Pqueño, grande
Una galería susurrante
Jugaron un rato a ese juego y después comentaron la gente que pasaba por la calle. Debido al tinte del cristal, los transeúntes no veían el interior de la caverna sino el reflejo de su propia imagen; y al ignorar que eran observados desde el interior, se detenían a veces a arreglarse la vestimenta o a admirarse. Las críticas de Sylvie sobre el común de la gente eran más mordaces que las suyas: la fascinaban todas las excentricidades y rarezas, pero tenía cánones severos en cuanto a la belleza física, y un aguzado sentido del ridículo.
—Oh, papo, mírame a ése, míramelo bien... Eso es lo que yo llamo un huevo pasado por agua, ¿te das cuenta de lo que quiero decir? —Y él se daba cuenta, sí, y ella se deshacía de la risa, de esa risa suya ronca y melodiosa. Sin saberlo, él adoptaba de por vida los cánones de belleza de ella, podía incluso sentirse atraído hacia los hombres cenceños, morenos, de ojos soñadores y muñecas recias que ella prefería, como León, el camarero de tez café-con-leche que les había servido sus tragos. Fue un alivio para él cuando ella decidió (después de largas reflexiones) que los hijos que tendrían serían hermosos.
El Séptimo Santo se estaba preparando para la hora de la cena. Los camareros ayudantes echaban miradas de reojo a la mesa desaliñada que ellos ocupaban.
—¿Lista? —dijo Auberon.
—Sí que estoy lista —dijo ella—. ¿Nos hacemos un humo en polvorosa? —Una frase de George cargada de nostálgicos dobles sentidos un tanto arcaicos, más reminiscentes de la picaresca que exactamente chuscos. Se enfundaron en sus abrigos.
—¿Tren o a pie? —preguntó él—. Tren.
—Sí, caray —dijo ella.
Una galería susurrante
En la prisa por buscar calor, treparon por error en el expreso que (repleto de viajeros aborregados, que olían a borrego, con destino al Bronx) no paró hasta llegar, a los trompicones, junto con otros veinte trenes que partían en todas direcciones, a la antigua Terminal.
—Oh, espera un segundo —dijo ella cuando estaban por cambiar de tren—. Hay una cosa aquí que quiero mostrarte. Oh, seguro. Tienes que verlo. ¡Ven conmigo!
Bajaron por pasajes y subieron rampas, el mismo laberinto por el que lo guiara Fred Savage la primera vez, aunque si en la misma dirección, él no tenía la más remota idea.
—¿Qué? —preguntó.
—Te va a encantar —dijo ella. Se detuvo en un recodo—. A ver si lo puedo encontrar... ¡Ahí!
Lo que señalaba era un espacio vacío: una intersección bajo una arcada donde confluían en cruz cuatro galerías.
—Ven. —Lo tomó por los hombros y lo empujó hasta un rincón, donde la bóveda acanalada descendía hasta el suelo, formando lo que parecía ser una ranura o un estrecho orificio, pero que no era nada más que la juntura del enladrillado. Le hizo ponerse de cara a esa juntura.— No te muevas de aquí —dijo, y se alejó. Él esperó, obedientemente, de cara a su rincón.
De improviso, sorprendiéndolo profundamente, su voz, inconfundible y sin embargo hueca y fantasmal, sonó ahí, delante de él.
—¡Hola!
—¿Qué... —dijo él—, dónde...?
—Shh —dijo su voz—. No te des vuelta. Habla bajito, susurra.
—¿Qué es? —susurró él.
—No lo sé —dijo ella—. Pero si yo me pongo aquí, en este rincón, y susurro, tú me puedes oír allá. No me preguntes cómo.
¡Extrañísimo! Era como si Sylvie le estuviese hablando desde algún reino escondido en el rincón, a través de la grieta de una puerta inimaginablemente estrecha. ¡Una galería susurrante!: ¿no había en la Arquitectura algunas especulaciones a propósito de galerías susurrantes? Probablemente. Había pocas cosas sobre las cuales no especulaba ese libro.
—Bueno —dijo ella—. Dime un secreto.
Él calló un momento. Había una atmósfera de tan profunda intimidad en ese rincón, en aquel susurro incorpóreo, que tentaba a las confidencias. Se sentía desnudo, o desnudable, aunque no pudiera ver nada: todo lo contrario de un vojeur. Dijo:
—Te quiero.
—Aw —dijo ella, emocionada—. Pero eso no es ningún secreto.
Un calor desconocido, impetuoso, le subió por la médula y le erizó la piel y los cabellos en el momento en que se le ocurrió la idea.