Pqueño, grande
Último dia de August
—No —dijo la señora Flores, y posó una mano sobre el brazo de Violet—. Nosotros no queríamos nada. No era eso. Un alma nueva es siempre una alegría. Será nuestra.
—Quizá todo se vea más claro con el tiempo.
—Estoy segura —dijo la señora Flores—. Es, es parte del Cuento.
Pero súbitamente Violet habia comprendido que no, que no se vería más claro con el tiempo. El Cuento, sí: era parte del Cuento, pero ella, súbitamente, había visto, como ve una persona que está sola en una habitación, trabajando o leyendo, cuando al fin del día levanta súbitamente la vista de la labor que por alguna razón encuentra cada vez más obscura y difícil, que la noche ha caído, y que ésa es la razón; y que por un tiempo siempre obscurece antes de aclarar.
—Por favor —dijo—. Tomemos una taza de té. Encenderemos las luces. No se marchen ustedes todavía.
Acababa de oír afuera —todos podían oírlo— los bufidos y jadeos de un auto que se acercaba a la casa. Al aproximarse a la entrada, los jadeos se espaciaron —su voz inconfundible y rítmica como la de los grillos—, y de pronto, como si cambiara de idea, cambió la velocidad, y otra vez bufando y jadeando, siguió de largo.
¿Cómo es de largo el Cuento? había preguntado ella, y la señora Sotomonte le había respondido que ella y sus hijos y sus nietos estarían todos bajo tierra antes de que se hubiera contado todo el Cuento.
Cogió el cordoncillo de la lámpara, pero por un momento no tiró de él. ¿Qué había hecho? ¿Era ella la culpable de todo esto, por no haber creído que el Cuento pudiera ser tan largo? Sí, era ella. Pero ella cambiaría. Ella remediaría lo que pudiera, si aún había tiempo. Tenía que haber. Tiró al fin del cordoncillo, que hizo noche en las ventanas, y del cuarto, un cuarto.
Último dia de August
La enorme luna que August la había invitado a ver salir ya estaba en el cielo, pero ellos no la habían visto aparecer. La Luna Llena de la Cosecha, había asegurado August de camino, en el coche, y había cantado para Marge una canción que hablaba de luna; pero no era la Luna Llena de la Cosecha, por muy ambarina, gigantesca y rechoncha que fuese; la de la Cosecha sería la del próximo mes, y hoy sólo era el último día de agosto.
La claridad los bañaba. Ahora que podía contemplarla, August estaba demasiado deslumbrado y repleto como para poder hacer cualquier otra cosa, aunque más no fuera consolar a Marge que lloraba en silencio —tal vez, quién sabe, de felicidad— a su lado. No podía hablar. Se preguntaba si acaso volvería a hablar alguna vez, a no ser para invitar, para proponer. Si mantenía la boca cerrada, quizá... Pero sabía que no lo iba a hacer.
Marge alzó una mano iluminada por la luna, y le acarició el bigote que se estaba dejando crecer, riendo en medio de las lágrimas.
—Te sienta tan bien —dijo.
Por debajo de los dedos de ella, él torció la nariz como un conejo. ¿Por qué ellas lo acariciarían siempre tan mal, a contrapelo, una sensación tan desagradable...? ¿No sería mejor que se lo afeitara, para que no pudieran hacerlo? La boca de Marge estaba al rojo vivo, con una aureola de carne enrojecida de tanto besar y llorar. Su piel era tan suave como él lo había imaginado, aunque moteada de unas pecas rosadas que él no había previsto, pero no así los gráciles muslos blancos, desnudos sobre el cuero del asiento. Sus senos pequeños dentro de la blusa desabrochada, coronados por grandes pezones cambiantes, parecían capullos recién florecidos y arrancados del pecho de un efebo. La corta mata de vello era rubia y rígida y pequeña, como un corazón. Oh, Dios, las intimidades que él había visto. Lo conmovía intensamente la extrañeza de la carne liberada. Deberían permanecer ocultas esas vulnerabilidades, esas rarezas y esos órganos suaves como el cuerpo de un caracol, o como sus delicados cuernos; el exponerlos era monstruoso; él deseaba volver a guardar los de ella en las bonitas prendas blancas que ahora colgaban alrededor del auto como guirnaldas, y sin embargo, mientras pensaba todo eso, se sentía crecer otra vez.
—Oh —dijo ella. Probablemente, en la ardorosa premura de la desfloración, con tantas otras cosas en que pensar, ella no había ni siquiera reparado en su turgencia—. ¿Lo haces enseguida, otra vez?
Él no respondió, no tenía nada que ver con él. Tanto da preguntarle a la trucha que forcejea tratando de zafarse del anzuelo si le gustaría continuar con esa actividad o si preferiría abandonarla. Un trato es un trato. Se preguntaba por qué, pese a que ya conoces mejor a una mujer, y ella ha aprendido por lo menos los rudimentos, la segunda vez suele parecer más difícil, más desajustada, más una cuestión de rodillas y codos incordiantes que la primera. Nada de todo esto impidió, cuando al fin se acoplaron, que se enamorase de ella aún más locamente, pero él no había previsto eso. Tan distintas como son, unas de otras, los cuerpos, los pechos, los olores, él nunca había sospechado que fueran así, todas tan únicas, tan ellas mismas, tan inconfundibles como los rostros y las voces. Sabía demasiado. Gimió, de amor y de sabiduría, y se apretó contra ella.
Era tarde ya, y la luna, ahora encogida, se había enfriado y empalidecido al trepar por el cielo. Con qué andar tan triste. Las lágrimas de Marge fluían otra vez, aunque ella no parecía llorar, exactamente: eran como una secreción natural, provocada tal vez por la luna; estaba atareada despojándose de su desnudez, aunque la que le había entregado a él ya nunca más podría recobrarla. Dijo con voz pausada:
—Estoy contenta, August. Que hayamos tenido siquiera esta vez.
—¿Qué quieres decir? —La voz ronca de una bestia, no su voz.— ¿Siquiera esta vez?
Ella se restregó las lágrimas con el dorso de la mano, no veía lo bastante para poder abrocharse las ligas.
—Porque ahora siempre podré acordarme de esto.
—No.
—Recordar esto al menos. —Lanzó su vestido al aire, y con gran agilidad lo hizo posarse sobre su cabeza; giró en redondo, y el vestido descendió sobre ella como un telón, el último acto.— August, no. —Se encogió contra la portezuela, estrujándose las manos y alzando los hombros.— Porque tú no me quieres, y eso es natural. No. Yo sé lo de Sara Piedra. Todo el mundo lo sabe. Es natural.
—¿Quién?
—No te atrevas. —Lo miró a la cara, retadora. Que no fuera a echar a perder el momento con mentiras, con torpes negativas.— Tú la quieres. Ésa es la verdad y tú lo sabes. —Él no dijo nada. En su interior se estaba produciendo una colisión de tal magnitud que no podía hacer otra cosa que presenciarla: el ruido le impedía casi oír a Marge.— Yo nunca lo volveré a hacer con ningún otro, jamás. —Agotada ya su bravura, el labio le había empezado a temblar.— Me iré de aquí, iré a vivir con Jeff, y nunca más querré a ningún otro, y me acordaré de esto para siempre. —Jeff era su bondadoso hermano, un cultivador de rosas. Dio vuelta la cara.— Y ahora puedes llevarme a casa.
Él la llevó a su casa, sin una palabra más.
Estar lleno de clamores es como estar vacío. Vacío, la vio apearse del auto, la vio desmenuzar las sombras de la luna a través del follaje y alejarse, desmenuzada a su vez por ellas, sin volver la cabeza, aunque si lo hubiera hecho él no la habría visto. Vacío, se alejó de las encrucijadas trémulas y umbrías. Vacío, tomó el camino de regreso a casa. No lo sintió como una decisión, lo sintió como un vacío, cuando se desvió del gris y centelleante camino de guijarros, saltó la acequia, subió una barranca y enfiló el Ford (impávido, impasible) hacia el estanque plateado de una pradera sin segar, y más lejos aún, en tanto el vacío lo iba llenado de una resolución que también sabía a vacío.
El auto tartajeó, se había quedado sin gasolina. Lo puso a máximo, lo espoleó, lo incitó a seguir, un poco más, pero el motor estaba muerto. Si hubiera habido al menos un condenado garaje en diez millas a la redonda, habría sido la salvación. Permaneció un rato sentado en el coche cada vez más frío, imaginando su destino sin pensar exactamente en él. Se preguntó (última ventana iluminada por la llama, ya vacilante, del sentido común) si Marge pensaría que lo había hecho por ella. Bueno, tal vez sí, en cierto modo, en cierto modo, habría tenido que llenarse los bolsillos de piedras, de piedras pesadas, y dejarse estar. Borrarlo todo. El ruido ensordecedor de la vacía resolución era como el trueno frío de las cataratas, le parecía oírlas ya, y se preguntó si no oiría ninguna otra cosa en toda la eternidad; esperaba que no.