Pqueño, grande
Atrapados por el Cuento
que por la mesa rondan.
Incluía entre ellos, ese año, a su nieto Robin, a los nuevos mellizos de Sonny Mediodía, y a Tacey, la hija de Fumo. Mamá, copa en alto, dijo:
Os deseo cobijo en las tormentas,
y calor a la lumbre del hogar,
mas sobre todo cuando caiga la nieve
os deseo amor.
Fumo comenzó uno en latín, pero ante las protestas de Llana Alice y Sophie se interrumpió, y empezó otra vez:
Un ganso, tabaco y colonia:
tres aladas y áureas promesas del Paraíso
que el corazón magnánimo siempre habrá de guardar
para alejar con voces y campanas
las sombras implacables del polvo reclutado.
—Lo de «las sombras implacables» es bueno —comentó el doctor—, y eso del «polvo reclutado».
—No sabía que fueras fumador —dijo Rudy.
—Ni yo, Rudy —dijo Fumo, eufórico—, que tú fueras un corazón magnánimo. —Mientras inhalaba el Oíd Spice de Rudy, se sirvió del botellón.
—Yo voy a decir uno que aprendí cuando era niña —anunció Hannah Mediodía —, y después de éste, a la carga.
Padre, Hijo y Espíritu Santo,
quien más rápido come, más lleva ganando.
Atrapados por el Cuento
Después de la cena, Rudy revisó unas pilas de discos antiguos y pesados como platos que, en desuso desde hacía años, con los surcos recubiertos de polvo, habían quedado arrumbados en el comedor. Encontró tesoros, saludando con gritos de júbilo a los viejos amigos. Los pusieron en el tocadiscos y bailaron.
Llana Alice, incapaz de seguir bailando después de la primera vuelta, apoyó las manos en el enorme vientre-reclinatorio que había echado y se dedicó a observar a los demás. El volumioso Rudy zarandeaba a su diminuta esposa de un lado a otro como si fuera una muñeca articulada, y Alice supuso que con los años habría aprendido a convivir con ella sin romperla; imaginó aquel peso formidable encima de ella... no, probablemente ella treparía encima de él, como quien sube a una montaña.
Remojando rosquillas, jubba, yubba.
Remojando rosquillas, yubba, yubba.
Remojando rosquillas... ¡splash! en el café.
Fumo, suelto de cuerpo, brillantes los ojos, la hacía reír con su alegría, como un Sol: radiante como un Sol, ¿era ése el significado de la expresión? ¿Y cómo era que conocía las letras de aquellas canciones absurdas, él, que parecía no saber nunca nada de lo que todo el mundo sabía? Bailaba con Sophie, y tenía justo la altura necesaria para guiarla correctamente, llevando el compás con pasos galantes e inexpertos.
La Luna pálida despuntaba sobre las montañas verdes.
El Sol se ocultaba bajo el mar azul.
Como un Sol: pero un Sol pequeñito, un Sol albergado dentro de ella, que la calentaba de dentro hacia fuera. Reconoció una sensación que ya había experimentado otras veces, la sensación de estar mirándolo, a él, y a todos ellos, desde cierta distancia, o desde una gran altura. En otros tiempos, era ella la que se había sentido pequeñita y al abrigo en la vasta morada de Fumo, una habitante protegida, con espacio suficiente para correr sin salir jamás de su cercado. Ahora, la sensación era casi siempre otra: con el correr del tiempo, era él quien parecía haberse convertido en un ratón. Enorme, se estaba volviendo enorme, eso era lo que sentía. Sus contornos se dilataban, tenía la sensación de que acabaría por colindar casi con los muros mismos de Bosquedelinde; tan vasta, tan antigua, tan confortablemente expandida sobre sus cimientos, y tan espaciosa. Y a medida que ella crecía —se dio cuenta de golpe— las personas que amaba se reducían de tamaño tan visiblemente como si se alejaran de ella, dejándola atrás.
—«No me estoy portando mal» —canturreaba Fumo en un falsete débil, soñador —, «guardo para ti todo mi amor.»
Los misterios parecían acumularse en torno de ella. Se levantó pesadamente, diciéndole: No, no, tú quédate, a Fumo, que se le había acercado, y pesadamente subió la escalera, como si llevase delante de ella un huevo enorme y frágil, lo cual era verdad, casi empollado. Pensaba que quizá lo mejor sería pedir consejo, antes de que llegase el invierno, y ya no fuera posible hacerlo.
Pero cuando se sentó en el borde de la cama, oyendo todavía, amortiguados, los acentos agudos de la música allá en la planta baja, que parecían repetir interminablemente tip-top, top-tap, supo que ya sabía qué consejo le darían si fuese a pedirlo: le harían ver una vez más con claridad lo que ella ya sabía, lo que sólo le obscurecía o velaba por momentos la vida diaria, y las esperanzas vanas y las igualmente vanas desesperaciones; que si en verdad se trataba de un Cuento, y ella estaba en él, entonces ningún gesto, nada de cuanto ella o cualquiera de ellos hiciera dejaba de ser parte del Cuento; ni el levantarse para bailar o el sentarse para comer y beber, ni el bendecir o el maldecir, ni la alegría, ni la nostalgia, ni el error; y que si huían del Cuento, o luchaban contra él, sí, también eso era parte del Cuento. Ellos habían elegido a Fumo para ella, y ella entonces lo había elegido a su vez; o ella lo había elegido, y entonces ellos lo habían elegido para ella; de uno u otro modo, siempre era el Cuento; si de alguna manera sutil él se apartara o alejara, y ella ahora lo estuviese perdiendo, poco a poco, de a pequeños pasos sucesivos que sólo de vez en cuando tenía la certeza de haber percibido, la pérdida misma, y la magnitud de esa pérdida, y cada una de las miríadas de gestos, y las miradas, y el rehuir las miradas, y las ausencias, y los enojos, y las reconciliaciones, y los deseos que configuraban la Pérdida, y lo aislaban a él fuera de su alcance, como las capas de laca aislan al pájaro pintado en una bandeja de estilo japonés o como las sucesivas capas de lluvia van sepultando más y más profundamente la hoja caída en el seno del estanque invernal, todo, todo eso era el Cuento. Y si apareciera algún nuevo meandro, una salida acaso de la senda tenebrosa por la que ahora parecían transitar, que se abriera de pronto a vastos prados cuajados de flores, o tan siquiera a encrucijadas con flechas que indicaran, cautamente, las posibilidades de esos campos, todo eso, sí, también eso sería el Cuento; y ellos, aquellos a quienes Llana Alice consideraba sabios, y que, suponía, estaban narrando interminablemente el Cuento y, Comoquiera, al mismo ritmo con que declinaban, día tras día y hora tras hora, las vidas de los Bebeagua y los Barnable... no, a esos narradores no podía culpárseles de nada de lo que se contaba en el Cuento, ya que ellos ni lo urdían ni tampoco, en realidad, lo narraban; ellos tan sólo conocían la continuación y el desenlace, algo que ella no sabría jamás; y con eso tenía que bastarle.
—No —dijo en voz alta—. Yo no lo creo. Ellos tienen poderes. Sólo que a veces nosotros no comprendemos de qué modo nos están protegiendo. Y si tú lo sabes, no lo querrás decir.
—Eso es —pareció responder con tristeza el Abuelo Trucha—. Contradice ahora a tus mayores, piensa que tú sabes más.
Alice se acostó en la cama, sosteniendo a su hijo con los dedos entrelazados; no, pensó, ella no sabía más, pero de todos modos de nada le serviría ese consejo.
—Tendré esperanzas —dijo—. Seré feliz. Hay algo que yo no sé, un regalo que ellos tienen que hacer. Llegará, a su debido tiempo. A último momento. Así acontece en los Cuentos. —Y no quiso escuchar la frase sardónica que, lo sabía, diría el pez en respuesta a sus palabras; sin embargo, cuando Fumo abrió la puerta y entró silbando (su olor, una mezcla de los efluvios del vino que había bebido y el perfume de Sophie que había absorbido), algo, una ola que había estado creciendo dentro de ella se encrestó, y estalló; y se deshizo en llanto.
Las lágrimas de los que nunca lloran, de los serenos, los sensatos, son terribles de ver. Parecía partirse en dos, desgarrarse por la fuerza de los sollozos que ella, oprimiéndose los ojos cerrados, trataba de contener, que intentaba reprimir apretando el puño contra los labios. Fumo, asustado y conmovido, corrió hacia ella como lo haría para rescatar a su hija de las llamas, sin pensar en nada y sin saber muy bien lo que podía hacer. Cuando intentó cogerle la mano, hablarle con dulzura, ella se echó a temblar más violentamente aún, la cruz roja que le marcaba el rostro se afeó todavía más; entonces él la envolvió, sofocó las llamas. Haciendo caso omiso de su resistencia, la cubrió lo mejor que pudo, con la vaga esperanza de que con ternura podría acaso invadirla y poner en fuga, de viva fuerza, su dolor, cualquiera que fuese. No estaba seguro de no ser él la causa, no estaba seguro de si ella se abrazaría a él en busca de consuelo, o si lo despedazaría de rabia, pero de todos modos no tenía otra opción, salvador o sacrificado, nada importaba con tal de que ella dejara de sufrir.
Ella cedió, no de buen grado al principio, y le cogió la camisa a manotazos como si quisiera destrozarle la ropa, y:
—Cuéntame —pedía él—, cuéntame —como si con ello pudiera arreglar las cosas; pero él no podía evitarle ese sufrimiento más de lo que pudo evitar que sudara y llorara a gritos cuando la criatura que llevaba en su seno se abrió paso hacia la luz. Y, de todas maneras, no había forma de que ella le pudiera decir que lo que la hacía llorar era la imagen grabada en su mente del negro estanque del bosque, constelado por el oro de las hojas que caían sin cesar, revoloteando un instante en el aire sobre la superficie del agua antes de posarse, como si cada una escogiera con cuidado el sitio en que se ahogaría y el gran pez maldito allí dentro, demasiado frío para hablar o pensar: ese pez atrapado por el Cuento, lo mismo que ella.