Pqueño, grande
Un velorio
A la luz de una luna llena enorme como a punto de estallar, Sylvie se encaminaba hacia la casa que había divisado, y cuanto más se aproximaba a ella, más lejos parecía estar. Había que saltar una cerca de piedra, y un bosque de hayas que atravesar; había, finalmente, un arroyo que cruzar, o un río enorme, caudaloso y espumado de oro a la luz de la luna. Luego de reflexionar largamente en sus orillas, Sylvie se construyó una barca de corteza de árbol, con una hoja ancha por vela, telarañas por cordajes y una cápsula de bellota para achicar el agua y (aunque en un tris de zozobrar en la boca de un lago obscuro, a la altura en que el río se derramaba bajo tierra) llegó a salvo a la otra orilla; la casa de piedra, inmensa como una catedral, la vigilaba desde su altura, los obscuros aleros apuntando hacia ella, los encolumnados porches de piedra intentando ahuyentarla. ¡Y Auberon siempre dijo que era una casa acogedora!
Justo en el momento en que pensaba que nunca llegaría, y que si llegaba, llegaría tan atomizada que se colaría por entre los resquicios de las lajas del pavimento, se detuvo y prestó oídos. En medio del zumbido de los abejorros y el chillido de los chotacabras, una música triste llegaba desde algún lugar, una música triste y a la vez Comoquiera desbordante de alegría; una música que atraía a Sylvie, la llamaba, y Sylvie la siguió.
Y crecía esa música, no porque sonara más fuerte sino más plena; vio las antorchas de una procesión formar un círculo alrededor de ella en la intrincada obscuridad de la maleza, o vio en todo caso a las luciérnagas y las flores nocturnas como en una procesión, una procesión de la cual ella formaba parte. Intrigada, rebosante el corazón de música, se aproximó al lugar hacia el cual avanzaban las luces; pasó a través de portales donde muchos alzaban la cabeza para verla entrar. Posó los pies en las dormidas flores de un sendero, un sendero que conducía a un claro donde había más personas reunidas, y más iban llegando; donde, bajo un árbol florecido, estaba la mesa vestida de blanco, y muchos sitios dispuestos alrededor, y uno en el centro para ella. Sólo que no se trataba de un banquete, como ella había pensado, o no sólo de un banquete: era un velorio.
Tímida, entristecida por los dolientes de quienquiera que fuese aquel cuya muerte lloraban, permaneció largo rato callada e inmóvil, observando la escena, con su regalo para Auberon fuertemente apretado bajo el brazo, escuchando los tonos graves de las voces. De pronto, uno de ellos se dio vuelta en la cabecera de la mesa, y su negro sombrero dio un salto y sus dientes resplandecieron blanquísimos en una sonrisa. Más contenta de volver a verlo de lo que jamás hubiera imaginado, Sylvie se abrió paso hacia él a través de la multitud, en tanto muchos ojos se volvían a mirarla, y con un nudo de lágrimas en la garganta, lo abrazó y lo besó.
—Hola —dijo—. Hoooola.
—Hola —dijo George—. Ahora todo el mundo está aquí.
Reteniéndolo a su lado, ella miró el gentío congregado alrededor de la mesa, docenas y docenas, sonriendo o llorando o vaciando copas, algunos coronados, algunos peludos o plumíferos (una cigüeña o alguien que se parecía a una cigüeña hundía el pico en una copa alta, espiando con recelo a un zorro que sonreía a su lado), pero, Comoquiera, sitio para todos.
—¿Quién es toda esta gente? —preguntó.
—Familia —respondió George.
—¿Quién se ha muerto? —murmuró Sylvie.
—Su padre —dijo George, y le señaló a un hombre que estaba sentado, echado hacía atrás, con un pañuelo sobre la cara y una hoja pegada a sus cabellos. El hombre volvió la cabeza, y suspiró hondamente; las tres mujeres que estaban con él, y que miraban sonrientes a Sylvie, como si la conocieran, le hicieron volverse un poco más, para que la viera de frente.
—Auberon —dijo Sylvie.
Todo el mundo observaba el encuentro entre esos dos. Sylvie no podía hablar, y las lágrimas de su dolor bañaban aún el rostro de Auberon, y además, nada había que pudiera decirle a ella, así que tan sólo se tomaron de las manos. Aaaaah, dijeron a coro los invitados. La música se alteró; Sylvie sonrió y ellos aclamaron su sonrisa. Alguien la coronó con una diadema de flores blancas y fragantes, y también a Auberon, con guirnaldas de acacia blanca, de la acacia blanca que presidía la mesa del banquete. Se alzaron las copas, se vocearon los brindis: hubo risas. La música desgranaba su melodía. Con su mano morena, la mano del anillo, Sylvie enjugó las lágrimas que bañaban el rostro de su príncipe.
La luna surcaba el cielo rumbo a la mañana; el banquete se transformó de velorio en boda, y en una fiesta alegre y tumultuosa: la gente se levantaba para bailar, y volvía a sentarse para comer y beber.
—Yo sabía que estarías aquí —dijo Sylvie—. Yo lo sabía.