Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 40 de 210

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Pqueño, grande

Siempre sigilosa

—¿Ahora?

—Ven aquí.

Ella se echó a reír, y fue y se arrodilló junto a él sobre los cojines, su carne ahora enfriada por el baño de luna mas no por ello menos su carne, su carne verdadera.

 

Siempre sigilosa

Sophie los vio acoplarse. Adivinaba, con vivida certeza, qué emociones (las que Fumo le hacía sentir) se sucedían en su hermana, aunque no eran, por lo que ella sabía, las que Llana Alice había sentido antes. Veía claramente qué era lo que hacía que los ojos castaños de Alice se opacaran de pronto, abstraídos, o le brillasen, súbitamente llenos de luz. Era como si Alice estuviera hecha de cristal, de un cristal que siempre había sido opaco en ciertas partes, pero que ahora, expuesto a la radiante luz de la lámpara de amor de Fumo, se hubiera vuelto por entero transparente, para que ni un solo recoveco de Alice quedara oculto a los ojos de Sophie mientras los observaba. Los oía hablar —sólo algunas palabras, sugerencias, triunfos—, y cada palabra vibraba como una campana de cristal. Respiraba a la par de su hermana, y cuanto más se agitaba esa respiración, a una luz más viva aún podía ella ver a Alice. Extraña forma de poseerla, y Sophie no sabía con certeza qué era ese calor que le robaba el aliento, si dolor, osadía, vergüenza, qué. Pero sabía que nada en el mundo podría hacerle apartar la mirada; y que aunque la apartase, seguiría viendo, con la misma terrible claridad. Sin embargo, durante todo ese tiempo Sophie dormía.

Era esa forma de dormir (ella las conocía todas, pero no tenía nombre para ninguna) en la que los párpados parecen haberse vuelto transparentes, y uno ve a través de ellos la misma escena que veía antes de cerrarlos. La misma escena, pero no la misma. Antes de que se le cerraran los ojos, Sophie había sabido, o en todo caso intuido, que había otros allí, y que como ella habían venido para espiar aquella unión. Ahora, en su sueño, esos otros eran perfectamente concretos; se asomaban por encima de sus hombros y su cabeza, se arrastraban con cautela sigilosos, para aproximarse al cenador. Alzaban a criaturas diminutas sobre el follaje de los mirtos para asistir a aquel prodigio. Flotaban en el aire o sobre alas jadeantes, alas que jadeaban con la misma exaltación de la escena que contemplaban. Sus cuchicheos no la importunaban, ya que su interés, tan intenso como el de ella, sólo en eso se parecía al de Sophie; en tanto ella arrostraba abismos insondables, sin saber si no sucumbiría ahogada en las encontradas mareas del asombro, la pasión, la vergüenza, el sofocante amor, sabía que ellos, los otros, estaban apremiando a aquella pareja —no, incitándola— con un único fin, y ese fin era Procrear.

Un estúpido abejorro pasó zumbando junto a su oído, y Sophie se despertó.