Pqueño, grande
Capítulo 3
Ella oyó una melodía en el bosque de Elmond. Y deseó haber estado allí.
Buchan , Hynde Etin
Al principio, Halcopéndola no pudo determinar si, mediante las operaciones de su Arte se había arrojado a las entrañas de la tierra, al fondo de los mares, al corazón del fuego o al centro mismo del aire. Eigenblick le diría más tarde que también él, durante su largo sueño, había sufrido a menudo esa misma confusión, y que acaso fuera en los cuatro elementos donde había estado oculto, en los cuatro confines del planeta. La antigua leyenda lo sitúa siempre en la montaña, desde luego, pero Godofredo de Viterbo asegura que no, que en el océano; los sicilianos lo imaginaban escondido en los fuegos del Etna, y Dante lo sitúa en el Paraíso o sus aledaños, aunque también hubiera podido (de haber abrigado sentimientos vengativos) ensartarlo en el Infierno con su nieto.
En una escalera
Desde que asumiera esta misión, Halcopéndola había ido lejos, aunque nunca tan lejos, y poco de lo que había empezado a sospechar acerca de Russell Eigenblick podía ser expresado de una forma comprensible para el Club Bullicio de Bridge, Pesca y Tiro, que casi a diario ahora la importunaba reclamando una decisión respecto del Orador: su poder y su carisma se habían acrecentado enormemente, y pronto les sería imposible desembarazarse de Eigenblick limpiamente, si tuviesen que hacerlo; un poco más, y ya no habría forma de sacarlo del medio. Aumentaban los honorarios de Halcopéndola, y hablaban en términos velados de buscar tal vez otras fuentes de asesoramiento. Halcopéndola hacía caso omiso de todo ello. Lejos de inventarse pretextos para no trabajar, pasaba ahora casi todas sus horas de vigilia y muchas horas de sueño esforzándose por averiguar quién era —o qué— el que pretendía ser Russell Eigenblick, merodeando por las mansiones de su memoria como un espectro errante, persiguiendo más allá de donde jamás se aventurara a llegar huidizos vestigios de indicios, retrocediendo a veces ante potestades que hubiera preferido no despertar de su sueño, sorprendiéndose otras en lugares que nunca había sospechado que existieran.
Pero donde ahora se hallaba era en lo alto de una escalera.
Si había subido o descendido esa escalera, no podría, después, decirlo con certeza: pero era larga. Y al final de ella había una cámara. La ancha puerta tachonada estaba abierta de par en par. Una gran piedra que, a juzgar por su huella en el polvo, la había mantenido cerrada, había sido retirada a la rastra no hacía mucho. Del otro lado, vislumbraba apenas una larga mesa de banquete, copas derramadas y sillas dispersas cubiertas por la escarcha de un polvo antiguo; un olor penetrante emanaba de la cámara, como el de una alcoba en desorden, recién abierta. Pero en el interior no había nadie.