Pqueño, grande
Juníperos
La verdad, prefería encontrar un sitio cualquiera donde dormir, a tener que mendigar hospitalidad; al fin y al cabo llevaba consigo un par de mantas. Hasta imaginaba que tal vez, podría encontrar un establo con un pajar donde echarse a dormir, como les sucede a los caminantes en los libros (en los libros que él leía, al menos), pero los establos reales que veía al pasar, no sólo parecían ser Propiedad Privada sino también excesivamente funcionales, y estar repletos de animales de gran tamaño. Lo cierto es que empezaba a sentirse un poco solo a medida que la noche avanzaba y que los prados se diluían en la obscuridad; así pues, cuando llegó a una casa de campo al pie de la colina, subió hasta la cerca de estacas, mientras cavilaba sobre cómo podría hacer una pregunta que sin duda habría de sonar la mar de extraña.
Era una casita blanca, arrebujada en una fronda de tupidos siempreverdes. Junto a la puerta holandesa de madera verde, trepaban por un emparrado los pimpollos de un rosal. Algunas piedras pintadas de blanco marcaban el sendero desde la puerta; en el jardín anochecido un cervatillo alzaba los ojos hacia él, paralizado de asombro; y había enanos sentados en cuclillas sobre setas, o huyendo, furtivos, cargados de tesoros. En el portón había una tablilla de madera rústica con una leyenda bruñida a fuego: Los Juníperos.
Fumo levantó la aldaba, abrió el portón, y una campanilla tintineó en el silencio. El panel superior de la puerta se abrió, volcando la claridad amarilla de una lámpara. Una voz de mujer preguntó:
—¿Amigo o enemigo? —y se echó a reír.
—Amigo —dijo Fumo, y se encaminó a la puerta.
El aire, no cabía la menor duda, olía a ginebra. La mujer que asomaba el torso por encima del panel inferior de la puerta holandesa era de aquellas cuya mediana edad se alargaba, si bien Fumo no hubiera podido precisar a qué altura de esa alargada mediana edad se encontraba.
Sus cabellos ralos podían ser grises o castaños, usaba unas gafas de cristal modelo ojo-de-gato y sonreía con una sonrisa de dentadura postiza; los brazos que cruzaba sobre la puerta eran pecosos y maternales.
—Bueno —dijo—, es que yo a ti no te conozco.
—Quisiera saber —dijo Fumo— si voy bien por este camino a un pueblo llamado Bosquedelinde.
—No sé decirte —dijo la mujer—. ¿Jeff? ¿Podrías indicarle a este joven cuál es el camino a Bosquedelinde? —esperó desde dentro una respuesta que Fumo no oyó, y abrió la puerta—. Pasa —dijo—. Lo veremos.
La casa, pequeña y pulcra, estaba abarrotada de cosas. Un perro lanudo viejo, decrépito, le olisqueó los pies, divertido, jadeando; Fumo tropezó con una mesilla de teléfono de bambú, chocó con el hombro contra una repisa atestada de chucherías, resbaló sobre un felpudo y fue a dar, a través de una angosta arcada, a una salita de estar que olía a rosas, a loción de bayrum y a los fuegos del pasado invierno. Jeff soltó el periódico y levantó del cojinillo los pies empantuflados:
—¿Bosquedelinde? —farfulló por entre la pipa y los dientes.
—Bosquedelinde. Me dieron algunas indicaciones, o cosa parecida.
—¿Viajas haciendo autostop? —la boca descarnada de Jeff se abrió como la de un pez para exhalar una bocanada mientras examinaba a Fumo con aire dubitativo.
—No, a pie, en realidad.
Encima de la chimenea había un tapete bordado. Decía:
Viviré en una Casa
junto al Camino
y seré una Amiga para el Hombre.
Margaret Junípero 1927
—Voy allí a casarme.
Ahhh, parecieron decir ellos.
—Bien —Jeff se puso de pie—. Marge, trae el mapa.
Era un mapa del condado o algo así, mucho más detallado que el de Fumo; encontró la constelación de pueblos que ya conocía, nítidamente delineada, pero de Bosquedelinde ni rastro.
—Tiene que estar por aquí —Jeff cogió un cabo de lápiz y con un «hmmm» y un «veamos» unió los centros de los cinco pueblos en una estrella de cinco puntas. Golpeó con el lápiz el pentágono delimitado por los lados de la estrella y miró a Fumo por encima de sus cejas claras. El truco de un avezado lector de mapas, pensó Fumo. Atisbo la sombra de un camino que cruzaba el pentágono y empalmaba con el que él había tomado, y que se interrumpía definitivamente allí, en Arroyodelprado— Hmmm —dijo.
—Esto es prácticamente todo cuanto puedo informarte —dijo Jeff, mientras volvía a enrollar el mapa.
—¿Piensas caminar toda la noche? —preguntó Marge.
—Bueno..., traigo un saco de dormir.
Marge miró las mantas poco confortables que Fumo llevaba atadas con correas a la parte superior de su mochila, y frunció los labios.
—Y supongo que no has comido nada en todo el día.
—Oh, sí, unos bocadillos, ¿sabe usted?, y una manzana...
La cocina estaba empapelada con cestas de frutas indeciblemente lujuriosas, uvas azules y manzanas encarnadas y melocotones priscos que sobresalían como nalgas opulentas de las canastas. Plato humeante tras plato humeante, Marge trasladó las viandas desde el hornillo al mantel de hule, y una vez éstas consumidas, Jeff sirvió licor de plátanos en unas copitas de color rubí. El cual surtió su efecto, y todas las reticencias y cortesías de Fumo ante la hospitalidad que le brindaban se desvanecieron, y Marge «preparó el sofá cama» y puso a dormir a Fumo en él envuelto en una manta india de color ocre y sepia.
Durante un rato, después que los Junípero lo dejaran solo, permaneció despierto, mirando en torno. Sólo una lamparilla de noche alumbraba la estancia, una veladora que imitaba una minúscula cabaña cubierta de rosas, conectada directamente al enchufe. A esa luz, veía el sillón de Jeff, uno de esos sillones de madera de arce cuyos brazos anaranjados semejantes a remos siempre le habían parecido tentadores, como si estuvieran hechos de duro y brillante caramelo. Veía los visillos fruncidos agitados por la brisa que olía a rosas. Oía suspirar, en sueños, al perro lanudo. Descubrió otro tapete bordado. Este decía, le pareció, pero no estaba seguro:
Las Cosas que nos hacen Felices
nos hacen Sabios.
Se quedó dormido.