Pqueño, grande
Arcanos en Bosquedelinde
No había sospechado que el parque industrial acabaría así, tan de improviso y que así, tan de repente, se hallaría en pleno campo. Caía la noche y Fumo había virado hacia el oeste, y los bordes del sendero remendados como un zapato viejo, con alquitrán de distintos matices, comenzaban a desdibujarse. A uno y otro lado los prados y las granjas descendían hacia la carretera; a su paso los árboles centinelas, los que no son ni granja ni camino, proyectaban sobre él, de tanto en tanto, sombras de formas caprichosas. Las malezas gregarias, las que frecuentan la vera de los caminos, polvorientas, tupidas y desmelenadas, amigas del hombre y del tránsito, lo saludaban desde las cercas y las zanjas. Cada vez más espaciado, oía el zumbido de algún automóvil; un zumbido que, intermitentemente, crecía en intensidad cuando el vehículo subía y bajaba una colina, para rugir de pronto por encima de él, sorpresivamente ensordecedor, potente, veloz, dejando a los hierbajos zarandeándose y cuchicheando furiosamente durante un rato; luego el fragor se atenuaba con la misma celeridad, volvía a ser un canturreo lejano, se desvanecía, y sólo escuchaba, entonces, la orquesta de los insectos y el golpeteo rítmico de sus propios pasos.
Durante largo rato había estado escalando una suave pendiente, y ahora, al llegar a la cresta, pudo ver del otro lado una ancha franja de campiña en el apogeo del verano. A través de ella, en medio de vergeles y praderas, contorneando colinas boscosas, descendía el sendero; y desaparecía en un valle próximo a un pueblecito cuyo campanario despuntaba apenas por encima del lujuriante verdor, para reaparecer, una diminuta cinta gris enroscándose en las montañas azules, en cuyo valle, en medio de nubes gordinflonas, se ponía el Sol.
Y en ese preciso instante, a lo lejos, en un porche de Bosquedelinde, una mujer daba vuelta un Arcano llamado el Viaje. Allí estaba el Viajero, con su hato a la espalda y el recio cayado en la mano, y ante él se extendía, largo y sinuoso, el camino a recorrer; y el Sol, además, aunque si poniente o naciente, ella nunca lo había sabido con certeza. Sobre un platillo, al lado de las cartas ya extendidas humeaba lentamente un cigarrillo obscuro. La mujer empujó el platillo, colocó en su sitio en la figura la carta del Viaje, y dio vuelta una nueva carta. Era el Huésped.
Cuando Fumo llegó al pie de la primera de las colinas que festoneaban el camino, se encontró en una hondonada, y el Sol ya se había puesto.