Pqueño, grande
Capítulo 4
A mi parecer, no hay en la Religión imposibilidades suficientes para una fe activa.
Thomas Browne
En las minúsculas oficinas del Servicio de Mensajeros Alados había: una especie de baranda o mostrador detrás del cual estaba sentado el recepcionista, mascando eternamente un cigarro apagado, enchufando y desenchufando las clavijas del intercomunicador de subagencias más viejo del mundo y vociferando «Alados» en el micrófono de sus auriculares; una hilera de cenicientas sillas plegadizas de metal en las que aquellos mensajeros que momentáneamente no andaban de recorrida se hallaban sentados, algunos tan silenciosos e inertes como máquinas desenchufadas, otros (como Fred Savage y Sylvie) en animada conversación; un enorme y anticuado televisor, inaccesible sobre una plataforma suspendida en el aire por medio de cadenas, y encendido a perpetuidad (Sylvie, cuando no andaba correteando, pillaba algún episodio suelto de «Un Mundo en Otraparte»); unas cuantas urnas repletas de ceniza y colillas de cigarrillos; un reloj marrón craquelado, registrador de entradas y salidas; un despacho-trastienda conteniendo un jefe, su secretario y de vez en cuando un vendedor de buen talante pero de mal ver; una puerta de metal con una tranca; ninguna ventana.
Sucederían más cosas
No era un sitio en el que a Sylvie le apeteciera estarse las horas muertas. En su desangelada, inhóspita, flúorescente sordidez, reconocía demasiados otros en los que había tenido que pasar buena parte de su infancia: las salas de espera de hospitales y hospicios, las comisarías, las oficinas de bienestar social, lugares donde se congregaban multitudes de rostros y cuerpos pobremente vestidos, se dispersaban, otros los reemplazaban. Ella, por fortuna, no tenía que esperar allí mucho tiempo: el Servicio de Mensajeros Alados seguía teniendo tanto trabajo como siempre, y una vez fuera, en las frías calles primaverales, empaquetada en sus botas de trabajo y su rebeca con capucha (tal cual, le decía a Auberon, un marimacho quinceañero, pero lindísima), podía ganar tiempo, deleitándose entre las muchedumbres, en las oficinas lujosas, con los secretarios variopintos (soberbios, malhumorados, melifluos; negligentes; afables) a quienes entregaba, de quienes recibía. «¡Mensajeros Alados!», les gritaba, no había tiempo que perder. «¡Firme aquí, por favor!» Y a la calle, en ascensores repletos de caballeros bien trajeados y voces delicadas que salían a almorzar, o de energúmenos que regresaban palmoteándose los hombros y gritando a voz en cuello. Aunque ella nunca llegaría a familiarizarse con el centro como lo conocía Fred Savage —cada acceso subterráneo, cada pasadizo, cada edificio que, con la fachada principal en una avenida, evacuara por otra, ahorrándole al que andaba de a pie cincuenta metros de caminata—, en lo esencial, por supuesto, se daba maña, y descubría atajos; y tomaba a derecha e izquierda, arriba y abajo, con una seguridad de la que se sentía orgullosa.