Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 171 de 210

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Pqueño, grande

Tres Lilas

—De vuelta en Granciudad, ¿huh? —dijo George—. ¿Estabas pensando...?

—¿Puedo volver? —dijo Auberon—. Lo siento.

—Hey, no. Genial. Mucho que hacer justo ahora. El Dormitorio Plegable está vacío... ¿Por cuánto tiempo pensabas...?

—Oh, no lo sé —dijo Auberon—. De ahora en adelante, supongo. Para siempre.

Una pelota arrojada al viento, eso era él, ahora lo veía muy claro, arrojada primero desde Bosquedelinde y que, saltando a gran altura, había ido brinco tras brinco a parar a la Ciudad, y rebotado entonces dentro de aquel laberinto, las paredes y los objetos con los que chocaba determinaban su camino, hasta que (no por propia elección) había sido lanzado de vuelta hacia Bosquedelinde, para allí rebotar otra vez, los ángulos de incidencia igualando los ángulos de reflexión, y de allí nuevamente a estas calles, a esta Alquería. Y hasta la más tensa de las pelotas tendría que acabar por detenerse, que saltar más bajo, luego más bajo aún, y al fin rodar simplemente, separando las hierbas; y entonces, sostenida incluso por las hierbas, rodar más lentamente, y con un pequeño balanceo detenerse al fin.

 

Tres Lilas

George pareció darse cuenta en ese momento de que estaba allí, a puertas abiertas, y, asomando la cabeza para echar una mirada rápida a la horrenda calle a ver qué podía estar por suceder, atrajo a Auberon hacia el interior y cerró la puerta tras de ellos, como lo hiciera ya otra vez cierta noche de invierno en otro mundo.

—Hay algunas cartas y cosas para ti —dijo, mientras guiaba a Auberon por el pasillo y escaleras abajo hacia la cocina, y luego dijo algo más, algo acerca de cabras y tomates. Pero Auberon no oyó nada más porque un rugido de su sangre lo ensordeció y el pavoroso pensamiento de un regalo llenó por completo su cabeza: un rugido y un pensamiento que persistieron mientras George buscaba al azar entre sus tesoros de la cocina las cartas, interrumpiendo la búsqueda para hacer preguntas y observaciones. Sólo cuando advirtió que Auberon no oía ni respondía se empeñó, y sacó a relucir dos sobres largos, que habían sido depositados en una tostadora junto con algunas cartas viejas reclamando pagos y menús-souvenir.

Una sola mirada le reveló a Auberon que ninguno de las dos era de Sylvie. Los dedos le temblaron, aunque ya sin razón, cuando las abrió. Petty, Smilodon & Ruth se complacían en informarle que el asunto del legado del doctor Bebeagua había quedado por fin solucionado. Incluían un estado de cuentas según el cual, menos los adelantos y las costas, su saldo a favor era de $ 34,17. Si tuviera la bondad de ir y firmar algunos documentos recibiría esta suma íntegramente. El otro sobre, de grueso papel telado con un logotipo lujoso, contenía una carta de los productores de «Un Mundo en Otraparte». Habían leído con mucha atención sus guiones. Las ideas para la historia eran maravillosas y vividas, pero el diálogo era aún un tanto inconvincente. No obstante, si quisiera revisar esos guiones, o intentar algún otro, creían que pronto podría haber un sitio para él, un puesto entre los jóvenes escritores de la televisión; esperaban tener sus noticias, o en todo caso era lo que esperaban el año pasado. Auberon se echó a reír. Al fin tendría, tal vez, un trabajo; tal vez continuara con la interminable crónica del Doctor Bebeagua sobre el Prado Verde y el Bosque Agreste, aunque no de la misma forma en que lo haría el doctor.

—¿Buenas noticias? —dijo George, preparando café.

—¿Sabes una cosa? —dijo Auberon—. Últimamente están pasando en el mundo cosas muy extrañas. Extrañísimas.

—Cuéntame, a ver —dijo George, queriendo decir lo contrario.

Auberon comprobaba que ahora, al salir de su larga borrachera, empezaba a percatarse de ciertas cosas con las que el resto del mundo estaba habituado a convivir. Como si fueras de pronto a volverte a tu amigo y anunciarle que hoy el cielo está azul, o mostrarle que los árboles añosos a lo largo de la acera están cubiertos de hojas.

—¿Siempre hubo árboles grandes en esta calle? —le preguntó a George.

—Eso no es lo peor —dijo George—. Las raíces me están rompiendo los cimientos. La Administración de Parques no te hace caso. —Puso el café delante de Auberon—. ¿Leche? ¿Azúcar?

—Negro.

—Rarísimo y rarisimísimo —dijo George, mientras revolvía el café con una cucharilla-souvenir, aunque no había echado nada en él—. A veces pienso que haré volar esta villa. Volver a la pirotecnia. Va a ser una ganga ahora la pirotecnia, apuesto, con todas las celebraciones.

—¿Hum?

—Eigenblick y toda esa historia. Desfiles, espectáculos. Está metido con alma y vida en todo eso. Y en los fuegos de artificio.

—Oh. —Desde su noche y su mañana con Bruno, Auberon había optado por no pensar ni hacer preguntas acerca de Russell Eigenblick. Qué extraño era el amor: podía colorear paisajes enteros del mundo, que después conservaban para siempre los colores del amor, así fueran alegres o sombríos. Pensó en la música latina, en camisetas-souvenir, en ciertas calles y lugares de la ciudad, en el ruiseñor.— ¿Tú estuviste en el negocio de la pirotecnia?

—Seguro. ¿No lo sabías? Caray. El más grande. Salía en los periódicos, hombre. Era divertidísimo.

—Nunca lo mencionaron en casa —dijo Auberon, sintiendo la exclusión familiar —. No a mí.

—¿No? —George lo miró de una manera extraña.— Bueno, todo eso tuvo un súbito final. Más o menos en la época en que tú naciste.

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo?

—Circunstancias, hombre, circunstancias. —Miraba absorto su café, una melancolía extraña en George. De pronto, como si hubiese tomado una decisión, dijo: — Tú sabes que tenías una hermana, llamada Lila.

—¿Hermana? —Ésta era una idea nueva.— ¿Hermana?

—Bueno, sí, hermana.

—No. Sophie tuvo una hija, llamada Lila, que desapareció. Yo tenía una amiga imaginaria, y se llamaba Lila. Pero una hermana, no. —Reflexionó un momento—. Sin embargo, yo siempre tuve la sensación de que había tres. No sé por qué.

—La que tuvo Sophie, de ella estoy hablando. Yo siempre pensé que lo que pasó allá... Bueno, no tiene importancia.

Pero Auberon ya estaba harto de misterios.

—No, uh-uh, espera un momento. Nada de «no tiene importancia». —George alzó la vista, sorprendido y culpable ante el tono de Auberon.— Si hay una historia, quiero oírla.

—Es una larga historia.

—Tanto mejor.

George reflexionó. Se levantó, se puso su viejo cárdigan y se volvió a sentar.

—De acuerdo. Tú lo has querido. —Pensó durante un rato cómo empezar. Décadas y décadas de drogas raras habían hecho de él un narrador de historias vivido pero no siempre coherente.— Fuegos artificiales. ¿Tres Lilas, dijiste?

—Una era imaginaria.

—Mierda. Yo me pregunto de dónde salen las otras dos. En todo caso, hay una en esta historia que era falsa: como una nariz postiza. Quiero decir, exactamente igual. Ésa es la historia de los fuegos artificiales: ésa misma.

»Mira, hace mucho tiempo, un día, Sophie y yo... Bueno, era un día de invierno, y yo había ido allá, a Bosquedelinde, y ella y yo... Pero yo nunca pensé que pudiera resultar nada de eso, ¿te das cuenta? Una especie de locura, hombre. Quiero decir que el atrapado fui yo. Mientras tanto, me di cuenta de que había algo entre ella y Fumo. —Miró a Auberon.— Cosa sabida, ¿acertado?

—Equivocado.

—Tú no... Ellos no...

—Ellos nunca me dijeron nada. Yo sabía que había habido un bebé, Lila, de Sophie. Y que luego desapareció. Eso es todo lo que yo supe.

—Bueno, escucha. Hasta donde yo sé, Fumo todavía cree que él es el padre de Lila. Así que, ya sabes, punto en boca es decididamente la palabra clave en esta historia. ¿Qué pasa?

Auberon se estaba riendo.

—No, nada —dijo—. Sí, seguro, punto en boca.

—Como sea. Hace..., ¿cuánto?..., veinticinco años tal vez. Yo andaba enloquecido con la pirotecnia, a causa de la Teoría de los Actos. ¿Recuerdas la Teoría de los Actos? ¿No? Caray, las cosas no duran mucho en ese campo en los tiempos que corren, ¿no? La Teoría de los Actos dice... Dios, no sé si yo mismo recuerdo cómo era la cosa, pero era la idea de cómo funciona la vida..., que la vida es actos, y no pensamientos ni cosas: un acto es un pensamiento y una cosa a la vez, sólo que tiene tal y tal forma, ¿te das cuenta?, y por tanto puede ser analizado. Cualquier acto, de cualquier especie, levantar una taza, o una vida entera, o la evolución misma, todos los actos tienen una misma forma; dos actos juntos son otro acto con la misma forma; la vida toda no es sino un gran acto formado por un millón de actos más pequeños..., ¿me sigues?

—No del todo.

—No importa. Ésa fue en todo caso la razón por la cual me metí en ese asunto de los fuegos artificiales, porque un cohete es la misma cosa: ignición, combustión, explosión, extinción. Sólo que algunas veces ese cohete, ese acto, pone en marcha una nueva ignición, combustión, explosión y así sucesivamente, ¿captas la idea? Y de ese modo puedes montar un espectáculo que tiene la misma forma de la vida. Actos, actos, todo actos. Casquillos: dentro de un casquillo puedes apilar un ramillete de otros, que hacen explosión después del grande, empaquetados como están en él como un polluelo dentro de un huevo, y dentro de ese polluelo hay más huevos con más polluelos, y así sucesivamente hasta el infinito. Tracas: una traca tiene la misma forma que la sensación de estar vivo: un ramillete de pequeñas explosiones y combustiones que se producen todas a la vez, se extinguen, se encienden, se extinguen, todo eso al mismo tiempo forma un cuadro, como la imaginación crea cuadros en el aire.

—¿Qué es una traca?

—Una traca, hombre. Fuegos chinos. Tú sabes, la que forma un cuadro de dos buques de guerra ametrallándose mutuamente, y se transforma en la Old Glory.

—Oh, sí.

—Eso es. Lanzamientos, los llamamos. Igual que el pensamiento. Pocas personas lo entendieron, además. Algunos críticos. —Calló durante un rato, recordando vividamente la balsa fluvial en la que había montado «El Acto en Cadena» y otros espectáculos. La obscuridad, el chapoteo del agua viscosa; el olor a yesca. Y después el cielo, repleto de fuego, que es como la vida, que es luz que se enciende y se consume y se extingue y por un instante traza una figura en el aire que no puede ser olvidada pero que, en un sentido, nunca ha estado allí. Y él corriendo de un lado a otro como un loco, gritando a sus ayudantes, disparando casquillos desde el mortero, el pelo chamuscado, la garganta ardiéndole, la chaqueta comida por las polillas de las chispas, mientras allá arriba cobraban forma sus pensamientos.

—Lila —dijo Auberon.

—¿Mm? Ah, sí. Bueno... Yo había estado trabajando durante semanas y semanas en la preparación de un nuevo espectáculo. Tenía algunas ideas nuevas a propósito de guarniciones, y era... Bueno, era mi vida, hombre, noche y día, mi vida entera. Entonces una noche...

—¿Guarniciones?

—Las guarniciones son la parte del cohete que explota al final, como una flor. Mira, tienes el cohete, y aquí está tu caja con el compuesto que lo enciende y lo hace volar, y aquí arriba tienes tu..., ¿cómo se llama?, tu cápsula, y allí es donde va la guarnición..., estrellas, estrellas comprimidas, estrellas infladas...

—De acuerdo. Continúa.

—Bueno, yo estoy arriba, en el tercer piso, en el taller que me había montado allí..., en el piso más alto, por si algo volaba, ¿te das cuenta?, que no fuera a volar todo el edificio..., y es tarde, y oigo el timbre que suena. Todavía funcionaban los timbres en ese entonces. Así que dejo la caja y las cosas..., no puedes salir tan campante de una habitación repleta de fuegos artificiales, ¿sabes?... Y el timbre que suena sin parar, y yo bajo, quién será el pesado que se ha prendido del timbre. Era Sophie.

»Era una noche fría, llovía, recuerdo, y ella venía envuelta en un pañolón, y la cara oculta en el pañolón. Como muerta parecía, como si no hubiese dormido días y días. Los ojos grandes como platos, y lágrimas, o quizá la lluvia en su cara. Y traía un bulto en los brazos, envuelto en otro pañolón, y yo le dije: Que pasa ¿qué?, y ella me dijo: "Te he traído a Lila", y desenvolvió del pañolón esa cosa que traía.

George se estremeció hasta los huesos, un estremecimiento que parecía nacer en sus ijares y trepar hacia arriba hasta volar por encima de su cabeza erizándole los cabellos, el escalofrío del que siente, dicen, que alguien camina sobre su sepultura.

—Recuerda, hombre, que yo nunca supe nada de todo esto. Yo no sabía que era un papaito. No había tenido noticias de allá en todo un año. Y súbitamente ahí está Sophie, de pie en el portal como una alucinación diciendo: aquí tienes a tu hija, hombre, y mostrándome a ese bebé, si eso es lo que era.

»Hombre, ese bebé estaba malucho.

»Parecía viejo. Supongo que debía de tener unos dos años en ese entonces, pero parecía tener unos cuarenta y cinco, calvo y arrugado, con esa carucha astuta de granuja con problemas. —George se echó a reír, una risa extraña.— Y se suponía que era una niña, recuérdalo. Dios, el susto que me llevé. Y allí estábamos de pie, y el crío saca su mano, así, con la palma abierta hacia arriba, y ataja la lluvia, y se echa el pañolón sobre la cabeza. ¿Qué? ¿Qué podía decir yo? El crío se había hecho entender. Los hice pasar.

»Entramos aquí. Ella puso al crío en esa silla alta. Yo no lo podía mirar, pero era como si no pudiera mirar para ningún otro lado. Y Sophie, que cuenta la historia: ella y yo, esa tarde, por extraño que pueda parecer, ella había calculado las fechas blablablabla. Lila era mi hija. Pero..., oye bien esto..., no ésta. Ella se había dado cuenta. A la verdadera la habían cambiado una noche, se la habían cambiado por ésta. Ésta no es real. No es la Lila verdadera, ni siquiera un bebé de verdad. Yo estoy alelado. Voy y vengo de un lado a otro tambaleándome y diciendo: ¡Qué! ¡Qué!, y todo el tiempo —empezó a reírse de nuevo, sin poder contenerse— ese crío está sentado allí en esa actitud... no puedo describirla... y esa mueca de burla en su cara como si... ya lo sé, ya lo sé, he oído este disparate un millón de veces... como si estuviera aburrido y lo único que yo podía pensar era que necesitaba un cigarro en la boca para completar el cuadro.

»Sophie estaba como enloquecida. Temblando. Tratando de contarme toda la historia al mismo tiempo. De pronto se interrumpió, no podía seguir. Parece que la criatura estaba bien al principio, ella nunca notó la diferencia; ni siquiera podía decir qué noche había sucedido, porque parecía tan normal... Y hermosa. Sólo que tranquila. Demasiado tranquila. Como pasiva. Y entonces..., unos pocos meses antes... empezó a cambiar. Muy lentamente. Luego más rápido. Empezó a marchitarse. Pero no estaba enferma. El doctor la examinó al principio, todo bien, buen apetito, sonriente... pero envejeciendo. Oh, Dios. Yo le echo una manta sobre los hombros y me pongo a preparar el té y le digo: ¡Serénate! ¡Serénate! ¡Serénate! Y ella me está contando cómo se dio cuenta de lo que había sucedido... y yo todavía sin convencerme, hombre, pensando que ese crío debía ver a un especialista... y cómo ella había empezado a ocultarlo de todo el mundo, y ellos a preguntar, a ver, que cómo está Lila, y cómo es que nunca la vemos ya. —Otro acceso de risa incontrolada. George estaba de pie ahora, representando las partes de la historia, especialmente su propio desconcierto, y de pronto se volvió, los ojos abiertos de espanto, hacia la silla alta vacía.— Entonces miramos. La criatura había desaparecido.

»No estaba en la silla. No estaba en el suelo.

»La puerta está abierta. Sophie está aterrorizada, deja escapar un gritito: ¡Ah!, y me mira. ¿Ves?, yo era su papi. Yo tenía que hacer algo. Era para eso que ella había venido. ¡Dios! El solo pensar en esa criatura suelta correteando por mi casa me daba escalofríos. Salí al pasillo. Nadie. Entonces la vi trepando por la escalera. Peldaño por peldaño. Parecía..., ¿cuál es la palabra...?, deliberada: como si supiera adonde iba. Así que dije: "Eh, espera un segundo, tío...", no podía pensar en eso como una niña..., y la cogí del brazo. Tenía un tacto extraño, frío y seco, como coriáceo. Me miró con esa expresión de odio... (¿quién carajo eres tú...), y me empujó hacia atrás, y yo tiré hacia delante y... —George se sentó otra vez, abrumado.— La rompí. Le hice un agujero a esa cosa maldita. Rrrrrip. Un agujero cerca del hombro. Y podías mirar a través de él, como si fuera una muñeca... vacía. Lo solté de prisa. No parecía que le doliera, no, sólo dejaba colgar el brazo, como diciendo, caray, ahora está hecho mierda, y seguía trepando; y el pañolón se le estaba cayendo, y yo pude ver que había otras roturas y grietas aquí y allí..., en las rodillas, ¿sabes?, y en los tobillos. La criatura se estaba desarmando.

»De acuerdo. De acuerdo. ¿Qué podía yo pensar entonces? Volví aquí. Sophie estaba como loca, con esos ojos inmensos. "Tienes razón", le dije. "No es Lila. Y tampoco es mía".

»Sophie se vino abajo. Como si se disolviera. Ésa era la última gota. Se deshacía, hombre, la cosa más triste que he visto en mi vida... "Tienes que ayudarme, tienes que hacerlo...", ¿sabes? De acuerdo. De acuerdo. Te ayudaré, pero ¿qué demonios se supone que tengo que hacer? Ella no lo sabía. Era cosa mía. "¿Dónde está?", me preguntó Sophie. "Se fue arriba", dije. "A lo mejor tiene frío. Hay un fuego allá arriba". Y ella me miró súbitamente con esos ojos..., horrorizada, pero demasiado cansada para hacer algo o hasta sentir nada... No lo puedo describir. Me agarró la mano y dijo: "No dejes que se acerque al fuego, por favor, ¡por favor!".

»"Vamos, ¿de qué estás hablando?", le dije. "Mira, tú te quedas aquí sentada y entras en calor, y yo iré a ver". Qué demonios iba a ir a ver, no lo sabía. Cogí el bate de béisbol, más vale estar preparado, ¿sabes?, y salí, y ella seguía implorándome: "No dejes que se acerque al fuego".

George reprodujo en mímica la subida sigilosa por la escalera y la entrada en el estudio del segundo piso.

—Entro, y allí estaba. Al lado del fuego. Sentada en el cómo se llama, en el hogar. Y no puedo creer a mis ojos: porque está allí sentada y va y mete la mano en el fuego..., ¡sí!, mete la mano en el fuego y coge las brasas incandescentes, las coge, sí, y, pop, se las mete en la boca.

Se acercó a Auberon, aquello no sería creíble si él no agarraba la muñeca de Auberon para refrendar su veracidad.

—Y las mastica, crunch, crunch. —George hizo el gesto como si comiera una nuez.— Crunch. Crunch. Y me sonríe..., me sonríe. Podías ver las brasas relucientes dentro de su cabeza. Como en una de esas linternas de calabaza. Y se apagaban, y entonces cogía otra. Y caray, si iba como cobrando vida después de eso. Espabilada, ¿te das cuenta?; un pequeño reconstituyente; se pone a saltar, ejecuta un bailecito. Desnuda ahora, por añadidura. Como un pequeño querube maligno de yeso, y roto. Juro por Dios que nada me ha asustado nunca en mi vida tanto como eso. Estaba tan asustado que ni pensar podía, a duras penas me movía. ¿Te das cuenta? Demasiado asustado para estar asustado.

»Fui hasta el fuego. Tomé la pala. Recogí un montón de brasas de lo más profundo del fuego. Se las mostré: mmm, mmm, qué rico. Sigúeme, sigúeme. Bravo, quiere jugar a este juego, castañas calientes, castañas muy calentitas, ven, vamos, salimos y subimos la escalera, y quiere echar mano a la pala; uh-uh, no, no, yo sigo, sigo guiándola.

»Y ahora escucha, hombre. No sé si yo estaba loco o qué. Todo lo que sabía era que esa criatura era maligna. No maligna maligna, quiero decir, porque no creo que fuera nada, quiero decir que era un muñeco o un títere o una máquina, pero que se movía, por sí mismo, como esas cosas pavorosas de los sueños que sabes que no están vivas, montones de trapos viejos o montículos de grasa que, de repente, se yerguen y empiezan a amenazarte, ¿te das cuenta? Muerto, pero móvil. Animado. Pero maléfico, una criatura terriblemente maléfica para tenerla en el mundo. Todo cuanto yo podía pensar era: líbrate de ella. Lila o no Lila. Da igual. Lí-bra-te-de-ella.

»Y de todos modos ella me sigue. Y arriba, en el tercer piso, del otro lado de la biblioteca está, ya sabes, mi estudio. ¿Sí? ¿Ves la cosa? La puerta está cerrada, por supuesto; yo la había cerrado cuando bajé, siempre lo hacía; nunca se es cuidadoso por demás. Yo trato de abrirla, y la cosa me está mirando con esos ojos que no eran ojos, y, oh, mierda, en cualquier momento se va a dar cuenta de la trampa. Empujo la pala bajo su nariz. La condenada puerta no se abre, no quiere abrirse, y al fin se abre... y...

Con un potente ademán imaginario, George empujó la pala llena de carbones al rojo vivo al estudio repleto de fuegos artificiales cargados. Auberon contuvo el aliento.

—Y luego a la criatura...

Con una rápida, cautelosa patada, con el costado del pie, George empujó también al interior del estudio a la falsa Lila.

—¡Y ahora la puerta! —Cerró la puerta de un golpe, mirando a Auberon con el mismo terror loco y la misma prisa que debió de reflejarse en sus ojos esa noche.— ¡Listo! ¡Listo! Volé escaleras abajo. «¡Sophie! ¡Sophie! ¡Corre!» Ella está aún sentada en la silla..., allí mismo paralizada. Así que la levanto..., no la llevo, la saco a empujones porque ya puedo oír allá arriba los ruidos..., la saco a empujones al corredor. ¡Bang! ¡Buuum! Salimos por la puerta de calle.

»Y allí nos quedamos bajo la lluvia, hombre, mirando para arriba. O yo al menos miraba para arriba, ella sólo como queriendo esconder la cabeza. Y ahí por las ventanas de mi estudio vuela todo mi espectáculo. Estrellas. Cohetes. Magnesio, fósforo, azufre. Luz para muchos días. Ruido. La cosa cae todo alrededor de nosotros, sisea en los charcos. De pronto, ¡baaaang! Una gran reserva secreta estalla y abre un agujero en el techo. Humo y estrellas, diantre, iluminamos todo el vecindario. Pero la lluvia arrecia y pronto, prontísimo todo se ha apagado, en el momento mismo en que llegan los polis y los coches-bomba.

»Bueno, yo tenía el estudio más que bien reforzado, ¿sabes?, puerta de acero y amianto y todo lo demás, así que el edificio no voló. Pero, por Dios, si algo quedó de la criatura aquélla, o lo que fuera...

—¿Y Sophie? —dijo Auberon.

—Sophie —dijo George—. Le dije: «Oye, está todo arreglado».

»"¿Qué?", dice ella. "¿Qué?"

»"Que está todo arreglado. Que la he volado. No queda ni rastro". Y oye bien esto: ¿sabes lo que hizo ella?

Auberon no pudo adivinarlo.

—Me miró... y hombre, no creo que haya visto esa noche nada tan terrible como su cara en ese momento... y dijo: «La mataste».

»Eso fue lo que dijo: "Tú la mataste". Sólo eso.

George se sentó, extenuado, deshecho, a la mesa de la cocina.

—La mataste —dijo—. Eso era lo que Sophie pensaba, que yo había matado a su única hija. Tal vez es lo que todavía piensa. No lo sé. Que el viejo George mató a su hija única, que también era de él. Que la hizo volar, en estrellas y franjas por siempre jamás. —Bajó los ojos—. No quiero que nadie me mire de la forma en que ella me miró esa noche, no, nunca, nunca más.

—Qué historia —dijo Auberon cuando al fin pudo recobrar su voz.

—Porque, ¿ves? —dijo George—. Si era Lila, pero por alguna razón misteriosa transformada...

—Pero ella sabía —dijo Auberon—. Ella sabía que no era realmente Lila.

—¿Lo sabía? —dijo George—. ¿Quién sabe qué demonios sabía ella? —Se hizo un silencio siniestro.— Mujeres. ¿Qué puedes saber de ellas?

—Pero —dijo Auberon—, lo que yo no comprendo es, en primer término, por qué ellos le llevarían esa cosa, si se veía tan a las claras que era falsa, quiero decir.

George le clavó una mirada suspicaz.

—¿Qué «ellos» son ésos? —preguntó.

Auberon hurtó su mirada de los ojos inquisitivos de su primo.

—Bueno, ellos —dijo, sorprendido y extrañamente turbado de que esa explicación hubiera brotado de sus labios—. Los que robaron la verdadera.

—Hum —dijo George.

Auberon no dijo nada más, ya que no tenía nada más que decir sobre el tema, y comprendiendo por primera vez en su vida por qué el secreto había sido tan celosamente guardado por aquellas personas a quienes él solía espiar. Contar con ellos para conseguir explicaciones era no contar con nadie, y ahora él también, lo quisiera o no, estaba juramentado al mismo silencio; y sin embargo, pensó, ya nunca más podré volver a explicar una sola cosa en este mundo sin recurrir a ese pronombre colectivo: ellos. Ellos.