Pqueño, grande
Noticias de casa
Estaba cerrando la puerta del sótano cuando un golpe resonó en la de la calle, tan súbito, tan inesperado que apenas pudo contener un grito. Aguardó un momentó, con la esperanza de que fuera sólo el capricho de un loco y que no se volvería a repetir. Pero se repitió. Se acercó a la puerta y prestó oídos, sin hablar, y oyó al otro lado una palabrota de despecho. Después, con un gruñido, el fulano se asió a las trancas y empezó a sacudirlas.
—No ganarás nada con eso, nada —gritó George. Las sacudidas cesaron.
—Bueno, abra la puerta entonces.
—¿Qué?
Era costumbre en George, cuando no encontraba una respuesta a flor de labios, actuar como si no hubiese entendido la pregunta.
—¡Abra la puerta!
—Bueno, tú sabes, amigo, sabes que no puedo abrir la puerta así como así. Tú bien sabes cómo son las cosas.
—Bueno, escuche entonces. ¿Puede decirme cuál de estos edificios es el número veintidós?
—¿Quién quiere saberlo?
—¿Por qué todo el mundo en esta ciudad contesta siempre con otra pregunta?
—¿Mmm?
—¿Por qué demonios no abre usted esa maldita puerta de una buena vez y habla conmigo como Dios manda, como un ser humano?
Era tal la amargura, la frustración feroz que trasuntaba aquella protesta, que a George le llegó al corazón; prestó oídos, en espera de una nueva andanada: la seguridad que sentía detrás de su puerta inexpugnable le causaba, en el fondo del alma, una secreta desazón.
—¿Tendría usted la amabilidad de decirme —volvió a hablar el fulano, y por detrás del tono cortés George adivinó la cólera contenida— dónde, si lo sabe, puedo encontrar la residencia de la familia Ratón, o a George Ratón?
—Sí —respondió George—. Yo soy George —era un riesgo, sin duda, pero con seguridad ni los cobradores ni los alguaciles más desesperados andarían de ronda a esas horas de la noche—. ¿Y tú quién eres?
—Mi nombre es Auberon Barnable. Mi padre... —pero ya el chirriar y el rechinar de trancas, pestillos y cerrojos ahogaban su voz. George alargó un brazo hacia la obscuridad y atrajo hasta el zaguán a la persona que esperaba en el umbral. Cerró de un golpe, con celeridad y destreza, la puerta de la calle y la volvió a asegurar con todas sus trancas y candados. Acto seguido levantó el farol para examinar a su primo.
—Conque tú eres el bebé —dijo, notando con perverso placer el fastidio que le causaba su comentario a su joven y alto visitante. A la luz trémula del farol, su rostro parecía cambiar, pero no era un rostro cambiante: era enjuto y hermético: todo él, en realidad, esbelto y espigado como una pluma en el soporte de azabache de un impecable traje negro, parecía un tanto tenso y retraído. Está amoscado, pensó George. Se echó a reír y palmeó el brazo de su primo—. ¿Cómo anda la familia? ¿Qué tal están Elsie, Lacy y Tilly, o comoquiera que se llamen? ¿Y qué te trae por aquí?
—Papá escribió —dijo Auberon, como si deseara ahorrarse el esfuerzo de contestar a todo eso si ya estaba dicho.
—Ah, ¿sí? Bueno, tú sabes cómo anda el Correo. Bueno, bueno. Ven, no hace falta que nos quedemos aquí, en este zaguán, más frío que la teta de una bruja. ¿Café y alguna cosita?
Lacónicamente, el hijo de Fumo se encogió de hombros.
—Con cuidado ahora, en la escalera —dijo George, y a la luz del farol, a través del edificio y el puentecito, llegaron a la alfombra, la misma alfombra raída en que se conocieran años atrás los padres de Auberon.
En alguna parte, durante el trayecto, George había recogido una silla de cocina con tres patas y media.
—¿Así que has hecho abandono del hogar? Toma asiento —dijo George, empujando a Auberon a un andrajoso sillón de orejas.
—Mi padre y mi madre saben que he venido, si es eso lo que quieres decir. —Y se echó hacia atrás, encogido, en el sillón: George, con un gruñido y una mirada feroz, había levantado la silla rota por encima de su cabeza y con el semblante contraído por el esfuerzo la había arrojado de golpe en el hogar de piedra, donde cayó, crepitando, hecha astillas.
—¿Y ellos consintieron? —preguntó George mientras removía en el fuego los despojos de la silla.
—Por supuesto. —Auberon cruzó las piernas y se estiró la rodillera del pantalón. — Papá escribió. Me dijo que viniera a verte.
—Ah, sí. ¿Has venido andando?
—No —con cierto desdén.
—¿Y has venido a la Ciudad a...?
—A probar fortuna.
—Aja —George puso una marmita sobre las llamas y de un estante para libros bajó un precioso bote de café de contrabando. —¿Alguna idea al menos de por dónde empezar?
—No, no exactamente. Es decir... —Mientras preparaba la cafetera y ponía encima de la mesa dos tazas de distinto juego, George parecía meditar, y murmuraba entre dientes como si discutiera consigo mismo, ajá-ejem-ajá...— Yo quería, quiero escribir, ser escritor —dijo Auberon. George alzó las cejas. Auberon se había encogido en el sillón de orejas como si esas confesiones escaparan de él contra su voluntad y tratara de retenerlas—. Había pensado en la televisión.
—Te has equivocado de costa.
—¿Qué?
—Toda esa televisión se hace allá, en la Costa del Sol, la Costa de Oro, la Occidental. —Auberon enroscó el pie derecho alrededor de su tobillo izquierdo y guardó silencio. George, mientras buscaba algo en las estanterías de la biblioteca y en los cajones y sacudía sus numerosos bolsillos, se preguntaba cómo habría llegado hasta Bosquedelinde esa antigua vocación. Era curioso que los jóvenes se aficionaran tan confiadamente a esos oficios moribundos y depositaran en ellos tantas esperanzas. En su juventud, cuando los últimos poetas peroraban a solas, incomunicados (luciérnagas ahogadas en sus cañadas de rocío), los muchachos veinteañeros se proponían ser poetas... Halló por fin lo que buscaba: un abrecartas en forma de daga, un souvenir decorado con figuras esmaltadas, que había encontrado años atrás en un apartamento abandonado, y al que le había tallado un filo, como si fuese un cuchillo. — Todo ese asunto de la tele —dijo— requiere mucha ambición, y muchísimo empuje; y son muchos los que fracasan. —Vertió el agua en la cafetera.
—¿Y cómo lo sabes? —le replicó su primo, como si más de una vez hubiese escuchado esos alegatos del saber de los mayores.
—Porque —repuso George— yo no poseo esos talentos, y al no poseerlos no he fracasado en ese campo, o sea quod erat demostrandum. El café se está filtrando. — Auberon no se dignó sonreír. George posó la cafetera sobre una especie de trípode que ostentaba una leyenda cómica en el argot germano de Pensilvania y sacó de una lata un puñado de galletitas casi todas rotas. También sacó del bolsillo de su cárdigan una tableta de hachís.— ¿Quieres probar? —preguntó, sin un asomo de cicatería en la voz (supuso él), mientras se la enseñaba a Auberon—. Libanes, el mejor del mundo, en mi opinión.