Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 127 de 210

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Pqueño, grande

Capítulo 2

 

Desenfrenado, más allá de toda norma o arte, éxtasis inmenso.

Milton

Lo que le gustaba a Fumo de que sus hijas crecieran era el hecho de que, si bien se iban de su lado, lo hacían (o eso suponía él) menos por rechazo o aburrimiento que por la necesidad de dar cabida al crecimiento de sus propias vidas: cuando ellas eran pequeñitas, sus vidas e intereses —los conejos y la música de Tacey, los nidos de pájaros y los noviecitos de Lily, las perplejidades de Lucy— cabían dentro de él, en el ámbito de su propia vida, que en ese entonces estaba repleto; y después, a medida que crecían y se expandían, dejaban de caber, necesitaban espacio, sus intereses se multiplicaban, era preciso acomodar a los amantes primero y a los hijos después, y Fumo ya no podía contenerlos a menos que también él se expandiese, y lo había hecho, y su propia vida se había expandido a la par de las de ellas, y no por ello las sentía más distantes de él que antes, y eso le gustaba. Y lo que no le gustaba de que fueran creciendo era ese mismo hecho: que ello lo obligara a crecer, a dilatarse a veces mucho más de lo que, temía él, la personalidad en la que, con el correr de los años, se había encasillado sería capaz de soportar.

 

Dando vueltas

El hecho de que se hubiera criado en el anonimato había tenido al menos una importante ventaja cuando a su vez tuvo hijos: porque gracias a eso ellos podían imaginarlo como les gustaba que fuese, podían considerarlo benévolo o severo, evasivo o franco, alegre o taciturno, según lo requiriese el temperamento de cada cual. Y eso era maravilloso, era maravilloso ser el Padre Universal, y que no le ocultaran nada. Y hasta hubiera apostado (aunque no tenía forma de demostrarlo) que a él sus hijas le habían confiado más secretos, graves, bochornosos, divertidos que las de la mayoría de los hombres. Pero también su flexibilidad tenía límites, y él no podía, a medida que pasaba el tiempo, estirarse tanto como lo hiciera en otras épocas, y cada vez se sentía menos capaz de pasar ese hecho por alto cuando su personaje, al volverse día a día más crustáceo e impenetrable, desaprobaba o no podía comprender a los jóvenes.

Quizá fuera más que nada eso lo que había sucedido entre él y su hijo pequeño, Auberon. Las emociones que Fumo recordaba haber experimentado más frecuentemente en presencia de su hijo eran una suerte de confusa irritación, y tristeza por el misterioso abismo que parecía abrirse entre ellos para siempre. Cada vez que se armaba de coraje para intentar saber qué le pasaba a su hijo, Auberon había ostentado una reserva compleja y bien ejercitada ante la cual Fumo se sentía impotente y hasta aburrido; cuando Auberon a su vez se acercaba a él, Fumo parecía incapaz de no parapetarse detrás de su disfraz de padre corriente y moliente que no sabe nada de nada, y Auberon se apresuraba a batirse en retirada. Y con los años las cosas no habían mejorado sino empeorado, hasta que por fin, con mil reparos y meneos de cabeza por fuera, y con una sensación de alivio por dentro, lo había visto partir para la Ciudad en su extraña misión.

Quizá si hubieran jugado un poco más a la pelota... Salido de casa, simplemente, hijo y padre, y pateado un rato la vieja pelota en una tarde de verano. A Auberon siempre le había encantado jugar a la pelota. Fumo lo sabía, aunque él mismo nunca había jugado bien ni disfrutaba haciéndolo.

La irrelevancia de esta fantasía le causó risa. Vaya la solución que se le ocurría sugerir a su personaje ante la inexplicabilidad de sus hijos. Tal vez, sin embargo, se le había ocurrido a él porque intuyera que algún gesto común, ordinario, podría haber zanjado ese abismo que se interponía entre él y su hijo; si también entre él y sus hijas existía un abismo tan grande, él nunca lo había advertido; pero desde luego, bien podía estar allí, disimulado por la extrañeza de estar creciendo hoy con un padre que había crecido ayer, o incluso anteayer.

Ninguna de sus hijas se había casado, ni parecía probable que fuera a hacerlo, pese a que él tenía ya dos nietos, los mellizos de Lily, y Tacey parecía resuelta a tener un hijo de Tony Cabras. Fumo no era por cierto un defensor acérrimo del matrimonio, aunque no podía imaginar la vida sin el suyo, por extraño que demostrara ser, y en cuanto a la fidelidad, él no tenía ningún derecho a hablar. Pero lo apesadumbraba, eso sí, la idea de que su descendencia pudiera ser más o menos innominada y, si las cosas seguían así, sólo identificable con el tiempo como los caballos de raza, por tal y cual y tal y cual. Y no podía por menos de pensar que había un algo embarazosamente obvio en los emparejamientos de sus hijas con sus amantes, una impudicia que el matrimonio hubiese podido cubrir con un manto de decencia. O mejor dicho, su personaje pensaba eso. Fumo mismo aplaudía la audacia y la valentía de sus hijas, y no se avergonzaba de admirar su sexualidad como siempre había admirado su belleza. Al fin y al cabo, ya eran mujeres. Y sin embargo... bueno, esperaba que ellas pasaran por alto el hecho de que su personaje hiciera ruidos raros o lo indujera, por ejemplo, a abstenerse de ir a visitar a Tacey y a su cómo-se-llama cuando estaban viviendo juntos en una cueva. ¡Una cueva! Sus hijas parecían decididas a recapitular en sus propias vidas toda la historia de la humanidad. Lucy juntaba hierbas curativas para simples y Lily leía los astros y a sus mellizos les colgaba corales alrededor del cuello para protegerlos del mal de ojo. Auberon, con una mochila al hombro, se marchaba a la Ciudad a probar fortuna. Y Tacey, en su cueva, descubría el fuego. Y por añadidura, justo cuando las provisiones de energía eléctrica parecían estar agotándose en el mundo definitivamente. Ahora, pensando en eso, oyó el reloj que canturreaba el cuarto de hora, y se preguntó si bajaría al sótano a apagar el generador.

Bostezó. La única lamparilla encendida en la biblioteca formaba un charco de luz que no le apetecía abandonar. Tenía junto a su poltrona una pila de libros en los que había estado buscando material para la escuela: los viejos, con el uso y los años, se habían vuelto repulsivos al tacto y a la vista, y mortalmente aburridos. Otro reloj canturreó la una, pero Fumo no le creyó. Afuera, vela en mano, por el corredor, pasó un fantasma familiar de la noche: Sophie, todavía despierta.

Pasó y se alejó —Fumo vio el halo de luz brillar y atenuarse en las paredes y los muebles— y a poco regresó.

—¿Todavía levantado? —dijo, en el mismo momento en que él le hacía a ella la misma pregunta.

—Es espantoso —dijo, entrando en la biblioteca. Llevaba un largo camisón blanco que le daba más aún el aire de un espectro errante—. Dando vueltas y vueltas. ¿Conoces la sensación? Como si tu mente estuviera dormida y tu cuerpo despierto, y no quisiera rendirse, y tuviera que seguir saltando de una a otra posición.

—Y despertándote a cada momento...

—Sí, y tu cabeza no puede... no puede zambullirse, o algo así, y dormir de verdad, pero tampoco ella se rinde y te despierta y sigue repitiendo el mismo sueño, o el principio de un sueño, sin llegar nunca al final...

—Barajando una y otra y otra vez el mismo mazo de disparates, sí, hasta que tú acabas por rendirte y te levantas...

—¡Sí, sí!, y tienes la sensación de haber estado echada allí horas y horas, debatiéndote en vano, y sin dormir ni un solo instante. ¿No es espantoso?

—Espantoso. —Fumo pensaba, aunque no lo admitiría jamás, que había un cierto sentido de equilibrio en el hecho de que Sophie, antaño la eterna dormilona, se hubiese convertido en los últimos años en una legítima insomne, y que conociese ahora incluso mejor que él, que con suerte sólo lograba conciliar de a ratos un sueño entrecortado, esa búsqueda desesperada del huidizo olvido.— Cocoa —dijo—. Leche tibia. Con un dedito de brandy. Y rezar tus oraciones. —Ya otras veces le había dado a Sophie esos mismos consejos.

Ella se arrodilló junto a su poltrona, cubriéndose los pies con el camisón, y apoyó la cabeza en su muslo.

—Pensé —dijo—, cuando salí de golpe de eso, ¿sabes?, del dar vueltas y vueltas, pensé: ella ha de tener frío.

—¿Ella? —dijo él. Y luego—: Ah.

—¿No es absurdo? Si está viva, no ha de tener frío, probablemente; y si está..., bueno, si no está viva...

—Mm. —Estaba, estaba Lila, desde luego; él había estado pensando con tanta autocomplacencia en lo bien que conocía a sus hijas, en lo mucho que ellas lo querían, en su hijo Auberon, el único granito de arena en su ostra; pero estaba esa otra hija suya, su vida era más extraña que como casi siempre solía aparecer ante él, Lila era una dimensión de misterio y dolor que él a veces olvidaba. Sophie no la olvidaba nunca.

—¿Sabes lo que es curioso? —dijo Sophie—. Hace años, añares, yo solía pensar que ella crecía, sabía que crecía y se hacía mayor. Lo podía sentir. Sabía con exactitud cómo era, qué aspecto tenía, qué aspecto tendría cuando fuese mayor. Pero de pronto, nunca más. Ella debía de tener... unos nueve, o diez años, supongo; y desde entonces no me la pude imaginar creciendo, haciéndose mayor.

Fumo no respondió, sólo acarició suavemente la cabeza de Sophie.

—Ella tendría ahora unos veintidós. Piensa en eso.

Él pensó en eso. Él había (veintidós años atrás) jurado ante su esposa que la hija de su hermana sería suya, suyas todas las responsabilidades. La desaparición de Lila no había cambiado las cosas, pero lo había dejado sin obligaciones. No había sido capaz de imaginar cómo buscar a la Lila real desaparecida, cuando a la larga le dijeron que se había perdido y que Sophie le había ocultado su suplicio con la falsa Lila, a él y a todos ellos. Él aún no sabía cómo había concluido la historia: Sophie se había marchado un día, y cuando regresó no había más Lila, ni falsa ni verdadera; y Sophie se había echado a dormir, y una nube había desaparecido de la casa, y una tristeza había entrado en ella. Eso era todo. Y él no debía preguntar.

Tantas y tantas cosas que él no debía preguntar... Era todo un arte: un arte que Fumo había aprendido a ejercitar con tanta pericia como un cirujano el suyo, como un poeta el suyo. A escuchar; a asentir; a actuar de acuerdo con lo que se le decía como si hubiese comprendido; a no ofrecer críticas ni consejos, excepto los más benévolos y anodinos, y ello sólo para demostrar su interés y su preocupación; a hacer mil conjeturas. A acariciar los cabellos de Sophie, y a no intentar apartarla de su tristeza; a preguntarse cómo había podido sobrellevar esa vida, con semejante pena en el corazón, y a no preguntar jamás.

Bueno, en cuanto a eso, sus otras tres hijas eran por cierto un misterio tan insondable para él como la cuarta, si bien no un misterio que le doliese contemplar. Reinas del aire y de la obscuridad, ¿cómo había podido engendrarlas? Y su esposa: sólo que hacía tanto tiempo (desde su luna de miel, desde el día de su boda) que había cesado de cuestionarla que ella ya no era más (ni tampoco menos) un misterio para él que las nubes y las piedras y las rosas. En cuanto a eso, el único a quien acaso empezaba a comprender (y a criticar, y a inmiscuirse en su vida y a estudiar) era a su único hijo varón.

—¿Por qué supones tú que es así? —preguntó Sophie.

—¿Por qué es así qué?

—Que yo ya no la pueda imaginar haciéndose mayor.

—Bueno, hm —dijo Fumo—. La verdad, no lo sé.

Ella suspiró y Fumo le acarició la cabeza, pasándole los dedos entre los rizos, separándolos. Nunca, nunca llegarían a encanecer de verdad; incluso ahora, con el oro empañado, seguían pareciendo rizos de oro. Sophie no era una de esas tías solteronas cuya belleza desperdiciada acaba por amustiarse y marchitar como una flor —para empezar, no era una solterona—, parecía como si nunca fuera a trasponer el umbral de la juventud, que nunca había llegado ni llegaría a ser una persona de edad madura. Llana Alice, ahora al filo de los cincuenta (¡cincuenta, santo Dios!), tenía exactamente el aspecto que debía tener, como si hubiese cambiado las sucesivas pieles de la infancia y la juventud y aparecido así, intacta, tal cuál era. Sophie representaba dieciséis, sólo que abrumada por un montón de años innecesarios, casi injustamente. Fumo se preguntaba cuál de las dos, en el correr de los años, le había parecido más a menudo la más hermosa.

—Tal vez necesites encontrar algún otro interés.

—No necesito ningún interés —dijo Sophie—. Sólo necesito dormir.

Había sido Fumo, cuando Sophie descubrió con sorpresa y horror qué cantidad de horas tiene el día cuando la mitad de ellas no las llena el sueño, quien comentara que la mayoría de la gente suele llenar esas horas con intereses de alguna clase y sugerido a Sophie que tratara de encontrar alguno. Y ella, en su desesperación, lo había hecho: las cartas, desde luego, en primer término, y cuando no trabajaba con ellas hacía jardinería, visitas, conservas, arreglos en la casa, leía libros por docenas, siempre consciente de que esos intereses eran una obligación impuesta por la ausencia de su piadoso y perdido (¿por qué?, ¿por qué perdido?) sueño. Daba vueltas y vueltas la desasosegada cabeza, sobre el muslo de Fumo como si fuese su desasosegada almohada. De pronto lo miró.

—¿Quieres dormir conmigo? —preguntó—. Dormir, quiero decir.

—Preparemos un poco de cocoa —dijo él.

Ella se incorporó.

—Es tan injusto —dijo, alzando los ojos hacia el cielo raso—. Todos allá arriba durmiendo profundamente y que yo tenga que rondar por la casa como un fantasma.

Aunque en realidad —además de Fumo, que a la luz del candil encabezaba la marcha hacia la cocina—, Mambé acababa de despertarse con sus dolores artríticos y se preguntaba qué sería más penoso, si levantarse para tomar una aspirina o quedarse acostada y no hacerles caso; y Tacey y Lucy no se habían acostado todavía, y estaban las dos charlando en voz baja a la luz de una vela de sus amantes y sus amigos y su familia, de la suerte de su hermano y de los defectos y virtudes de la hermana no presente, Lily. Los mellizos de Lily acababan también de despertarse, el uno porque se había hecho pipí en la cama, y la otra porque había sentido la humedad y, despiertos los dos, estaban a punto de despertar a Lily. La única que dormía en toda la casa era Llana Alice, que yacía boca abajo con la cabeza hundida entre dos almohadas de plumas, soñando con una colina donde crecían, estrechamente abrazados, un roble y un espino.