Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 196 de 210

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Pqueño, grande

Tierra de nadie

—Oh, sí —dijo George, deteniéndose delante de él—. Oh, sí, ya veo, ya veo.

Porque esto era ya bastante claro: ahí estaba la casita destartalada con sus falsas ventanas; ahí el establo, allá el cobertizo de las cabras; ahí la parcela de hortalizas recién plantadas, donde alguien estaba cavando la tierra: un hombrecito muy moreno de tez que al ver venir a George soltó su herramienta y se alejó refunfuñando. Ahí estaba la caseta del aljibe, y el sótano donde guardaban las raíces, allí la pila de leña con el hacha enhiesta sobre el taco; y allí las ovejas hambrientas, empujando contra la alambrada y reclamando su pitanza. Y todo alrededor del pequeño claro, mirando al suelo, obscuro, indiferente, estaba el Bosque Agreste.

Cómo había llegado aquí, George no lo sabía, ni tampoco sabía ya de dónde venía, pero dónde estaba ahora era bien claro: estaba en casa.

Depositó el corderito en el aprisco, y el animalito corrió brincando hacia donde su madre lo regañaba. George deseaba poder recordar un poco al menos: pero, ¡qué demonios!, iba a pasar la vida entera en uno u otro encantamiento, o de un encantamiento a otro, y a otro... estaba demasiado viejo ya para andar preocupándose por cuando cambiara. Esto era suficientemente real.

—Qué demonios —dijo—. Qué demonios, es una vida. —Se dio vuelta para cerrar su portón de estacas, trancándolo y asegurándolo con maña y cuidado contra las asechanzas del obscuro Bosque Agreste y lo que en él habitara y, restregándose las manos, se encaminó a su puerta.

 

Tierra de nadie

 

Un paraíso recóndito, pensaba Halcopéndola, un paraíso no más grande que la yema de tu dedo pulgar. La isla-jardín de los Inmortales, el valle en el que todos somos para siempre reyes. Con el balanceo y el triquitraque del tren, el pensamiento daba vueltas y vueltas por los senderos de su mente.

Ariel Halcopéndola no era de esas personas a quienes el movimiento rítmico de un tren podía serenar; por el contrario, la irritaba, la mantenía en un horrible estado de alerta, y aunque un amanecer opaco y lluvioso parecía ya querer despuntar en el paisaje del otro lado de la ventanilla, ella no había cerrado un ojo, pese a que a la hora de embarcar había anunciado que dormiría, una simple treta para mantener al presidente, al menos por un tiempo, alejado de su puerta. Cuando el viejo y amable camarero había ido a prepararle la cama, ella lo había despedido, y luego lo había vuelto a llamar para pedirle una botella de brandy y ordenar que nadie fuera a molestarla.

—¿Seguro, miz, que no quiere que le prepare la cama?

—No. Esto es todo. —¿Dónde habrían encontrado los hombres del presidente a estos negros afables y sumisos que eran ya viejos, lerdos y escasos en los tiempos en que ella era joven? ¿Y dónde, por cierto, habrían encontrado estos coches tan amplios, y dónde las trochas por las que aún podían transitar?

Con los nervios agotados, los dientes castañeteando, se sirvió una copa de brandy. Tenía la sensación de que hasta las más sólidas mansiones de su memoria estaban desmoronándose en escombros con este traqueteo. Sin embargo, más que nunca ahora necesitaba estar lúcida, poder pensar, no en círculos sino en profundidad. En el portaequipaje, arriba, frente a ella, viajaba el bolso de cocodrilo que contenía las cartas.

Un paraíso recóndito: si fuera así, si ese lugar fuese en verdad el paraíso o un sitio semejante al paraíso, si algo podía decirse de él con absoluta certeza era que, cualesquiera que fueran las demás cualidades deleitables que pudiera tener, debía ser más espacioso que el mundo ordinario que abandonamos para alcanzarlo.

Más espacioso: cielos menos limitados, picos montañosos menos accesibles, más profundos e insondables mares.

Pero allá, ellos, los Inmortales mismos, deben soñar y meditar, y hacer sus ejercicios espirituales, y buscar en el interior de ese paraíso un paraíso más pequeño aún. Y ese paraíso, si existiera, debería ser más grande aún, menos limitado, más alto y más vasto, más profundo que el primero. Y así un tercero y un cuarto... Y el punto máximo, el centro, el infinito..., Faery, el País de las Hadas, donde los héroes gigantes cabalgan a través de paisajes infinitos y surcan mar tras mar y lo posible no conoce límites..., ese círculo es tan, tan diminuto que en él no hay ninguna, ni una sola puerta.

Sí, tal vez el viejo Zarzales había estado en lo cierto, sólo que su concepción era demasiado simple, o demasiado compleja, con sus otromundos infundibulares de puertas concéntricas. No, dos mundos no; ella, con la vieja navaja de Occam, podía decapitar esa idea. Un solo mundo, uno solo pero con diferentes modos de ser: ¿qué era, al fin y al cabo, un «mundo»? El que ella veía en la televisión, «Un Mundo en Otraparte», podía sin multiplicación de entidades caber en éste, era intangible pero perfecto: era, pura y simplemente, otro modo de ser, era ficción y en un modo de ser como la ficción como de mentirijillas, existía ese mundo al que sus primas le habían dicho que estaba invitada a..., no, ¡le habían dicho que debía!... viajar. Sí: porque era un país, y la única forma de llegar a él era viajando.

Todo eso era suficientemente claro, pero vano.

Porque los paraísos chinos y las comarcas de nunca-jamás tenían eso en común, que Comoquiera que se llegase a ellos, siempre era uno mismo quien elegía hacer el viaje; y para esos viajes, se requerían casi siempre preparativos fatigosos, y una voluntad o al menos una ilusión de hierro. ¿Y qué tenía eso que ver con un modo de ser que, en contra de la voluntad de este mundo y sin siquiera solicitar su venia, lo invadía poco a poco, apropiándose de la extravagancia de un arquitecto, de una estrella pentacular de pueblos, de una manzana de edificios en los arrabales, una bóveda de la Estación Terminal..., la Capital misma? ¿Cuál fuerza era esa que de ese modo común afectaba a los habitantes de esta Ciudad y los arrastraba consigo o los absorbía al menos, lo quisieran o no, en la creciente, imperiosa marea de su propio ser? El Sacro Imperio Romano, la había llamado ella: se había equivocado. El emperador Federico Barbarroja era sólo resaca flotando a la deriva de esa ola que movía las aguas del Tiempo, interrumpido, roto su sueño de siglos como cuando las aguas de una inundación rompen las tumbas y arrastran a la deriva a los muertos, así iba él, llevado hacia otra parte.

A menos que ella, que en modo alguno tenía la intención de acabar en un lugar gobernado por quién sabe qué amos, amos que bien podían tomar muy a mal su rebelión en contra de ellos, pudiera captarlo. Captarlo, como capta a un agente secreto el bando al cual espía. Para eso había robado las cartas. Con ellas, podía dominarlos, o al menos hacerles ver razones.

Su plan adolecía, sin embargo, de un gran fallo.

¡Qué atolladero! ¡Qué atolladero! Echó una ojeada al bolso, allá arriba, en el portaequipaje. Presentía que su maniobra para eludir esta tempestad iba a ser inútil, tan inútil como cualquier maniobra vana, desesperada, de quienes, atrapados en un callejón sin salida, ven de pronto que algo se les viene encima, algo imparable, algo inexorable, y mucho más enorme de lo que imaginaban. Eigenblick lo había proclamado en cada una de sus arengas: él había estado en lo cierto, y ella ciega. Aceptarlo de buen grado era tan fútil como desafiarlo, pues de uno u otro modo, si quisiera atraparla, la atraparía. Halcopéndola se arrepentía de su soberbia, pero de todas maneras tenía que escapar. Escapar.

Pasos: aislándolos del traqueteo acompasado de las ruedas al girar, los oía avanzar por el corredor hacia su compartimiento.

No tenía tiempo para esconder las cartas, y, de todos modos, qué mayor escondite que a ojos vista. Todo esto se estaba precipitando demasiado, al fin y al cabo ella era una mujer ya vieja y nada ducha en estos trances.

No mires, se recomendó a sí misma, no mires el bolso de cocodrilo.

La puerta se abrió de golpe. Sosteniéndose de la jamba con las dos manos para contrarrestar el movimiento del tren, allí frente a ella estaba él, Russell Eigenblick: con la obscura corbata torcida, la frente bañada en sudor, clavó en Halcopéndola una mirada furibunda.

—Las puedo oler —dijo.

Ése era el grave fallo de su plan. Ella lo había vislumbrado por primera vez cierta noche de nevisca en el Despacho Oval. Ahora estaba segura. El emperador estaba loco. Loco como un sombrerero.

—¿Huele qué, señor? —dijo, con mansedumbre.

—Las puedo oler —repitió él.

—Se ha levantado usted muy temprano —dijo ella—. ¿Demasiado para un trago de esto? —añadió, señalándole la botella de brandy.

—¿Dónde están? —dijo él, entrando en el compartimiento—. Usted las tiene ahora, aquí, en alguna parte.

No mires, no mires el bolso.

—¿Las tengo?

—Las cartas —dijo él—. Zorra.

—Hay un asunto sobre el que debo hablar con usted —dijo ella levantándose—. Siento mucho haber demorado tanto el embarque, pero...

Eigenblick iba y venía por la cabina, los ojos avizores, las aletas de la nariz dilatadas.

—Dónde —dijo—. Dónde.

—Señor —dijo ella, tratando de adoptar una postura digna, pero sintiéndose invadida por la desesperación—. Señor, es preciso que usted me escuche.

—Las cartas.

—Usted no sabe lo que hace —dijo ella atropelladamente, al no poder encontrar una frase apropiada y sintiendo con horror que sus ojos no podían separarse del bolso de cocodrilo que Eigenblick no había descubierto en el portaequipaje. De momento, recorría el cuarto golpeando con los nudillos los tabiques en busca de un escondite secreto—. Tiene usted que escucharme —dijo Halcopéndola—. Sus adversarios, los hombres que le han hecho promesas..., no tienen la más remota intención de cumplirlas. Incluso si pudieran. Pero yo...

—¡Usted! —replicó él, volviéndose hacia ella—. ¡Usted! —Soltó una carcajada —. ¡Eso sí que es gracioso!

—Yo deseo ayudarlo.

Eigenblick interrumpió sus búsquedas. La miró un momento, con abismos de desolados reproches en sus ojos castaños.

—Ayudarme —dijo—. Usted. Ayudarme. A mí.

Había sido una selección poco afortunada de palabras. Él sabía —Halcopéndola podía leerlo en su rostro— que en ningún momento había sido su intención ayudarlo, ni lo era ahora. Loco podía estar, pero no era estúpido. Lo que su rostro delataba en ese momento la obligó a desviar la mirada. Era evidente que nada de cuanto ella pudiera alegar conmovería a ese hombre. Todo cuanto él quería de ella ahora era precisamente lo que de nada podía servirle sin ella, aunque tampoco eso podía ella pensar de qué forma explicarle.

Se sorprendió de pronto, con los ojos clavados en ellas, en el portaequipaje. Podía verlas casi, mirándola a su vez.

De viva fuerza desvió la mirada, pero el Tirano ya la había visto. La empujó hacia un costado y levantó el brazo.

—¡Quieto! —dijo ella, insuflando en la palabra poderes que en cierta ocasión había jurado no utilizar jamás a no ser en situaciones extremas y sólo para bien. El emperador quedó inmóvil. Paralizado en mitad del gesto: su fuerza de toro luchó contra la orden de Halcopéndola, pero no pudo vencerla. Halcopéndola cogió de un tirón el bolso de cocodrilo, y salió precipitadamente del compartimiento.

En el corredor, chocó casi con el sumiso y pachorriento camarero negro.

—¿Lista ahora para ir dormir, miz? —inquirió amablemente.

—A dormir te vas tú —dijo ella, y apartándolo de un empujón, prosiguió su carrera. El negro se deslizó a lo largo del tabique, con la boca abierta, cerrados los ojos, dormido. Al cruzar al coche contiguo, Halcopéndola oyó a Eigenblick detrás de ella, bramando de ira y frustración. Corrió de un manotón un pesado cortinaje que le cerraba el paso, y se encontró en un coche-dormitorio donde a los gritos de Eigenblick sus hombres se habían despertado, y ahora, pálidos y soñolientos los rostros, alarmados, corrían los visillos de las cuchetas superiores e inferiores para ver qué sucedía. Vieron a Halcopándola. Ella reculó y a través del cortinado volvió al coche del que había venido.

Allí, en un nicho de la pared, vio esa cuerda de la cual, lo sabía, quien tirara de ella por simple picardía, o con mala intención, sería severamente multado. Ella nunca había creído que esas cuerdecitas pudieran de verdad detener la marcha de un tren, pero al oír pasos y clamores en el fondo del coche, tiró de ella y, corriendo hacia la puerta, se asió a la manivela.

A los pocos segundos, con un estruendoso y desacompasado traqueteo, el tren se detuvo. Halcopéndola, asombrada de su hazaña, abrió de un tirón la portezuela.

La lluvia le azotó la cara. Estaban detenidos en una tierra de nadie, rodeados de bosques sombríos donde, bajo la lluvia torrencial, se derretían los últimos bloques de hielo. Hacía un frío feroz. Con el corazón desfalleciente y un grito, Halcopéndola saltó al suelo. Obstaculizada por su falda, trepaba con dificultad el terraplén, acuciada por el temor de que la absoluta imposibilidad de hacerlo la venciera.

Amanecía un día gris, más lóbrego casi en su palidez que la noche. Desde lo alto del terraplén, ya en el bosque, jadeando, volvió la cabeza y miró la obscura cinta inmóvil del tren. En el interior se estaban encendiendo las luces. De la misma portezuela que ella dejara abierta al escapar, un hombre saltó al suelo, e hizo una seña a otro, detrás de él. Echando a correr, dando traspiés entre los matorrales invisibles bajo el manto de nieve, Halcopéndola se internó en la espesura. Oyó gritos a sus espaldas. La cacería había comenzado. Se refugió detrás de un gran árbol y, jadeando, conteniendo sollozos fríos, dolorosos, apoyó la cabeza en el tronco y prestó oídos.

Crujir de ramas: a causa de ella el bosque era maltratado. Una ojeada en derredor le permitió atisbar una figura imprecisa, distante aún, con un objeto contundente en la mano enguantada.

Asesinada secretamente. Nadie se enteraría.

Con manos trémulas abrió el bolso de cocodrilo. De entre las cartas desparramadas en el fondo, cogió un pequeño sobre de cuero marroquí. El aliento, al condensársele delante de la cara, le impedía ver con claridad, y los dedos le temblaban sin control. Abrió de un tirón el sobre y a tientas buscó en él el trocito de hueso que contenía, un hueso escogido entre los mil huesecitos surtidos de un gato negro puro. ¿Dónde se habrá metido el condenado? Lo palpó. Lo sujetó entre los dedos. El crujir de unos matorrales que parecían cercanos la sobresaltó, levantó la cabeza, el minúsculo amuleto se le escurrió de los dedos. Estuvo a punto de atraparlo cuando se enganchó al caer, en la trama de su falda, pero su mano, demasiado ansiosa al intentar agarrarlo, lo hizo volar. Cayó entre la nieve y la negra hojarasca. Halcopéndola, profiriendo un «¡no!» desesperado pisó sin darse cuenta el sitio en que había caído.

Los movimientos de sus perseguidores eran sosegados, confiados, cada vez más cercanos. Halcopéndola abandonó su refugio, atisbando al hacerlo la sombra de otro de los soldados de Eigenblick, o el mismo, en todo caso armado; y también él la vio.

Con su alma escondida y a buen resguardo, ella nunca se había preocupado en demasía por lo que le pudiera acontecer a su cuerpo mortal si le infligieran daños irreparables, si fuese violentamente traspasado por proyectiles, si su sangre fuera derramada. Ella no moriría, de eso estaba segura. Pero ¿qué, exactamente? ¿Qué? Se volvió y vio al hombre tomar puntería. Sonó un disparo, ella dio media vuelta para echar a correr otra vez, incapaz de saber si estaba herida o tan sólo aturdida por el estampido.

Herida. Podía diferenciar la humedad tibia de su sangre de la fría mojadura de la lluvia. ¿Dónde estaba el dolor? Siguió corriendo, trastabillando desesperadamente, descompuesta, una de sus piernas parecía no responder. Se caía contra los árboles altos, oyendo a sus perseguidores orientarse uno a otro mediante órdenes breves. Estaban muy cerca.

Había formas de escapar de esto, había otras salidas que ella podría encontrar, estaba segura de ello. Pero en ese preciso momento no podía recordar ninguna.

Una tras otra, iba perdiendo el dominio de sus artes. ¡Era incapaz de recordar! Bueno, eso era justo, porque ella las había deshonrado, había mentido, había robado, había, en el apogeo de su soberbia, usado poderes que jurara no emplear para sus fines personales. Era justo, perfectamente justo. Se volvió, acorralada; veía en todas partes las siluetas obscuras de sus perseguidores. Sin duda, querían atraparla de cerca, para evitar un gran alboroto. Uno o dos disparos. Pero ¿qué iba a ser de ella? El dolor al que se había creído inmune le trepaba ahora por el cuerpo, y era espantoso. Seguir corriendo no tenía objeto; nubes negras le flotaban delante de los ojos. Sin embargo, se dio vuelta otra vez, decidida a escapar.