Pqueño, grande
No hay vuelta atrás
Y sin embargo, aunque nos despertemos, aunque no haya un fin de ese eterno despertar y murmurar Oh ya comprendo, en el sueño en que habitamos anidan todos los otros sueños, cada uno de aquellos de que hemos despertado. La primera pregunta difícil que Sophie hizo a las cartas no había quedado por cierto sin respuesta: se había transformado en preguntas sobre la pregunta. Había echado raíces y ramas, como un árbol, y retoñado en preguntas, y finalmente, todas las preguntas se habían convertido en una: ¿Qué árbol es éste? Y a medida que el aprendizaje de Sophie progresaba, a medida que ella mezclaba y barajaba y extendía en figuras geométricas las despuntadas y grasientas cartas decidoras, la pregunta la intrigaba y azoraba más y más, hasta que acabó por absorberla. ¿Qué árbol es éste? Y sin embargo, allá en la base, entre las raíces, a la sombra del ramaje, siempre inhallada y más inhallable a cada instante, yacía aún dormida una niña perdida.
No hay vuelta atrás
Seis de copas y cuatro de bastos, el Nudo, el Deportista. La reina de oros invertida, el Primo: la discusión con el Loco en el centro de la figura. Una Geografía: no un mapa ni un paisaje, sino una Geografía. La cabeza inclinada, bajos los ojos, Sophie buscaba la clave secreta de la figura, rastreándola con su conciencia, prestando atención sin prestarla del todo, aguzando y relajando alternativamente el oído de su mente a medida que del parloteo de las circunvoluciones de las cartas emergían, para enseguida retirarse, atisbos de frases, de palabras.
De pronto:
—Oh —murmuró, y otra vez—, oh —como quien ha recibido, repentinamente, una mala noticia. Nube la miró un momento, intrigada, y vio a Sophie pálida y demudada, los ojos agrandados por la sorpresa y la piedad; piedad por ella, Nube. Volvió a mirar la Geografía, y sí, en un instante apenas se había contraído, como esas ilusiones ópticas en las que una urna se transforma de pronto, sin razón aparente, en dos caras que se observan frente a frente. Nube estaba habituada a esas rarezas, y a ese mensaje, pero Sophie aún no, evidentemente.
—Sí —dijo con dulzura, y miró a Sophie con una sonrisa que esperaba fuese tranquilizadora—. ¿No habías visto antes esto?
—No —dijo Sophie, a la vez en respuesta a la pregunta y en repulsa de lo que acababa de ver en la imbricada gavota de las cartas—. No.
—Oh, yo sí lo he visto otras veces. —Acarició la mano de Sophie.— Sin embargo, no creo que sea necesario anunciarlo a los demás, ¿no te parece? No de momento, al menos. —Ahora Sophie lloraba en silencio, pero Nube optó por ignorarlo.— Esto es lo malo de los secretos, éste es el problema —dijo, como si el hecho le causara cierto fastidio, aunque lo que en verdad estaba haciendo era impartirle a Sophie de la única forma ahora posible la prostera lección importante acerca de la lectura de esas cartas—. Que a veces tú no quisieras saberlos. Pero una vez que los conoces, ya no hay vuelta atrás, no hay modo de desaprenderlos. Bueno. Ánimo. Son muchas las cosas que todavía puedes aprender.