Pqueño, grande
Capítulo 2
La sed que el Alma apura
reclama un elixir divino;
mas, pudiera yo de Jove libar el néctar
por el vuestro jamás lo trocaría.
Ben Jonson
La Tierra giraba, rotunda, su redondez, escorando el pequeño parque en tanto Auberon permanecía sentado uno, dos, tres días más, de cara al cielo y al sol inmutable. Los días templados eran ya más frecuentes, y el calor, aunque nunca del todo acompasado a la progresiva traslación de la Tierra, era ahora más constante, menos antojadizo, pronto imposible de esquivar. Auberon, trabajando con ahínco, apenas si lo notaba: ni siquiera se había quitado el gabán; había dejado de creer en la primavera, y un poquito de calor no lograría convencerlo. Persevera, persevera.
No ella sino este parque
Lo difícil era, como lo había sido siempre, pensar, reflexionar lúcida y honestamente en lo que había sucedido, y sacar conclusiones que tuviesen en cuenta todos los aspectos, que fueran maduras: ser objetivo. Había multitudes de razones por las cuales ella pudo haberlo abandonado, él lo sabía demasiado bien; sus defectos, tan numerosos como las piedras que pavimentaban estos senderos, estaban tan arraigados en él y eran tan punzantes como las espinas de ese zarzal en flor. Al fin y al cabo, no había en la muerte del amor ningún misterio, ningún misterio a no ser el misterio mismo del amor, que era inmenso, sin duda, pero real, tan real como la hierba, tan natural e inexplicable como el crecimiento de la rama, la eclosión de la flor.
No, que ella lo hubiese abandonado era triste, y un enigma; pero lo insano, lo enloquecedor era su desaparición. ¿Cómo pudo desaparecer sin dejar rastros? Él la había imaginado secuestrada, asesinada; la había imaginado tramando su propia desaparición con el único propósito de enloquecerlo de terror y desesperación, pero ¿por qué habría querido ella hacerle eso? Loco de furia, frenético, había abordado al fin, incapaz de seguir aguantando, a George Ratón: «Vamos, dime tú, hijo de puta, dónde está, qué has hecho con ella», para ver su propia locura reflejada en el inocente miedo de su primo mientras le decía: «Momento, momento», y buscaba a tientas entre sus trastos un viejo bate de béisbol. No, él no había procedido, en sus indagaciones, como un hombre en su sano juicio, pero ¿qué demonios podía esperarse que hiciera?
¿Qué demonios podía esperarse que hiciera cuando, después de dos ginebras en el Séptimo Santo, la veía pasar de largo en medio del gentío del otro lado del ventanal, y, después de cinco, la encontraba sentada en la banqueta de al lado?
Una única gira por el Harlem hispano, donde había visto réplicas de ella en una docena de esquinas, con la cintura al aire bajo corpiños tropicales, empujando cochecitos de bebé, mascando chicle en portales atestados —rosas morenas todas ellas y ninguna de ellas ella—, y había abandonado esa pesquisa. Había olvidado por completo, si acaso lo supo alguna vez, cuáles de esos edificios de esas calles tan individuales pero al mismo tiempo idénticas eran aquellos a los que ella lo llevara de visita; podía estar en cualquiera de esas salitas azulosas, espiando a través del encaje plástico de los visillos mientras él pasaba, en cualquiera de esos cuartos iluminados por la luz acuosa de la televisión y los cabos rojos de las velas votivas. Peor aún fue la pesquisa en cárceles, hospitales, manicomios, donde evidentemente eran los reclusos los que estaban a cargo; sus llamadas fueron derivadas de malhechor a lunático, de lunático a paralítico, y cortadas al fin, por accidente o a propósito: él no se había hecho entender. Si ella hubiera ido a parar a una de aquellas mazmorras públicas... No. Si era locura elegir creer que no, él prefería estar loco.
Y en la calle oía que lo llamaban, que lo llamaban por su nombre. En voz baja, con timidez, con alegría, con alivio; en tono perentorio. Y él se detenía y escrutaba la avenida arriba y abajo, sin verla, pero no queriendo moverse del lugar por temor de que ella lo perdiera de vista. A veces volvían a llamarlo, más insistentemente, y él seguía sin verla; y a la larga reanudaba la marcha, deteniéndose a cada paso, volviendo a cada paso la cabeza, acabando al fin por decirse a sí mismo en voz alta que no era ella, que ni siquiera era a él a quien habían llamado, olvídalo; y los transeúntes curiosos lo observaban con disimulo razonar consigo mismo.
Loco debía de haber parecido, sí, pero ¿quién demonios tenía la culpa de eso? Él sólo había tratado de ser sensato, de no dejarse alucinar y obsesionar por lo imaginario, había luchado contra eso, claro que había luchado, aunque a la larga había sucumbido; caray, debía de ser hereditario, alguna tara que reaparecía en él saltando generaciones, como el daltonismo...
Bueno, eso se había acabado ahora. Si era o no posible que el parque y el Arte de la Memoria le revelasen el secreto de su paradero, a él no le interesaba; no era en eso en lo que ahora se empeñaba. Lo que creía y esperaba, lo que parecía prometerle la naturalidad con que la estatuaria y el boscaje y los intrincados senderos aceptaban su historia, era que si él depositaba en ellos sus agonías de todo aquel año —sin obviar ninguna esperanza, ninguna degradación, ninguna pérdida, ninguna ilusión—, llegaría un día a recordar, no sus búsquedas, no, sino estos senderos entrecruzados que, yendo siempre hacia dentro, siempre conducían hacia fuera.