Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 129 de 210

Páginas del PDF

Pqueño, grande

El Séptimo Santo

Muchos años antes George Ratón le había mostrado la Ciudad al padre de Auberon, haciendo de él un hombre de Ciudad; ahora Sylvie hacía lo mismo con Auberon. Pero ésta era una Ciudad distinta. Las dificultades que habían ido surgiendo en todas partes, incluso en los planes mejor elaborados de los hombres, el inexplicable pero Comoquiera inevitable fracaso que parecía viciar sus múltiples proyectos, era en la Ciudad donde se manifestaban con más despiadada intensidad, y era allí donde más dolor y furia provocaban, la furia permanente que no viera Fumo, pero que Auberon veía en casi todas las caras de la Ciudad.

Porque la Ciudad, aún más que la Nación, vivía del Cambio: rápido, implacable, siempre para mejor. El Cambio era la savia vital de la Ciudad, el espíritu que alentaba todos los sueños, el poder que corría por las venas de los hombres del Club Bullicio de Bridge, Pesca y Tiro, el fuego que mantenía en permanente hervor el caldo del bienestar, la actividad frenética y la satisfacción. La Ciudad a la que había venido Auberon era, sin embargo, una Ciudad de ritmos lentos. Los vertiginosos torbellinos de la moda habían languidecido; las grandes olas de iniciativa se habían convertido en un lago estancado. La depresión permanente contra la cual luchaban, sin conseguir revertirla, los miembros del Club Bullicio de Bridge, Pesca y Tiro, había comenzado con ese frenazo chirriante y laborioso, ese inusitado y aplastante sopor de la Ciudad capital, y se expandía desde ella hacia fuera en lentas ondas de cansado agotamiento para entumecer a la república. Salvo en los aspectos más triviales (y tan constantemente y tan en vano como siempre), la Ciudad había cesado de cambiar: la Ciudad que Fumo había conocido había cambiado radicalmente, había cambiado porque había cesado de cambiar.

Sylvie, a partir de las envejecidas moles, creaba para la imaginación de Auberon una Ciudad que habría sido de todos modos distinta de la que George edificara para Fumo. Un terrateniente, aunque insólito por cierto, y un miembro tradicional, incluso fundador (por parte de su abuelo) de las grandes familias promotoras del Cambio, George Ratón percibía la decadencia de su adorada Manzana, y a veces lo amargaba, y a veces lo indignaba. Pero Sylvie descendía de otra casta, de la que fuera en tiempos de Fumo el obscuro envés de un sueño prodigioso, y que era ahora (aunque sacudida aún por la violencia y la desesperación) su enclave menos deprimido. Las últimas calles alegres de la Ciudad eran aquellas en que la gente había estado siempre a merced de los instigadores del Cambio, y que ahora, en medio de la decadencia y estancamiento e irremediable caos de todos los demás, vivían como siempre: a la buena de Dios, al día, y al compás de la música.

Sylvie lo llevaba a los apartamentos pulcros y atestados de sus parientes, donde él se sentaba sobre las fundas de plástico de muebles estrafalarios y donde le ofrecían vasos de soda sin hielo (no es bueno enfriar la sangre, pensaban ellos) sobre platillos, y dulces incomibles, y oía cómo ellos lo ponderaban en español: un buen marido, pensaban, para Sylvie, y aunque ella objetaba el honorífico, ellos lo seguían usando por mor de la decencia. Lo confundían los innumerables, y para su oído tan similares, diminutivos que empleaban al hablar entre ellos. A Sylvie, por razones que ella recordaba pero que nunca atinaba a explicar, la llamaban Tati algunos miembros de su familia, una rama que incluía a la tía negra, que no era una tía verdadera, la que le había leído el Destino a Sylvie, la tía a quien llamaban La Negra. Tati, en boca de algún niño, se había transformado en Tita, un sobrenombre que también le había quedado, y que a su vez se había transformado (un diminutivo maravilloso) en Titania. Con frecuencia, Auberon ignoraba que el tema de las anécdotas que le contaban en un inglés champurreado y desopilante era su amada bajo otro nombre.

—Ellos piensan que eres fenomenal —le dijo Sylvie, ya en la calle, después de una visita, su mano hundida en el bolsillo del gabán de Auberon, donde él la había cogido buscando su calor.

—Bueno, ellos también son muy simpáticos...

—Pero papo, lo incómoda que me sentí cuando plantaste los pies encima de esa... esa cosa... esa especie de mesa de café.

—¡Oh!

—Eso estuvo muy mal. Todo el mundo lo notó.

—Bueno —dijo él, amoscado—, ¿por qué demonios no me dijiste algo? Es que en casa poníamos cualquier cosa encima de los muebles, y aquéllos eran... —Calló antes de decir y aquéllos eran muebles, muebles de verdad, pero ella le oyó decirlo.

—Yo traté de decírtelo. Te miraba fijo. Te das cuenta de que no podía decirte, eh, quita de ahí las patas. Ellos pensarían que te trato como Titi Juana trata a Enrico. — Enrico era un marido al que su mujer tenía en un puño, el blanco de todas las pullas. — Es que tú no sabes lo que les cuesta a ellos conseguir esas cosas horrendas —dijo ella—. Lo creas o no, cuestan mucho esos muebles.

Anduvieron un rato en silencio, empujados por un viento cruel. Muebles, pensaba Auberon, «movibles», extraña lengua de sonido tan formal para gente como ellos.

—Son todos locos —dijo Sylvie—. O sea, algunos están locos locos, pero son todos locos.

Él sabía que ella, pese al inmenso cariño que les profesaba, trataba desesperadamente de escapar de la larga y casi jacobina tragicomedia que era la vida cotidiana de su intrincada familia, cargada como estaba de locura, farsa, amor corrosivo, incluso asesinatos, y hasta de fantasmas. Por las noches ella solía dar vueltas y vueltas en la cama y gritar angustiada imaginando cosas terribles que podrían acontecerle, o le habían acontecido ya a uno u otro de esa multitud de personas propensas a sufrir accidentes; y a menudo —pese a que Auberon las desechaba como simples terrores nocturnos (porque nada, absolutamente nada, que él supiera, había ocurrido jamás en su familia que pudiera llamarse terrible)— las alucinaciones que la atormentaban no distaban mucho de la realidad.

Ella odiaba que ellos estuvieran en peligro; odiaba estar tan ligada a ellos: su propio Destino, en medio de las confusiones irremediables en que ellos se debatían, brillaba como una antorcha rutilante, siempre a punto de extinguirse, lentamente o de un soplo, pero encendida aún.

—Necesito un café —dijo él—. Algo caliente.

—Yo necesito un trago —dijo ella—. Algo fuerte.

Al igual que todos los enamorados, pronto habían montado (como en un escenario giratorio) los lugares en que se representaban, alternativamente, las escenas de su drama: un pequeño merendero ucraniano, donde el té era negro y también el pan; el Dormitorio Plegable, desde luego; un vasto y melancólico teatro con ornatos egipcios incrustados donde las películas eran baratas y renovadas con frecuencia y duraban hasta la madrugada; el Mercado del Buho Nocturno; el Bar y Grill del Séptimo Santo.

La gran virtud del Séptimo Santo, amén del precio de las bebidas y de estar tan próximo a la Alquería del Antiguo Fuero, a sólo una parada de metro, era sus inmensos ventanales, casi desde el suelo hasta el cielo raso, en los que, como en una linterna mágica o la pantalla de un cinematógrafo, se reflejaba la vida que discurría por la calle. El Séptimo Santo debió de ser en tiempos un lugar más bien dispendioso, porque ese muro de cristal había sido teñido a todo coste de un cálido y suntuoso color miel que, a la vez que agregaba a la escena contornos de irrealidad, suavizaba en el recinto, como gafas ahumadas, la intensidad de la luz. Era como estar en la caverna de Platón, le decía Auberon a Sylvie, que lo escuchaba disertar sobre el tema; o más bien lo miraba hablar, fascinada por su extrañeza. Le encantaba escuchar, pero su mente divagaba.

—¿Las cucharas? —dijo él, mostrándole una.

—Mujeres —dijo ella.

—Y los cuchillos y los tenedores son varones —dijo él, vislumbrando una norma.

—No, los tenedores también son mujeres.

Delante de ellos, sobre la mesa, tenían sendos cafés-royale. Afuera, ensombrerada y embufandada contra el frío glacial, pasaba presurosa la gente que volvía del trabajo, inclinada ante el viento invisible como ante un ídolo o un personaje de alto rango. Sylvie estaba de momento sin trabajo (un dilema trivial para alguien con un Destino tan alto como el suyo), y Auberon estaba viviendo de sus anticipos. Eran pobres de dinero pero ricos de ocio.

—¿La mesa? —preguntó él. No podía imaginarlo.

—Mujer.

No era de extrañar, pensó Auberon, que ella fuese tan sexual, cuando todo en el mundo era para ella hombres y mujeres. En la lengua que ella aprendiera desde la cuna no había neutros. En el latín que Auberon había aprendido con Fumo, o estudiado al menos, los géneros de los sustantivos eran una aberración que él en todo caso nunca había llegado a entender; pero para Sylvie el mundo era un congreso permanente de machos y hembras, de mujeres y varones. El mundo: eso era el mundo, un hombre, pero la tierra, la Tierra era una mujer. Eso le parecía lógico a Auberon, el mundo de los negocios y las ideas, el nombre de un periódico, el Ancho Mundo; pero la madre tierra, el suelo fecundo, la Dueña Generosa. No obstante, esas divisiones lógicas no iban demasiado lejos: la fregona de pelo lanoso era una mujer, pero también lo era su huesuda máquina de escribir.