Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 29 de 210

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Pqueño, grande

Posibilidades infinitas

«Alrededor del perímetro interno de este círculo que es nuestro mundo hay numerosos, numerosísimos caminos —los llamaremos puertas— por los que podemos entrar en el círculo siguiente más pequeño, que es el más grande del mundo de ellos. Allí los habitantes pueden tener la apariencia de pájaros-fantasmas o de llamas de vela errantes. Ésta es una de las experiencias más comunes que tenemos de ello, ya que sólo es este primer perímetro el que la mayoría de la gente traspone, si lo traspone. El perímetro siguiente más interior es más pequeño y tiene por lógica menos puertas; por lo tanto es menos probable que alguien pueda trasponerlo por pura casualidad. Allí los habitantes tendrán la apariencia de hadas-niños o Gente Diminuta, una manifestación, por ende, menos frecuentemente observable. Y así sucesivamente, a medida que nos internamos: los vastos círculos interiores en los que ellos alcanzan su verdadera talla son tan diminutos que, literalmente, los estamos pisando siempre, en nuestra vida diaria, sin saberlo, y jamás penetramos en ellos, aunque es posible que en la antigua edad heroica el acceso fuera más fácil, y a este hecho debemos los numerosos relatos de sucesos acontecidos en él. Y para terminar, el círculo más vasto, la infinidad, el punto céntrico: Faery, damas y caballeros, el País de las Hadas, donde los héroes cabalgan a través de paisajes inconmensurables y surcan mar tras mar y donde lo posible es lo infinito... Y bien, ese círculo es tan infinitamente pequeño que no tiene ninguna, absolutamente ninguna puerta.

Se sentó, extenuado.

—Ahora —se puso entre los dientes la pipa apagada—, antes de pasar a exponer ciertas evidencias, ciertas demostraciones, matemáticas y topográficas —palmeó una desordenada pila de papeles y de libros con señaladores entre las páginas—, deben saber ustedes que hay individuos a quienes les está dado el poder penetrar a voluntad, o casi, en los mundos diminutos a que me he referido. Si requieren ustedes testimonios de primera mano de las ponencias generales que acabo de esbozar, mi hija, la señorita Violet Zarzales...

La asamblea se volvió, con un murmullo (para eso habían venido, al fin y al cabo), hacia donde estaba sentada Violet, a la luz de la lámpara con pantalla roja.

La muchacha había desaparecido.

 

Posibilidades infinitas Fue Bebeagua quien la encontró, acurrucada en el rellano de la escalera que subía de los salones de la Sociedad al despacho de un abogado en el piso superior. Ella no se movió cuando lo oyó acercarse, sólo sus ojos se movieron, escrutándolo. Cuando él se disponía a encender la luz de gas por encima de ella, ella le rozó el tobillo: