Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 165 de 210

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Pqueño, grande

Un lío infernal

—Bueno, Ma, ¿a ti qué te parece? —dijo Llana Alice, de pie, mientras escrutaba la húmeda penumbra de la vieja heladera.

Mambé estaba examinando las provisiones en las alacenas.

—¿Revoltijo de atún? —dijo, con aire dubitativo.

—Oh, Dios —dijo Alice—. La cara que me pondrá Fumo. ¿Sabes qué cara?

—Oh, claro que sí.

—Bueno. —Bajo su mirada, las escasas vituallas húmedas en los estantes de metal acanalado parecían encogerse como si fueran a desaparecer. Había un goteo constante, como en una caverna. Llana Alice pensó en los viejos tiempos, en el gran refrigerador blanco repleto de hortalizas frescas y recipientes de colores, y acaso un pavo acaramelado o un jamón glaseado, y carnes y viandas cuidadosamente empaquetadas durmiendo en el congelador que respiraba hielo. Y la lamparita alegre que se encendía para exhibirlo todo, como en un escenario. Nostalgia. Puso una mano sobre una botella de leche fría casi tibia y dijo:— ¿Rudy no ha venido hoy?

—No.

—Se está poniendo viejo para esos trotes —dijo Alice—. Cargar y descargar barras de hielo. Y se olvida. —Suspiró, siempre mirando el interior; la senectud de Rudy y la general escasez de las cosas buenas de la vida, y la cena no-tan-tan-suculenta que probablemente los esperaba a todos, todo parecía estar contenido dentro de la heladera forrada de zinc.

—Bueno, no dejes la puerta abierta tanto tiempo, querida —dijo Mambé con dulzura. Alice la estaba cerrando cuando se abrieron, bruscamente, las puertas batientes de la despensa.

—¡Oh, Dios mío! —dijo Alice—. ¡Oh, Auberon!

Fue de prisa a abrazarlo, corriendo hacia él como si lo viera acosado por profundas tribulaciones y ella tuviera, instantáneamente, que acudir a rescatarlo. Sin embargo la mirada atormentada de Auberon no se debía tanto a las tribulaciones de que era presa como a esa recorrida que acababa de hacer a través de la casa que, inmisericorde, lo había asaltado con recuerdos, olores que había olvidado que conocía, muebles rayados y alfombras raídas y ventanas que le mostraban jardines que desbordaban su mirada, como si hubiera estado ausente no un año y medio sino media vida.

—Hola —dijo él.

Alice lo soltó.

—Deja que te mire —dijo—, ¿Qué es esto?

—¿Qué es qué? —dijo él, intentando una sonrisa, preguntándose qué degradación leería ella en sus facciones. Llana Alice levantó un dedo inquisitivo y recorrió con él la línea de la ceja única que se extendía por encima de la nariz de su hijo—. ¿Desde cuándo tienes esto?

—¿Qué?

Llana Alice se tocó la frente, por encima de la nariz, donde (aunque tenue, porque sus cabellos eran más claros) llevaba la marca de los descendientes de Violet.

—Oh. —Auberon se encogió de hombros. En realidad, no lo había notado, no se miraba mucho a los espejos, últimamente.— Yo qué sé. —Se rió.— ¿Te gusta? —Él mismo se la acarició. Suave y fina como pelo de bebé, con uno o dos pelillos hirsutos sobresaliendo de ella.— Será que me estoy volviendo viejo —dijo.

Ella vio que era eso, que en su ausencia él había cruzado un umbral más allá del cual la vida se consume más rápidamente de lo que se enriquece; podía ver las marcas de ese tránsito en su rostro y en el dorso de las manos de su hijo. Un nudo le obstruyó la garganta y, para no tener que hablar, lo besó de nuevo. Por encima del hombro de su madre, Auberon saludó a su abuela:

—Hola, Mambé; espera, espera, no te levantes, no.

—Vaya, eres un mal hijo, no haberle escrito a tu madre —dijo Mambé—. Al menos para avisarnos que venías. No hay nada para la cena.

—No, eso es lo de menos, lo de menos —dijo Auberon, desprendiéndose de su madre y yendo a besar la mejilla suave, plumosa de Mambé—. ¿Cómo has estado?

—Igualito, igualito. —Lo observaba desde su silla, lo estudiaba con una mirada astuta. Él siempre había tenido la sensación de que su abuela conocía algún secreto suyo, un secreto deshonroso, y que, si lograra separarlo de sus divagaciones habituales, aparecería revelado.— Yo sigo tirando —dijo ella—. Y tú has crecido.

—Bah, no lo creo.

—O tú has crecido o yo he olvidado que eras tan alto.

—Sí, eso es... En fin. —Desde la altura de dos generaciones, las dos mujeres lo observaban, y veían panoramas diferentes. Él se sentía observado. Sabía que debería quitarse el gabán, pero no recordaba exactamente qué llevaba debajo de él. Se sentó en el otro extremo de la mesa y dijo una vez más:— En fin.

—Té —propuso Alice—. ¿Qué te parece una taza de té? Y tú podrás contarnos todas tus aventuras.

—Un té vendría de perlas —dijo él.

—¿Y qué tal anda George? —dijo Mambé—. ¿Y su gente?

—Oh, muy bien. —No había pisado la Alquería del Antiguo Fuero desde hacía meses.— Muy bien, igual que siempre. —Meneó la cabeza divertido, recordando al bicho raro de George.— En su loca Alquería.

—Yo me acuerdo —dijo Mambé— de cuando era una casa tan bonita. Años atrás. La de la esquina, allí era donde entonces vivía la familia Ratón y...

—Todavía viven allí, todavía —dijo Auberon. Miró de reojo a su madre, que se afanaba delante de la cocina grande con la tetera y el agua; subrepticiamente, se secó los ojos con la manga de su camiseta de punto, y al ver que él la había sorprendido, se volvió para enfrentarlo, con la tetera entre las manos.

—... y después que murió Phyllis Burgos —seguía diciendo Mambé—, bueno, ésa fue una enfermedad lenta, su médico creía haber conseguido fijarla en sus riñones, pero ella creía...

—Entonces, ¿cómo fueron las cosas, de verdad? —le dijo Alice a su hijo—. ¿De verdad?

—De verdad, de verdad, no tan geniales —dijo Auberon. Bajó los ojos—. Perdón.

—Oh, oh, vamos —dijo ella.

—Por no haber escrito. No había mucho que contar.

—Está bien. Nosotros temíamos por ti, eso es todo.

Él alzó los ojos. Eso era algo que nunca se le habría ocurrido pensar. Aquí, para ellos, él había sido devorado por la terrible y populosa Ciudad, devorado como por un dragón y casi no habían vuelto a saber de él; claro que habían temido por él. Y como cierta vez antaño, en esta misma cocina, una ventana se abrió dentro de él y vio, a través de ella, su propia realidad. La gente lo quería, sí, y se preocupaba por él: sus méritos personales ni siquiera entraban en cuestión. Abochornado bajó otra vez la vista. Alice se volvió hacia la cocina. Su abuela llenaba el silencio con sus reminiscencias, los pormenores de las enfermedades de los parientes fallecidos, mejora, recaída, declinación y muerte.

—Mm, mm-hm —decía él, asintiendo, estudiando las rayaduras de la superficie de la mesa. Se había sentado, sin darse cuenta, en su sitio de siempre, a la derecha de su padre, a la izquierda de Tacey.

—El té —dijo Alice. Apoyó la redonda tetera sobre un soporte, y le palmeó la panza. Puso una taza delante de Auberon. Y esperó, las manos cruzadas, que él lo sirviera, o algo: él la miró y estaba a punto de intentar decir algo, de contestar a la pregunta que adivinaba en ella, si podía, si pudiera pensar con palabras, cuando la puerta doble de la despensa se abrió de par en par dando paso a Lily, a los mellizos y a Tony Cabras.

—Hola, tío Auberon —los mellizos (Retoño, el niño, y Florita, la niña) gritaron al unísono, como si Auberon no hubiera llegado aún y tuvieran que gritar para que pudiese oírlos desde lejos. Auberon los miraba pasmado: parecían ser dos veces más grandes de como él los recordaba, y sabían hablar: no hablaban cuando él se había marchado, ¿o sí? ¿No los había visto por última vez todavía transportados de aquí para allá por su madre en un carrito de lona? Lily, ante la insistencia de sus hijos, empezó a revisar las alacenas, buscando cosas ricas para comer; la solitaria tetera no había impresionado a los mellizos, y, decididamente, era hora de comer, de comer un bocado.

Tony Cabras estrechó la mano de Auberon y dijo:

—Hey, ¿qué tal la Ciudad?

—Oh, hey, formidable —respondió Auberon en un tono parecido al de Tony, cordial y serio; Tony se volvió a Alice—: Tacey dice que tal vez podríamos comer un par de conejos esta noche.

—Oh, Tony, sería maravilloso —dijo Alice.

Tacey en persona entró en ese momento por la puerta, buscando a Tony.

—¿Te parece bien, Ma? —preguntó.

—Es maravilloso —dijo Alice—. Mejor que revoltijo de atún.

—Matad el ternero cebado —dijo Mambé, la única de todos los allí presentes a quien se le podía ocurrir semejante frase—. Y guisad.

—Fumo va a estar tan feliz... —le dijo Alice a Auberon—. Le encanta el conejo, pero nunca se siente con derecho a sugerirlo.

—Por favor —dijo Auberon—, no hagáis nada extraordinario sólo por... —No pudo, en su autohumillación, decidirse a usar pronombres personales.— Quiero decir, sólo porque...

—Tío Auberon —dijo Retoño—, ¿viste algún sesino? —Arqueó los dedos a modo de garras y los acercó a Auberon.— En la Ciudad.

—¿Hm?

—Sesinos. Que te acogotan. En la Ciudad.

—Bueno, a decir verdad... —Pero Retoño había advertido (ni por un instante había perdido de vista a su hermana) que Florita había conseguido un bizcocho que no le habían ofrecido a él, y tenía que apresurarse a presentar su reclamo.

—Y ahora ¡largaos, largaos! —dijo Lily.

—¿No quieres ir a ver morir los conejos? —le preguntó su hija, tomándola de la mano.

—No, no quiero —dijo Lily, pero Florita, que quería tener a su madre a su lado para el horrible y fascinante acontecimiento, le tironeaba la mano.

—Tarda apenas un segundo —dijo, en tono tranquilizador, arrastrando a su madre tras de ella—. No tengas miedo. —Salieron cruzando la cocina de verano y por la puerta que daba a la huerta, Lily, Retoño y Florita y Tony. Tacey había servido un té para ella y otro para Mambé, y con una taza en cada mano retrocedió y salió por la puerta de la despensa; Mambé la siguió.

Grump-grump-grump, dijeron tras ellas las puertas.

Alice y Auberon quedaron solos en la cocina, la tormenta había pasado tan pronto como se había levantado.

—Bueno —dijo Auberon—. Parece que todo el mundo anda bien por aquí.

—Sí. Bien.

—¿No te importa —dijo él, levantándose lentamente como un hombre viejo, derrotado— si me sirvo un trago?

—No, claro que no —dijo Alice—. Hay un poco de jerez allí, y otras cosas, creo.

Auberon bajó de la alacena una polvorienta botella de whisky.

—No hay hielo —dijo Alice—. Rudy no ha venido hoy.

—¿Todavía corta hielo?

—Oh, sí. Pero últimamente ha estado enfermo. Y Robin, ¿sabes?, su nieto... bueno, tú conoces a Robin; no es una gran ayuda. Pobre viejo.

Absurda, inesperadamente, aquélla fue la gota que colmó el vaso.

—Pobre, pobre Rudy..., pobre viejo..., ¡qué calamidad! —dijo Auberon, trémula la voz—. ¡Qué calamidad! —Se sentó con su copa de whisky, la cosa más triste que había visto en su vida. Veía las cosas a través de una nube, de un centelleo. Alarmada, Alice se levantó lentamente.— Me metí en un lío, Ma, ¡un lío infernal! —Hundió la cara entre las manos, el lío infernal era una cosa áspera, que se henchía en su garganta y en su pecho. Alice, indecisa, se acercó, le rodeó los hombros con un brazo, y Auberon, aunque no lo había hecho en muchos años, nunca, ni siquiera por Sylvie, no, ni una sola vez, supo que iba a echarse a llorar como un niño. El lío infernal cobraba peso, y fuerza, pujando por salir, por abrirle la boca y sacudir violentamente su esqueleto, con sonidos que él jamás supo que era capaz de producir. Basta, basta, se decía, basta, basta, pero la cosa no quería acabar, el desahogo lo hacía crecer, había grandes volúmenes de esa sustancia para expulsar; apoyó la cabeza sobre la mesa de la cocina y lloró a gritos.— Perdón, perdón —dijo, cuando de nuevo pudo hablar—. Perdón, perdón.

—No —dijo Alice, su brazo rodeando el renuente gabán—, no, ¿perdón por qué? —Él alzó repentinamente la cabeza, apartó el brazo de su madre y, tras un último, ahogado sollozo, cesó de llorar, el pecho aún sacudido por estertores.— ¿Fue —dijo Alice con dulzura, con cautela— la chica morena?

—Oh —dijo Auberon—, en parte, en parte.

—Y ese estúpido legado.

—En parte.

Ella vio, asomando de su bolsillo, un pañuelito, y lo sacó para él.

—Toma —dijo, horrorizada de ver en ese rostro bañado en lágrimas no a su benjamín, sino a un adulto que apenas conocía, transfigurado por el dolor. Miró el pañuelito que le ofrecía—. Qué bonito —dijo—. Parece...

—Sí —dijo Auberon, cogiéndolo y restregándose la cara—. Lucy lo bordó. —Se sonó la nariz.— Fue un regalo. Cuando me marché. Ábrelo cuando vuelvas a casa, me dijo ella. —Se reía, o lloraba otra vez, o ambas cosas, y tragaba con dificultad. — Bonito, sí. —Lo volvió a guardar en su bolsillo y se sentó, encorvado, la mirada ausente.— Oh, Dios —dijo—. Esto es un engorro.

—No —dijo ella—, no. —Puso su mano sobre la de él. Estaba ante un dilema: su hijo necesitaba consejo, y ella no podía dárselo; sabía a dónde se podía ir en procura de consejo, pero no si se lo darían a él, ni si era correcto de su parte que lo enviase a pedirlo.— Está todo bien, ¿sabes? —dijo—, de veras, porque... —reflexionó un momento—. Porque está bien, estará bien.

—Oh, claro —dijo él, suspirando, un largo, tembloroso suspiro—. Ahora todo ha pasado.

—No —dijo Alice, y cogió con más firmeza la mano de su hijo—. No, no ha pasado todo, pero... Bueno, suceda lo que suceda, todo será parte..., bueno, parte de lo que tiene que ser, ¿no? Quiero decir que no pasará nada que no tenga que pasar, ¿no es cierto?

—No lo sé —dijo Auberon—. Qué sé yo.

Alice retenía entre las suyas la mano de su hijo, ese hijo ahora demasiado crecido para que lo pudiese estrechar contra su pecho, y besar, y cobijar con su cuerpo y contárselo todo, contarle el largo, larguísimo Cuento, tan largo y tan extraño que él se dormiría antes de que llegara al final, arrullado por su voz y su calor y los latidos de su corazón y la calma seguridad del relato; y entonces, y entonces, y entonces: y lo más asombroso de todo; y lo más extraño: y la forma en que se encadenaban las cosas: la historia que ella no sabía cómo contar cuando él era lo bastante joven como para que le fuera contada, la historia que sólo ahora conocía ella, cuando él era demasiado grande como para que ella lo alzara en sus brazos y se la susurrara, demasiado mayor como para creerla, aunque todo iba a suceder, y le iba a suceder a él. Pero ella no podía soportar el verlo así en esa obscuridad, y no decirle nada.

—Bueno —dijo, sin soltarle la mano; se aclaró de la garganta la ronquera que se había amontonado en su voz (¿se alegraba, o lo contrario, de que todas sus propias tormentas hubiesen sido lloradas, años atrás?) y continuó—: Bueno, ¿quieres hacer algo por mí, en todo caso?

—Sí, claro.

—Esta noche, no, mañana por la mañana..., ¿sabes dónde está el viejo cenador? ¿Esa isla pequeña? Bueno, si sigues río arriba, llegas a un estanque... ¿con una cascada?

—Claro, sí.

—Bueno —dijo Alice, y respiró hondo—. Bueno —dijo otra vez y le dio las instrucciones, y le rogó que las siguiera al pie de la letra, y algo le dijo de las razones por las que debía hacerlo, mas no todo; y él asintió, en una nube, pero habiendo ya llorado delante de ella todas las reservas que podía haber tenido respecto de ese plan, y de esas razones.

La puerta de la cocina que daba a la huerta se abrió, y Fumo entró; antes, sin embargo, dio una vueltecita por la despensa. Alice palmeó la mano de su hijo, le sonrió, se apretó los labios con el índice y luego los labios de Auberon.