Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 197 de 210

Páginas del PDF

Pqueño, grande

Desparramo

Allí había un sendero.

Había un sendero, sí, perfectamente visible a la media luz crepuscular.

Y allá..., bueno, ella podía ir allá, ¿por qué no? A esa casita en el claro. Un estampido la estremeció horriblemente, pero como si un súbito rayo de sol la iluminara, la casa apareció más clara; una casita de lo más curiosa, en verdad, la casita más rara que Halcopéndola había visto en su vida. ¿A qué casa le hacía acordar? Recargada de adornos y multicolor, con chimeneas semejantes a bonetes cómicos, y el alegre chisporroteo del fuego visible a través de las ventanitas profundas, y una puerta redonda y verde. Una puerta verde acogedora, afable, que en ese momento se abrió; una puerta por la que asomó una cara con una ancha sonrisa para darle la bienvenida.

 

Desparramo

Dispararon contra ella varias veces, supersticiosos como eran ellos mismos, y sí, bien muerta que parecía; tan muerta como cualquier persona muerta que hubieran visto antes, la misma inercia, como de marioneta, de los miembros, la misma cara inanimada. Inmóvil. Ni una nubécula de aliento se condensaba en torno de sus labios. Satisfechos al fin, uno de ellos le arrancó de un tirón el bolso de cocodrilo, y regresaron al tren.

Llorando, soltando broncas risotadas, con las viejas cartas (anversos y reversos entreverados) al fin apretadas contra su pecho, Russell Eigenblick, el presidente, tiró de la cuerda que nuevamente pondría el tren en marcha. Cegado por el terror y el júbilo, corrió a través de los coches, casi a punto de caerse de bruces cuando el tren, con una violenta sacudida, volvió a arrancar; azotado por la lluvia, exhalando nubes de vapor, el tren atravesaba su paisaje. Entre Sandusky y South Bend la lluvia se trocó a regañadientes en nieve y granizo y tornó más espesa la niebla; el azorado maquinista no veía nada. Dejó escapar un grito cuando ante él surgió la boca de un túnel sin ninguna luz, porque sabía que en esta región no podía haber túnel alguno, nunca lo había habido, pero antes de que pudiera tomar cualquier precaución (¿qué precaución?) ya el tren había penetrado bramando en una tiniebla ilimitada más estruendosa y obscura que el triunfo de Barbarroja.

Cuando, completamente vacío de pasajeros, llegó a la próxima estación (un poblado de nombre indio en el que ningún tren había parado desde hacía años), el camarero a quien Ariel Halcopéndola había empujado en su prisa, se despertó.

¿Qué demonios era esto?

Se levantó, asombrado por haberse dormido, porque el tren hubiera parado donde nunca lo hacía y por la ausencia total de sus pasajeros. A mitad de camino de los coches, en el silencio, se encontró con el demudado maquinista, y se consultaron, pero hablaron poco. No había nadie más a bordo; no había habido revisor, era un tren especial, todos los miembros del pasaje habían sabido adonde iban. Eso le dijo el camarero al maquinista.

—Ellos sabían —dijo— adonde iban.

El maquinista regresó a su cabina, a fin de utilizar la radio, aunque aún no había decidido qué decir. El camarero, sintiéndose fantasmal, continuó recorriendo los vagones. En el coche-bar encontró, entre vasos vacíos y cigarrillos aplastados, un mazo de naipes, unas barajas antiguas desparramadas aquí y allá como si alguien las hubiese tirado en un acceso de furia.

—Algún loco —pensó—. Jugando al desparramo.

Las juntó —las figuras, los caballeros y los reyes y las reinas, distintas de todas cuantas había visto antes—, parecían implorarle que las recogiera. La última, un comodín tal vez, un personaje barbudo, cayendo de su montura a las aguas de un río, la recogió en el borde de la ventanilla, mirando hacia fuera, como a punto de escapar. Cuando las hubo juntado y emparejado, se quedó allí, inmóvil, de pie en el coche con las cartas en las manos, profundamente compenetrado con el mundo, con el mundo entero y su lugar en él; un lugar cercano al centro; y con el valor que las eras por venir atribuirían al hecho de que él estuviese allí solo en ese momento, en ese tren vacío, en esta desierta estación.

En cuanto al Tirano Russell Eigenblick, no sería olvidado. Una larga era de calamidades esperaba a su pueblo, una época amarga en la que aquellos que habían combatido contra él acabarían, en su ausencia, por combatirse los unos a los otros; y la frágil República caería, despedazada, y sería reconstruida de varias formas diferentes. Y en esa larga contienda, una nueva generación olvidaría las pruebas y penurias que sus padres padecieran bajo la Bestia; evocarían, con creciente nostalgia, con profundo dolor o desolación, aquellos años que precedieron a la memoria viva, esos años en que, les parecería, siempre había brillado el sol. Su obra, dirían, había quedado inconclusa, su Revelación, postergada; él había desaparecido, y abandonado a su pueblo irredento.

Mas él no había muerto. No; desaparecido, desvanecido una noche entre el alba y el día; pero muerto no. En las Humosas o en las Rocosas, escondido en la sima de un lago volcánico o a gran profundidad bajo las ruinas de la propia Capital, yacía él, dormido, con su cuerpo de ejecutivos en torno de él, su barba roja creciéndole sin cesar cada vez más larga; esperando el día (augurado por cien señales) en que la extrema necesidad de su pueblo lo despertase al fin una vez más.