Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 132 de 210

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Pqueño, grande

Qué enredo

Y eso fue lo que hicieron: en ese mismo instante, cuando doblaban ya la calle por la que se podía entrar a la Alquería del Antiguo Fuero, entre un paso y el próximo, algo aconteció, en todo caso, algo que él supuso al principio que acontecía en su interior, una apoplejía, un ataque al corazón, pero al instante lo sintió en derredor: algo enorme que parecía sonido pero que no era un sonido, que era o bien una demolición (toda una manzana de sucios edificios e interiores de paredes empapeladas convertida en polvo, si fuera eso), o el estampido de un trueno (que rasgara el cielo por lo menos en dos, ese cielo que permanecía inexplicablemente impasible e invernal, si fuera eso), o ambas cosas a la vez.

Se detuvieron, apretándose el uno contra el otro.

—¿Qué demonios fue eso? —dijo Sylvie.

Esperaron un momento, mas no brotaron turbias humaredas de los edificios circundantes, no aullaron sirenas en respuesta a la catástrofe; y los compradores y los ociosos y los criminales seguían su camino imperturbables, impávidos, los rostros preocupados por agravios personales.

Apoyados el uno en el otro, andando con cautela, reanudaron la marcha hacia la Alquería del Antiguo Fuero, intuyendo cada uno que aquel estruendo súbito había tenido por único propósito separarlos (¿por qué?, ¿cómo?) y que había fallado por poco, y que podía repetirse en cualquier momento.

 

Qué enredo

—Mañana —dijo Tacey, haciendo girar su bastidor de bordar—, o pasado, o traspasado.

—Oh —dijo Lily. Ella y Lucy estaban trabajando juntas en un edredón, una de esas colchas locas hechas con retacitos de mil colores, y decorando la superficie con bordados, flores, cruces, arcos, eses—. El sábado o el domingo —dijo Lucy.

En aquel momento la mecha fue colocada contra el oído del cañón (quizá por accidente, habría algún problema después en cuanto a eso) y lo que Sylvie y Auberon oían o sentían en la Ciudad tronó en Bosquedelinde, retumbando en las ventanas, sacudiendo las chucherías en las repisas, quebrando una figulina de porcelana en la antigua alcoba de Violet y haciendo que las hermanas se encorvaran e irguieran los hombros para protegerse.

—¡Qué demonios...! —dijo Tacey. Se miraron una a otra.

—Un trueno —afirmó Lily—, un trueno de pleno invierno, o tal vez no.

—Un avión a chorro —dijo Tacey—, rompiendo la barrera del sonido. O tal vez no.

—Dinamita —dijo Lucy—. Allá, en la Interestatal. O tal vez no.

Durante un rato, en silencio, se enfrascaron de nuevo en sus labores.

—Quién sabe —dijo Tacey, levantando la vista de su bastidor semiinclinado de atrás para adelante—. Bueno —dijo, y escogió un hilo diferente.

—No, no —dijo Lucy—. Eso queda raro —añadió en tono de crítica, refiriéndose a un punto que estaba haciendo Lily.

—Es una colcha loca —dijo Lily.

Lucy observó a su hermana y se rascó la cabeza, sin convicción.

—Loca no es rara.

—Loca y rara —dijo Lily, y continuó trabajando—. Es un gran zigzag.

—Cherry Lagos —dijo Tacey. Levantó su aguja hasta la luz menguante de la ventana que había cesado de trepidar—. Ella creía que había dos muchachos enamorados de ella. El otro día...

—¿Sería un Lobos? —preguntó Lily.

—El otro día —prosiguió Tacey (deslizando de primera intención una hebra de seda verde como la envidia en el ojo de la aguja)— el muchacho Lobos tuvo una pelea terrible... con...

—El rival.

—Un tercero. Cherry ni se enteró. En los Bosques. Ella es...

—Tres, tres —canturreó Lucy, y en el segundo «tres» Lily se unió a ella en una octava más grave—. Tres, tres, los rivales; dos, dos, los inocentes galanes. Vestidos todos de verde-limón.

—Es —dijo Tacey— prima nuestra, o algo así.

—Uno es uno —cantaron sus hermanas.

—Los perderá a los tres —dijo Tacey.

—... Y sólita, sola para siempre quedará.

—Deberías usar las tijeras —dijo Tacey, viendo a Lucy de cara contra la colcha empeñada en cortar una hebra con los dientes.

—Y tú no deberías meterte...

—En lo que no te importa —dijo Lily.

—Pico largo y nariz corta —dijo Lucy.

Cantaron de nuevo: Cuatro por los evangelistas.

—Huirán —dijo Tacey—. Los tres.

—Para nunca volver.

—No pronto, en todo caso. Como quien dice, nunca.

—Auberon...

—El bisabuelo August.

—Lila.

—Lila.

Las agujas que pasaban al envés de la tela brillaban cuando las volvían a sacar estirando la hebra en toda su longitud; y cada vez que las sacaban las hebras eran más cortas hasta que quedaban integradas a la tela, y tenían que cortarlas y enhebrar otras en los ojos de sus agujas. Sus voces eran tan quedas que si alguien las estuviera escuchando no sabría quién decía qué, ni si estaban realmente conversando o tan sólo musitando cosas sin sentido.

—Será divertido —dijo Lily— verlos a todos de nuevo.

—Todos de vuelta en casa.

—Vestidos todos de verde-limón.

—¿Y nosotros estaremos allí? ¿Estaremos todos? ¿Dónde será eso, dentro de cuánto tiempo, en qué lugar del bosque, en que estación del año?

—Estaremos.

—Casi todos.

—Allí, pronto, no el tiempo de una vida, en todas partes, el día más largo del verano.

—Qué enredo —dijo Tacey, y sacó de su costurero, en el que sin duda un niño había metido mano, o tal vez un gato, un puñadito de cosas: hilo dé seda rojo brillante como la sangre, y negro algodón de zurcir, una madeja de lana color oveja, un alfilerito o dos, y colgando de todo ello, y girando en el extremo de una hebra como una araña cuando desciende, un trocito de una tela bordada con lentejuelas.