Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 5 de 210

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Pqueño, grande

Anonimato

Y ella era alta.

Medía más de un metro ochenta, por lo cual le llevaba a Fumo una buena porción de centímetros; su hermana, que acababa de cumplir los catorce, era ya tan alta como él. Sus vestidos de fiesta eran cortos y rutilantes: rojo el de ella, blanco el de la hermana; las medias largas, larguísimas también centelleaban. Raro que, siendo tan altas, fuesen tímidas, sobre todo la pequeña, que le sonrió, pero no le dio la mano, y retrocedió como para esconderse un poco más detrás de su hermana.

Gigantas delicadas. La mayor miró a George por el rabillo del ojo cuando éste hizo, en tono jovial, las presentaciones. Su sonrisa era incierta. Sus cabellos, de oro rojo y de rizo fino. Su nombre, dijo George, era Llana Alice.

Fumo la miró y cogió su mano.

—Qué largo trago de agua —dijo, y ella se echó a reír. También la hermana se rió, y George Ratón se agachó y le dio a Fumo una palmada en la rodilla. Fumo, sin saber por qué una broma tan trillada podía causar tanta gracia, miraba a uno y a otras con la seráfica sonrisa de un idiota; pero entretanto, su mano seguía prisionera.

Fue el momento más feliz de su vida.

 

Anonimato

Una vida que no se había mostrado demasiado pródiga en felicidad hasta que conoció, en la biblioteca de la residencia urbana de la familia Ratón, a Llana Alice Bebeagua; pero una vida, en cambio, que parecía hecha justo a la medida para que, en el momento mismo en que la vio, deseara cortejarla. Hijo único del segundo matrimonio de su padre, había nacido cuando éste tenía ya casi sesenta años. Su madre, al descubrir que la sólida fortuna de los Barnable, administrada por su marido, se había evaporado casi por completo, en un arranque de furia lo había abandonado. Fue una mala suerte para Fumo, ya que, de toda la familia, ella era la menos anónima; y en verdad, aunque él era apenas un chiquillo cuando ella se había marchado, de todas las personas emparentadas con él por vínculos de sangre, era el de su madre el único rostro que, en la vejez, podía evocar espontáneamente. Fumo heredó sobre todo el anonimato de Barnable, y una única veta de la solidez materna; una veta de realidad, en opinión de quienes lo conocían, una veta de presencia envuelta en un vago resplandor de ausencia.

Eran una familia numerosa. Su padre tenía, de su primera esposa, cinco hijos e hijas, todos los cuales habitaban en suburbios anónimos de ciudades de esos Estados cuyos nombres empiezan con I, y que los amigos ciudadanos de Fumo no sabían distinguir uno de otro. El propio Fumo confundía algunas veces el catálogo. Todos esos hijos estaban persuadidos de que su padre tenía mucho dinero, y como no se sabía con certeza lo que se proponía hacer con él, Papá era un huésped siempre bienvenido en sus hogares; de modo que cuando su mujer lo abandonó, decidió vender la casa en que Fumo había nacido para viajar de uno a otro, con su hijo pequeño, un séquito de perros anónimos y siete arcones construidos exprofeso para albergar su biblioteca. Barnable era un hombre educado, pero su cultura era de una naturaleza tan rígida y remota que no le procuraba ninguna conversación, ni atenuaba en lo más mínimo su natural anonimato. A los ojos de sus hijos e hijas mayores, los arcones de libros eran un incordio, tanto como el hecho de que confundiese en la colada sus calcetines con los de ellos.

(Más tarde, Fumo adquirió el hábito de tratar de individualizar a sus hermanastros y sus respectivos hogares cada vez que se sentaba en el inodoro. Quizá porque en los de sus casas era donde más anónimo se había sentido, anónimo hasta el punto de la invisibilidad; sea como fuere, se pasaba allí las horas barajando a sus hermanos y hermanas, y a los hijos de éstos, como un mazo de naipes, intentando casar caras con porches y parterres, hasta que al fin, ya tarde en la vida, consiguió descifrar toda la charada. Este ejercicio le deparaba la misma satisfacción solitaria que la que obtenía resolviendo crucigramas, y la misma duda: ¿y si hubiera encontrado palabras que se entrecruzaban correctamente pero que no fueran las que había pensado el autor? El periódico de la semana siguiente con la solución impresa nunca llegaría.)

El abandono de su esposa no había hecho de Barnable un hombre menos jovial, pero sí más anónimo. Sus hijos e hijas mayores, cada vez que llegaba a sus hogares para diluirse en sus vidas por un tiempo y evaporarse luego de ellas, tenían la impresión de que existía cada vez menos. Tan sólo a Fumo le había hecho el don de su solidez secreta: su erudición. Como los dos se mudaban con tanta frecuencia, Fumo nunca había asistido a una escuela normal, y para la época en que uno de los Estados que empezaban con la letra I descubrió lo que su padre había hecho con él durante todos esos años, era ya demasiado crecido para que se pudiese obligarlo a ir al colegio. Así pues, a los dieciséis años Fumo sabía latín, clásico y medieval; griego; tenía algunas nociones de matemática arcaica y tocaba un poco el violín; podía recitar casi al dedillo unos doscientos versos de Virgilio; y escribía con una perfecta caligrafía cancilleresca.

Su padre murió ese año, consumido tal vez por haber impartido a su hijo todo cuanto había en él de consistente. Fumo continuó durante algunos años con ese estilo de vida trashumante. Le era difícil conseguir trabajo porque no poseía ningún Diploma; a la larga, aprendió mecanografía en una academia comercial de mala muerte (en South Bend, creyó recordar años más tarde) y se convirtió en un Burócrata. Residió durante largas temporadas en tres suburbios diferentes de idéntico nombre de tres distintas ciudades, y en cada uno sus parientes lo llamaban por otro nombre: el suyo propio, el de su padre, y Fumo, el último de los cuales cuadraba tan bien con su innata evanescencia que acabó por adoptarlo. Cuando tenía veintiún años, unos ahorros desconocidos de su padre le proporcionaron, inesperada y tardíamente, algún dinero; Fumo cogió entonces un autobús hacia la Gran Ciudad, olvidándose, tan pronto como hubo dejado atrás la última, de todas las ciudades en que había convivido con sus parientes, y también de ellos, razón por la cual le fue preciso reconstruirlos mucho más tarde, rostro contra parterre, y apenas hubo llegado a la Urbe, se dispersó en ella feliz y totalmente, como una gota de lluvia en el mar.