Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 8 de 210

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Pqueño, grande

A primera vista

—Son muy religiosos —le dijo George con una guiñada cuando, alejándose de las chicas que no cesaban de cuchichear y reírse, lo llevaba para presentarle a los padres, el doctor y la señora Bebeagua.

—No médico en ejercicio —dijo el doctor, un hombre de rostro ajado y pelo lanoso, con la cordialidad sin sonrisa de un animalito. No era tan alto como su esposa, cuyo chal generosamente desflecado y sedoso tembló cuando estrechó la mano de Fumo y le pidió que la llamase Sophie; ella a su vez no era tan alta como sus hijas—. Los Llanos siempre han sido altos —dijo, mirando hacia arriba y hacia dentro como si pudiese verlos a todos en alguna parte por encima de ella. De modo que ella había dado su apellido a sus dos altas hijas, Alice y Sophie Llanos Bebeagua; Mamá era la única que siempre usaba los dos, pero a Alice, de pequeña, otro niño la había apodado Llana Alice, y ese nombre le había quedado, así que ahora eran Llana Alice y Sophie a secas, y así estaban las cosas, salvo que quienquiera que las mirase podía ver por cierto que eran Llanos y todo el mundo se daba vuelta para mirarlas.

Cualquiera que fuese la religión que profesaran, ello no impidió que compartieran una pipa con Franz Ratón, que se había sentado a sus pies, ya que las dos muchachas ocupaban por completo el pequeño diván; ni que bebieran el ponche de ron que les ofreció Mamá; o que se rieran por detrás de las manos, más de lo que cuchicheaban entre ellas que de las tonterías que pudiera decir Franz; o que mostrasen, cuando cruzaban las piernas, los largos muslos bajo los vestidos de rutilantes lentejuelas.

Fumo no hacía otra cosa que mirar. Pese a que George Ratón le había enseñado a comportarse como un hombre de Ciudad, y a no temer a las mujeres, no era tan fácil dejar a un lado los hábitos de toda la vida; de modo que miraba y miraba; y sólo al cabo de un prudencial intervalo en el que lo paralizó la timidez, se atrevió al fin a cruzar la alfombra hasta donde ellas estaban sentadas.

Ansioso por no parecer un aguafiestas —«No seas aguafiestas, por el amor de Dios», le decía George una y otra vez—, se sentó en el suelo cerca de ellas con una sonrisa embobada y en una actitud que lo hacía parecer (y a los ojos de ella lo era, lo advirtió, confundido, cuando Alice se volvió para mirarlo) extrañamente quebradizo. Tenía la costumbre de hacer girar la copa entre el pulgar y el índice para que el hielo, al trepidar rápidamente, enfriase el brebaje. Lo hizo en ese momento, y el hielo repicó en el cristal como una campana tocando a rebato. Se hizo un silencio.

—¿Venís aquí con frecuencia? —preguntó.

—No —respondió Alice en el mismo tono—. No a la Ciudad. Sólo una vez cada tanto, cuando Papá tiene negocios que atender... u otros asuntos.