Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 163 de 210

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Pqueño, grande

Una aguja en el pajar

—¿El decimotercero?

—El decimotercero.

Alguien pulsó con un índice enérgico el botón del piso decimotercero. Otro consultó un simple reloj de pulsera. Ascendieron serenamente. Nada tenían que decirse unos a otros: sus planes estaban trazados, y las paredes, bien lo sabían ellos, tenían oídos. Halcopéndola se mantuvo apretujada contra la puerta, de frente a sus rostros en blanco. Las puertas se abrieron, y ella salió deslizándose con destreza hacia un costado; y justo a tiempo, por lo demás, pues había manos que se adelantaban para estrechar las de los miembros del club.

—El Orador estará en seguida con ustedes.

—Si tienen ustedes la amabilidad de esperar en esta sala.

—Podemos ordenar que suban cualquier cosa para ustedes. El Orador ha pedido café.

Hombres trajeados de mirada alerta los guiaron hacia la izquierda.

Uno o dos jóvenes, con blusones de colores, las manos enlazadas a la espalda en una actitud de intranquila tranquilidad, montaban guardia en cada una de las puertas. Al menos, pensó Halcopéndola, él es precavido. De otro ascensor emergió un camarero de librea roja portando una gran bandeja con una solitaria y diminuta taza de café. Enfiló hacia la derecha, y Halcopéndola lo siguió. Admitido —y Halcopéndola a sus talones— por los guardias de un doble juego de puertas, se dirigió a una tercera, sin ninguna inscripción, llamó, la abrió y entró. En el momento en que la cerraba, Halcopéndola plantó un pie invisible en el quicio, y acto seguido se deslizó en el interior.

 

Una aguja en el pajar

 

Era una habitación amueblada con un gusto impersonal, con ventanales que daban a la espigada Ciudad. El camarero, murmurando para sus adentros, pasó junto a Halcopéndola y se retiró. Halcopéndola se sacó de la boca el fragmento de hueso y lo estaba guardando con cuidado cuando la puerta del fondo de la habitación se abrió y Russell Eigenblick apareció en ella, bostezando, con una bata de seda negruzca con dragones bordados y, cabalgando sobre la nariz, un diminuto par de medias lentes que Halcopéndola no le había visto antes.

Se sobresaltó al verla, pues esperaba encontrar la estancia vacía.

—¿Usted? —dijo.

Sin mucha gracia (no recordaba haber hecho en su vida nada parecido), Halcopéndola se prosternó sobre una rodilla, se inclinó en una profunda reverencia, y dijo:

—Y una humilde servidora de Vuestra Majestad.

—Levántese —dijo Eigenblick—. ¿Quién la dejó entrar aquí?

—Un gato negro —respondió Halcopéndola levantándose—. No tiene importancia. No tenemos mucho tiempo.

—No hablo con periodistas.

—Lo siento —dijo Halcopéndola—. Eso fue una imposición. No soy periodista.

—¡Me suponía que no! —dijo él, con aire de triunfo. Se arrancó las gafas de la cara como si acabara de recordar que las llevaba puestas. Se dirigió al intercomunicador, sobre el escritorio imitación Luis XIV.

—Espere —dijo Halcopéndola—. Dígame una cosa. ¿Quiere usted, después de haber dormido ochocientos años, fracasar en su empresa?

Lentamente él dio media vuelta para observarla.

—Sin duda usted ha de recordar —prosiguió Halcopéndola— cómo fue en una ocasión humillado en presencia de cierto papa, cómo lo obligaron a sostener su estribo y a correr a la par de su caballo.

Una oleada de sangre afluyó al rostro de Eigenblick, tiñéndola de un color rojo claro, distinto del rojo de su barba. Escopetazos de furia dispararon sus ojos sobre Halcopéndola.

—¿Quién es usted? —preguntó.

—En este momento —dijo Halcopéndola, indicando con un gesto el otro lado de la suite— lo esperan a usted unos hombres que se proponen humillarlo hasta ese mismo grado. Sólo que más astutamente. De manera tal que usted no se percate jamás de que ha caído en sus redes. Me refiero al Club Bullicio de Bridge, Pesca y Tiro. ¿O se han presentado a usted bajo otro nombre?

—Tonterías —dijo Eigenblick—. Nunca he oído hablar de ese supuesto club. — Pero su mirada se había enturbiado: tal vez en algún lugar, en algún tiempo, lo habían puesto en guardia...— ¿Y qué podría usted decir del papa? Un caballero encantador a quien nunca conocí. —Sus ojos esquivaban los de ella, levantó su diminuto café y lo apuró de un sorbo.

Pero ahora ella lo tenía en su poder: estaba segura de ello. Si no llamaba a los guardias para que la echasen, la escucharía.

—¿Le han prometido a usted un alto cargo? —preguntó.

—El más alto —dijo él tras una larga pausa, mirando por la ventana.

—Tal vez le interese saber que desde hace varios años esos caballeros me han encomendado varias gestiones. Creo conocerlos. ¿La presidencia, acaso?

Él no respondió. Era eso.

—La presidencia —dijo Halcopéndola— ya no es un cargo, es un despacho. Agradable, sin duda, pero sólo un despacho. Usted debe rehusarlo. Cortésmente. Y cualquier otro halago que puedan ofrecerle. Más tarde le explicaré cuáles deben ser sus próximos pasos.

El se volvió bruscamente.

—¿Cómo es que sabe usted todas estas cosas? ¿Cómo sabe quién soy?

Al fuego graneado de su mirada, ella le respondió con otro de su propia cosecha. Y dijo, con su tono de voz más hechiceresco:

—Hay muchas cosas que yo sé.

El intercomunicador zumbó. Eigenblick fue hacia él; pensativo, con un dedo en los labios, observó la serie de botones, y pulsó uno de ellos. Nada pasó. Pulsó otro, y una voz mezclada con estática respondió:

—Todo listo, señor.

—Ja —dijo Eigenblick—. Momento. —Soltó el botón, se dio cuenta de que no lo habían oído, pulsó otro, y se repitió. Se volvió hacia Halcopéndola.— Comoquiera que sea que haya usted descubierto estas cosas —dijo—, es evidente que no lo ha descubierto todo. Porque, ¿sabe usted? —prosiguió, con una ancha sonrisa, con el aire de quien se siente seguro de su elección—, yo estoy en las cartas. Nada de cuanto pueda sucederme podrá cambiar el curso de un destino marcado en otros ámbitos hace un tiempo casi inmemorial. Protegido. Todo esto tenía que acontecer.

—Vuestra Majestad —dijo Halcopéndola—, tal vez no he sabido hacerme entender...

—¡Deje de llamarme de ese modo! —dijo él, furioso.

—Perdón. Tal vez no he sabido hacerme entender. Sé muy bien que usted está en las cartas, un mazo de cartas muy bonito, con arcanos destinados al menos ostensiblemente a predecir y favorecer el retorno de su antiguo Imperio, y diagramadas, calcularía yo, en algún momento durante el reinado de Rodolfo II, e impresas en Praga. Entretanto se les ha dado otros usos. Sin que usted, por así decir, haya dejado de estar en ellas ni por un instante.

—¿Dónde están? —dijo él, avanzando súbitamente hacia ella, las manos avariciosas extendidas como garras—. Démelas. Necesito tenerlas.

—Si me permite continuar... —dijo Halcopéndola.

—Son de mi propiedad —dijo Eigenblick.

—De su Imperio —dijo ella—. En tiempos. —Su mirada penetrante lo hizo callar. — Si me permite continuar: Sé que usted está en las cartas. Sé qué poderes lo pusieron en ellas y, un poco, con qué fin. Conozco su destino. Lo que usted debe creer, si es que desea realizarlo, es que yo estoy en él.

—¿Usted?

—He venido a prevenirlo, y a ayudarlo. Tengo poderes. Lo bastante grandes como para haber descubierto todo esto, para haberlo encontrado a usted, una aguja en el pajar del Tiempo. Usted necesita de mí. Ahora. Y en el tiempo por venir.

Él la observó largamente. Ella vio la duda, la esperanza, el alivio, el temor, la resolución aparecer y desaparecer de su gran cara.