Pqueño, grande
Fiesta de la Vendimia
Fumo bebió un trago y tapó la cantimplora. ¿Sería posible, en verdad, que él tuviese la intención de abdicar de sus responsabilidades, de renunciar a su papel, de hacer algo tan horrendo y tan impropio de él, y tan estéril, por añadidura? Lo que andas buscando está, injustamente, en el fondo de tu propio jardín: una broma siniestra, en su caso. Bueno, qué podía saber él; y no conocía a nadie a quien se lo pudiera preguntar; pero sabía que estaba cansado de luchar.
Y en todo caso, reflexionó, no será la primera vez que esto ocurra en el mundo.
Fiesta de la Vendimia
El día en que las presas de caza, ya manidas, eran servidas en la mesa de la cena, constituía, cada año, todo un acontecimiento. A lo largo de toda la semana no cesaba de venir gente a la finca, gente que se reunía con la tía abuela Nube a puerta cerrada para pagar el arrendamiento o para explicar por qué no podía hacerlo. (Fumo, que no tenía la más remota idea de lo que eran los bienes raíces y sus valores, no se extrañaba de la inmensa extensión de la propiedad de los Bebeagua, ni tampoco de la forma curiosa en que la administraban, si bien aquella ceremonia que se repetía todos los años se le antojaba por cierto muy feudal). Muchos traían, por añadidura, algún tributo: un galón de sidra, una cesta de manzanas silvestres, o tomates envueltos en papel púrpura.
Los Torrentes, así como Hannah y Sonny Mediodía, los más ampulosos (en todo sentido) de sus arrendatarios, se quedaban a cenar. Rudy había llevado un pato de su propio corral para completar el festín, y habían tendido sobre la mesa el mantel de encaje que olía a alhucema. Nube abrió el bruñido estuche de la vajilla de plata que le regalaron para su boda (nadie habría pensado jamás en regalársela a ninguna otra novia Bebeagua, los Nube habían sido muy escrupulosos con esas cosas) y los altos candelabros se reflejaban en ella y en las facetas de las copas de cristal tallado, disminuidas ese año por una rotura insignificante e irreparable.
Sirvieron abundantes cantidades de un vino soporífero y azuloso que Walter Océano preparaba cada año y decantaba al siguiente, su tributo; con él, se hicieron brindis por encima de los relucientes cadáveres de las aves y los fuentones repletos de hortalizas otoñales. Rudy se puso de pie, con el vientre avanzando un poco más alla del borde de la mesa, y recitó:
Bendigamos al señor de esta morada
y también a la señora
y a todos los pequeños