Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 36 de 210

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Pqueño, grande

Bosques y Lagos

Auberon, cuya garganta no había cesado de cloquear, en silencio miró a Fumo. ¡Desprotegido! Así era como se sentía Fumo. Al poner el pie en ese patio habían perdido algo que tenían mientras caminaban por el bosque; habían salido de ese algo.

—Fácil de averiguar —dijo Auberon, dándose un golpecito en la descarnada rodilla; y poniéndose de pie, retrocedió hacia la casa, frotándose los dedos.

—No es fácil —dijo Nube, sin dirigirse a nadie, mirando al cielo impasible. Había perdido una parte de su calma. Contempló la bañera gris de los pájaros, sostenida por varias figuras talladas, gnomos o elfos, de pacientes rostros barbados, como sorprendidos en el acto de escapar llevándose la pila. Nube suspiró. Echó una ojeada a un relojito de oro que llevaba prendido en el vestido a la altura del pecho: un reloj con un par de alitas diminutas y ondulantes. El tiempo vuela. Miró a Fumo y le sonrió como si se disculpara.

—Bien, ajajá —dijo Auberon, saliendo de la casa con una cámara enorme de patas largas, envuelta en un lienzo negro.

—Oh, Auberon —dijo Nube, no impaciente pero como si todo eso fuera innecesario o al menos un entusiasmo que ella no compartía; pero él ya estaba plantando en la tierra al lado de Fumo los afilados dedos de los pies del instrumento y ajustándole las tibias, e inclinaba ahora sobre Fumo la cara color caoba del aparato.

Durante años, esa última foto tomada por Auberon quedó encima de una mesa en el Pabellón de Verano, junto a la lupa de Auberon; en ella podía verse a Fumo con su traje de Truman que resplandecía a la luz del sol, fuego en el pelo, y una mitad de la cara cegada por el sol y velada. También estaban en ella el codo de Nube con su hoyuelo, y el pendiente en su oreja. Y la pila de los pájaros. La pila de los pájaros: ¿sería posible que una de esas caras largas de saponita no hubiese estado allí antes, que hubiera ahora un brazo de más sosteniendo la pila enguirnaldada? Auberon no completó el estudio, no llegó a ninguna conclusión; y, cuando años más tarde un hijo de Fumo sopló el polvo que cubría la vetusta imagen, y retomó el trabajo que Auberon abandonara, tampoco pudo probar nada; un papel plateado ennegrecido por el sol de un verano de muchos años atrás.

 

Bosques y Lagos

Más allá del Pabellón de Verano descendieron por una senda cóncava que pronto desapareció, engullida en la maraña húmeda de lluvia de un boscaje soñoliento. Parecía uno de esos bosques que crecen y se enmarañan para esconder a una bella durmiente hasta que se hayan cumplido sus cien años. No habían andado mucho por él, cuando oyeron un susurro cercano, o un crujido, y un hombre apareció delante de ellos en el sendero, tan de improviso que Fumo se sobresaltó.

—Buenos días, Rudy —dijo Nube—. Este es el novio, Fumo. Rudy Torrente. — El sombrero de Rudy, abollado y ahuecado, daba la impresión de que hubieran estado peleando con él a puñetazo limpio; el ala levantada confería a su rostro barbudo un aire afable. De su chaqueta verde abierta emergía una panza enorme que ponía tensa la camisa blanca que llevaba.

—¿Dónde está Rory? —preguntó Nube.

—De paseo. —Le sonrió a Fumo, como si compartiese con él una broma secreta. Rory Torrente, su minúscula esposa, apareció tan de improviso como él, junto con una joven corpulenta de abultados pantalones téjanos, y un bebé corpulento en los brazos que daba puñetazos en el aire.

—Betsy Pájaro —dijo Nube— y Robin. Y mira, aquí están Phil Zorros y dos primos míos, Irv y Walter, Piedra los dos. Nube por parte de madre. —Otros iban llegando, desde la derecha y la izquierda; el sendero era angosto y los invitados a la boda caminaban por él de dos en dos, retrocediendo o avanzando para darle a Fumo un manotón y su bendición.— Charles Viñas —dijo Nube—. Hannah Mediodía. ¿Dónde están los Lagos? ¿Y los Bosques?

El sendero desembocaba en el declive de un gran claro, en la margen de un lago obscuro e inmóvil que circundaba, como el foso de un castillo, una isla poblada de árboles añosos. Había hojas flotando en la superficie, y las ramas huían de sus pies, que chapoteaban ya entre las charcas de la orilla.

—No cabe duda —dijo Fumo recordando el folleto—, es una propiedad inmensa.

—Y cuanto más te internas en ella, más grande es —dijo Hannah Mediodía—. ¿Te han presentado a mi niño, Sonny?

Desde la otra orilla del lago, trazando sobre las aguas una estela de ondas empavonadas, venía una barca. La proa esculpida figuraba un cisne, pero era ahora un cisne gris y ciego, como el cisne obscuro en el lago obscuro de la leyenda nórdica. Atracó en la orilla con el hueco matraqueo de los remos contra los toletes, y Fumo se sintió empujado a bordo junto con Nube, que aún seguía explicando quién era quién entre los risueños convidados a la boda.

—Hannah es una parienta lejana —dijo—. Su abuelo era un Mata y la hermana de su abuelo se casó con uno de los tíos de la señora Bebeagua, un Llanos... —Notó que Fumo, pese a que su cabeza asentía, no la estaba escuchando. Sonrió y puso su mano sobre la de él. La isla lacustre, a la sombra de los árboles, parecía hecha de cristal de un verde cambiante; los árboles que crecían en las barrancas eran mirtos. En el centro de la isla se alzaba un cenador levemente abovedado, con columnas esbeltas como brazos, adornadas con guirnaldas de follaje verde. Allí, una joven alta vestida de blanco esperaba de pie, en medio de otras gentes, con un ramillete de novia en la mano.

Numerosas manos los saludaron y les ayudaron a saltar a tierra desde el cisne, que había empezado a hacer agua. En la isla había grupos de personas sentadas abriendo cestas de picnic, haciendo callar a los niños gritones; pocos parecieron parar mientes en la llegada de Fumo.