Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 57 de 210

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Pqueño, grande

Antología del amor

—Hay catástrofes —dijo Violet— de naturaleza ordinaria, que si las cartas las predijeran yo no las creería.

—¡Y tú corriges mi gramática! —dijo Nora, riendo. Violet, riendo a su vez, dio vuelta la carta siguiente: el Cuatro de Copas, invertido.

—Hastío. Disgusto. Aversión —dijo Nora—. Una experiencia amarga.

Abajo, sonó el timbre de la puerta. Nora se levantó de un salto.

—Vaya, quién podrá ser —dijo Violet, mientras recogía las cartas de un manotazo.

—Oh —dijo Nora—. No sé. —Corrió al espejo, y se esponjó la espesa cabellera dorada y se alisó la blusa.— Podría ser Harvey Nube, dijo que tal vez vendría de pasada a devolver un libro que le he prestado. —Se detuvo un momento y suspiró, como si la fastidiara la interrupción.— Creo que será mejor que baje a ver.

—Sí —dijo Violet—. Ve a ver. Volveremos a hacer esto otro día.

Pero cuando, una semana después, Nora solicitó otra lección, y Violet fue al cajón en que guardaba las cartas, ya no estaban allí. Nora insistía en que ella no las había sacado. No estaban en ningún otro sitio en que Violet, distraídamente, hubiera podido dejarlas. Con la mitad de sus cajones vacíos y papeles y cajas en profusión desparramados por el suelo tras la infructuosa búsqueda, se sentó en el borde de la cama, intrigada y un poco alarmada.

—Han desaparecido —dijo.

 

Antología del amor

 

—Haré lo que tú quieras, August —dijo Amy—. Todo lo que quieras.

August inclinó la cabeza hasta sus levantadas rodillas y dijo:

—Oh, Jesús, Amy. Oh, por Dios, lo siento tanto.

—No jures así, August, es terrible. —Tenía el rostro ensombrecido y lloroso, como el paisaje del ya segado maizal, velado por los celajes del otoño; los mirlos rondaban en busca de grano, remontándose en vuelo como alertados por señales invisibles, para volver a posarse en otros sitios. Puso sobre las manos de August las suyas, agrietadas por las faenas de la cosecha. Temblaban los dos, de frío y de lo frío de la circunstancia.— He leído en los libros, y aquí y allá, que las personas se aman por un tiempo, y después ya no más. Nunca supe por qué.

—Tampoco yo sé por qué, Amy.

—Yo te querré siempre.

August irguió la cabeza, tan agobiada de melancolía y de tiernos remordimientos que era como si él se hubiese transformado en niebla y otoño. Antes, la había amado intensamente, pero nunca con un amor tan puro como ahora, cuando acababa de decirle que nunca más la volvería a ver.

—Sólo quisiera saber por qué —dijo ella.

Él no podía decirle que se trataba, principalmente, de una cuestión de planes, nada que tuviera que ver con ella en realidad, sólo ciertos compromisos perentorios que él tenía en otra parte... oh, Dios, perentorios, perentorios... Se había citado con ella allí, bajo los heléchos, al amanecer, cuando en casa no la echarían en falta, para romper con ella, y la única explicación aceptable y honorable que pudo encontrar era que ya no la quería, y ésa era la que le había dado, al cabo de largas vacilaciones y de una multitud de besos fríos. Pero ella se había mostrado tan valerosa cuando se lo dijo, tan aquiescente, y las lágrimas que le rodaban por las mejillas eran tan saladas, que ahora le parecía que se lo había dicho para ver lo buena que era, lo leal, lo sumisa; para atizar, con la idea de la inminencia de la pérdida, sus sentimientos vacilantes.

—Oh, no, Amy, por favor, yo nunca quise... —La tomó en sus brazos y ella cedió, temerosa de transgredir la prohibición que él le impusiera un momento antes, cuando le dijo que ya no la quería; y su timidez, la mirada implorante de sus grandes ojos asustados, y locamente esperanzados, lo desarmaron.

—Es que no deberías, August, si no me quieres.

—No digas eso, Amy, por favor.

A punto de llorar también él, como si realmente no fuera a verla nunca más (aunque ahora sabía con certeza que tenía que hacerlo, y que lo haría), allí, sobre el crujiente lecho de las hojas penetró con ella en ese nuevo, triste y dulcísimo territorio del amor, donde se restañaron todas las heridas que él le había infligido.

—¿El domingo que viene, August? —Tímida, pero segura ahora.

—No. El domingo que viene no. Pero... Mañana. O esta noche. ¿Podrás...?

—Sí. Ya pensaré algo. Oh, August. Dulzura.

Echó a correr, enjugándose la cara, recogiéndose el pelo, retrasada, en peligro, feliz, a través del prado. Para esto he venido, pensó él, en un último y aún resistente baluarte de su alma: incluso el fin del amor no es sino un nuevo acicate del amor. Echó a andar en sentido contrario, hacia donde lo esperaba su coche con aire acusador. La cola de ardilla que ahora lo adornaba colgaba, lacia, de su soporte, humedecida por la niebla. Tratando de no pensar, giró la manivela y dio vida al motor.

¿Qué diablos podía hacer, de todos modos?

Había pensado que la ardiente espada de emociones que lo había traspasado la primera vez que vio a Amy Praderas después de adquirir su don, no era nada más que la certeza de que al fin vería satisfecho su deseo. Y después, sin embargo, certeza o no certeza, se había puesto en ridículo por ella, se había envalentonado con su padre, había dicho mentiras desesperadas a granel, siempre en un tris de que lo pescaran en falta. Esperaba horas y horas en el suelo frío de los fondos de la casa hasta que ella conseguía escaparse —ellos le habian prometido poder sobre las mujeres (ahora lo comprendía amargamente), mas no poder sobre sus circunstancias—, y si bien Amy accedía a todas sus proposiciones, y respondía uno por uno a todos sus caprichos, ni siquiera el impudor con que se le entregaba aliviaba aquella sensación de no tener un verdadero dominio de la situación, de estar a merced de un deseo más exigente, menos una parte de él y más un demonio que lo tiranizaba, de lo que antes fuera.

La sensación se agudizó, con el correr de los meses, mientras iba y venía en su Ford por los cinco poblados, hasta convertirse en una certidumbre: él conducía el Ford, pero se sentía llevado, timoneado, manipulado sin cuartel.

Violet no preguntó por qué había renunciado a la idea de instalar un garaje en Arroyodelprado. De tanto en tanto él se quejaba de que en el viaje de ida y vuelta a la estación de servicio más próxima consumía casi toda la gasolina que cargaba el tanque, pero eso no parecía ser una insinuación ni una provocación, y en realidad se lo veía menos discutidor que nunca. Tal vez, pensaba ella, ese aire abstraído, casi hosco, como de quien está concentrado en alguna otra cosa, significara que estaba incubando algún proyecto aún más descabellado, si bien, Comoquiera, ella suponía que no; y esperaba que ese gesto de cansancio culposo que parecía notar en el rostro de su hijo cuando lo veía ir y venir sin rumbo por la casa no significara que se estaba entregando a algún vicio secreto; algo, sin duda, había sucedido. Las cartas habrían podido decirle qué, pero las cartas habían desaparecido. Era probable, pensaba, que —pura y simplemente— estuviese enamorado.

Eso era verdad. Si Violet no hubiera elegido recluirse en una habitación de los altos, habría tenido alguna idea de los estragos que estaba haciendo su hijo menor entre las adolescentes, la flor y nata de los cinco poblados que formaban una estrella alrededor de Bosquedelinde. Los padres de ellas lo sabían, un poco; las chicas mismas, entre ellas, hablaban de eso; un atisbo del Ford T de August, con la vistosa y brillante cola de ardilla flameando al viento suspendida de una varilla móvil en el parabrisas, significaba un día de angustia, una noche de agitado desvelo, una almohada mojada por la mañana; ellas ignoraban —¿cómo lo iban a imaginar?, todos sus corazones le pertenecían— que los días y las noches de August eran muy semejantes a los de ellas.

Eso era algo que él no había previsto. Había oído hablar de Casanova, pero no lo había leído. Se imaginaba los harenes, la palmada imperiosa del sultán tras la cual acudía al instante —como un refresco de chocolate, en el bar, tras la moneda que has echado en la ranura— el sumiso objeto del deseo. Se sintió azorado, confundido cuando, sin que su loco deseo de Amy cediera en lo más mínimo, se enamoró perdidamente de la hija mayor de los Flores. Devorado por la pasión y la lujuria, pensaba en ella sin cesar, cuando no estaba con Amy; o cuando no estaba pensando —¿sería posible?— en la pequeña Margaret Junípero, que aún no tenía ni siquiera catorce años. Aprendía, lentamente, lo que todos los amantes atormentados han de aprender: que si algo obliga con toda certeza al amor, es el amor mismo; que, salvo tal vez la fuerza bruta, es lo único que hace, si bien tan sólo (y ése era el don terrible que le había sido otorgado) cuando el enamorado cree de verdad, como podía creerlo August, que si su amor es suficientemente fuerte debe serle correspondido, y el de August lo era.