraría entre la gente adinerada un mercado a punto para su extraño juguete.
Y, sin embargo —cosa extraña—, por mucho que se aislara del mundo, por más que derrochara en proyectos semejantes el buen dinero ganado en toda su vida de trabajo, John Bebeagua prosperaba, sus inversiones le rendían rápidos y pingües beneficios, su fortuna no hacía más que acrecentarse.
Protegidos, decía Violet. Tomando el té en la mesa de piedra que había puesto allí para que desde ella pudiera llegarse a ver todo el Parque, John Bebeagua observaba el cielo. John Bebeagua había tratado de sentirse protegido; había tratado de entregarse confiado a esa protección de la que ella parecía tan segura, y de reírse, a su abrigo, de los avatares del mundo. Pero en el fondo de su corazón se sentía desamparado, desnudo a la intemperie, en tierra extraña.
Y en verdad, a medida que envejecía, el tiempo parecía preocuparlo más y más. Coleccionaba almanaques, científicos o no, y estudiaba en el periódico el pronóstico diario del tiempo aunque fuera la adivinación de prestes en los que él no confiaba del todo; sólo esperaba, sin tener una razón para ello, que acertaran cuando interpretaban los augurios como Bueno y se equivocaran cuando dictaminaban Malo. Observaba sobre todo el cielo del verano, podía sentir como un peso sobre la espalda cualquier nube lejana que pudiera velar el sol, o traer otras tras de sí. Cuando unos cúmulos algodonosos e inocentes paseaban por el cielo como corderos blancos, John estaba tranquilo, pero vigilante, las nubes podían de improviso transformarse en tormenta, podían obligarlo a recluirse puertas adentro para escuchar el monótono repique de la lluvia contra los tejados.
(Como parecían estar haciéndolo en ese momento, allá en el oeste, y él no podía detenerlos. Atraían sus ojos, y cada vez que los miraba los veía apilarse más y más arriba. El aire era espeso, palpable. Había pocas esperanzas de que la lluvia y la tormenta no estallasen de un momento a otro. Él no se resignaba.)
En invierno, lloraba con frecuencia; en primavera, se impacientaba hasta la desesperación, hasta la furia cuando encontraba montones de invierno todavía apilados en los rincones de abril. Cuando Violet decía «primavera», aludía a una época de flores, de animalitos recién nacidos: una imagen. Un solo día luminoso en abril, ésa era la idea que ella se hacía, suponía él. O en mayo, más bien, porque había notado que la noción que ella tenía de las cualidades de los meses difería de la suya; los de Violet eran meses ingleses, febreros en los que la nieve se derrite, abriles en los que las flores hacen eclosión, no los meses de esta más rigurosa tierra de exilio. Mayo allá era como junio aquí. Y ninguna experiencia de estos meses americanos podía hacerle cambiar de idea, o inmutarla siquiera, pensaba él algunas veces.
Tal vez esa conspiración de nubes en el horizonte fuera estacionaria, sólo una especie de decorado, como las nubes altas amontonadas en el fondo de los paisajes campestres en los libros de imágenes de su niñez, Pero el aire en torno desmentía esa esperanza: cargado y chispeante por el cambio.
Violet pensaba (¿lo pensaría, realmente? —John pasaba horas desembrollando, con las elaboradas explicaciones del doctor Zarzales como guía, los comentarios crípticos de su esposa, y aun así no estaba seguro—) que allá siempre era primavera. Pero la primavera no es más que una mutación. Todas las estaciones, enhebradas en un collar de días que se sucedían rápidos como cambios de humor. ¿Era eso lo que ella quería decir? ¿O se refería acaso a la primavera ideal, a los pastos tiernos y las hojas jóvenes, al único, inmutable día equinoccial? No hay primavera. A lo mejor no era más que una broma. Habría precedente para ello. A veces tenía la sensación de que todas sus respuestas a las preguntas con que él la acuciaba eran parte de una broma. Primavera es todas las estaciones y ninguna estación. Siempre es primavera Allá. No hay un Allá. Una húmeda ola de desesperación lo poseía: un malhumor borrascoso, él lo sabía, y sin embargo...
No era que la amase menos a medida que envejecía (o más bien a medida que él envejecía y ella crecía), sólo que había perdido aquella primera y loca certeza de que ella lo conduciría a algún lugar, una certeza que tenía porque era indudable que ella, ella sí había estado allá. Él no podía, era evidente, no podía seguirla. Al cabo de un año de amargura, John supo eso. Siguieron años mejores. Él sería el Purchas de sus peregrinaciones: él narraría al mundo los viajes de Violet, esos cuentos inverosímiles, fabulosos, de maravillas que él nunca llegaría a ver. Ella le había insinuado (o él había creído entender) que sin la casa que él había construido el Cuento no podría contarse en su totalidad, como la casa que Jack construyó, primer eslabón de una cadena. Él no comprendía, pero lo aceptaba.
Y ni una sola vez (aun después de años, después de tres hijos, después de quién sabe cuánta agua bajo qué ya ruinosos puentes) dejó de henchírsele de gozo el corazón cuando ella se acercaba de pronto, y poniéndole sobre los hombros las manos menudas le susurraba al oído Vete a la cama, viejo Buco —Buco lo llamaba ella por su impúdica, inagotable virilidad— y él entonces subía las escaleras y la esperaba.
Y ahora, mira por dónde, enmarcadas por la altura vertiginosa de los cúmulos, todas sus posesiones.
Ahí estaban sus hijas Timothea Wilhelmina y Nora Angélica, que volvían de nadar en el lago. Y su hijo (el hijo de ella, el de él) Auberon cruzando el parque con paso cauteloso cámara en mano, como si buscara algo que estampar con ella. Y August, el pequeño que nunca había visto el mar, con un traje marinero. John le había puesto ese nombre por el mes en que el año se sosiega y un día azul sigue a otro día azul, ese mes en el que él cesaba por un tiempo de observar el cielo. Ahora observaba el cielo. Orladas de gris sombra, las nubes blancas se distendían como los párpados tristes de los viejos. Sacudió su periódico, descruzó las piernas y las volvió a cruzar en la otra dirección. Disfruta, disfruta.
Entre otras y más extrañas creencias, su suegro aseguraba que un hombre no puede pensar ni sentir claramente si ve su propia sombra. (Creía también que el mirarse en el espejo inmediatamente antes de acostarse trae sueños malos, o al menos inquietantes.) Siempre se sentaba a la sombra o de cara al sol, como estaba sentado ahora, en el confidente de hierro forjado junto a «La Syringa», con un bastón entre las rodillas para apoyar las manos velludas, y una cadena de oro que le cruzaba el vientre y rutilaba a la luz del sol. August estaba sentado a sus pies escuchando o acaso sólo simulando escuchar con cortesía al anciano, cuya voz le llegaba a Bebeagua como un murmullo, un murmullo entre muchos, las cigarras, la cortadora de césped que Ottolo empujaba describiendo círculos cada vez más amplios, el piano en la sala de música donde Nora hacía escalas, y sus arpegios se desgranaban como lágrimas por una mejilla.