Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 54 de 210

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Pqueño, grande

Algunas notas

—Y automóviles, August..., ¿qué pensarían ellos? El ruido, y el olor. La... la insolencia. ¿Que podrían pensar? ¿Y si los echaras de aquí?

—No, Ma, por favor, no.

—Ellos son temibles, August, tú te acuerdas de aquella vez, cuando eras chiquitín, aquella vez de la avispa, te acuerdas de lo furioso que se puso el pequeñito. Tú lo viste. Y si.... y si eso los enfureciera ¿no tramarían algo, o algo tan horrendo...? Podrían, tú sabes que podrían.

—Yo era apenas un crío.

—¿Todos vosotros lo olvidáis? —dijo ella, no como si le hablara a él, sino como si ella misma se interrogase, como si interrogase a una percepción extraña que acababa de tener—. ¿Todos los olvidáis, realmente? ¿Es eso? ¿Lo olvidó Timmie? ¿Todos vosotros? —Levantó entre sus manos la cara de él para estudiarla.— August, ¿lo has olvidado o...? No debéis, no debéis olvidar; si lo hacéis...

—¿Y si a ellos no les importara? —dijo August, derrotado—. ¿Si a ellos les importara un bledo? ¿Cómo puedes estar tan segura de que les importa? Tienen todo un mundo para ellos ¿no?

—No lo sé.

—El Abuelo decía...

—Oh, por favor, August, yo no sé.

—Bueno —dijo él, desprendiéndose de ella—, en ese caso, iré a preguntar, iré a pedirles permiso. —Se levantó.— Les pediré permiso, y sí ellos dicen que está bien, entonces...

—No creo que ellos lo aprobaran.

—Ya, pero ¿y si lo hacen?

—¿Cómo puedes estar seguro? Oh, August, no hagas eso, ellos podrían mentir. No, prométeme que no lo harás. ¿Adonde vas?

—Voy a pescar.

—¿August?

 

Algunas notas

Tan pronto como August se hubo marchado, los ojos volvieron a llenársele de lágrimas. Se restregó con impaciencia las gotas calientes, las gotas que le rodaban por las mejillas sólo porque ella no podía explicar; no había forma de decir nada de lo que sabía, no existían palabras para hacerlo, y cada vez que lo intentaba, el mero intento hacía que todas sus palabras se transformaran siempre en mentiras o estupideces. Ellos son temibles, le había dicho a August. Ellos pueden mentir, había dicho. No, eso no era cierto, ni lo uno ni lo otro. Ellos no eran temibles, y no podían mentir. Esas cosas sólo son ciertas cuando uno se las dice a los niños, como es cierto cuando se le dice a un niño que «Abuelo se ha marchado de viaje» cuando el Abuelo ha muerto, cuando ya no habrá más Abuelo que se vaya o que venga. Y el niño dice: ¿Adonde se ha marchado el Abuelo? Y tú piensas entonces una respuesta un poco menos verdadera que la anterior, y así sucesivamente. Y sin embargo, has sido veraz con él, y él ha comprendido, al menos tanto como has comprendido tú.

Pero sus hijos ya no eran niños.

Tantos años como había intentado, con la ayuda de John, poner en palabras, con las palabras de un lenguaje adulto, lo que ella sabía: redes para cazar los vientos, los Significados, la Intención, la Solución. Y tan cerca que había estado él, oh, el gran hombre bondadoso, tan cerca como se puede llegar con la inteligencia, la disciplina mental, la acuciosa atención.

Pero no había Significados, no había ninguna Intención, ninguna Solución. Pensar en ellos en esos términos era como pretender hacer una tarea cuando lo que uno hace es, simplemente, mirarse en un espejo; tus manos, por mucho que te empeñes, hacen lo contrario de lo que les ordenas hacer, en vez de ir hacia un lugar, se alejan; a la izquierda, no a la derecha, hacia delante, no hacia atrás. Ella se imaginaba a veces que el sólo pensar en ellos no era nada más que eso: era mirarse en un espejo. Pero incluso eso, ¿qué podía significar?

Ella no quería que sus hijos fuesen bebés para siempre, este país parecía estar lleno de gente que se desesperaba por crecer, y si bien ella no había tenido nunca la sensación de crecer, no pretendía impedir que otros lo hicieran, pero le daba miedo: si sus hijos se olvidaran de lo que habían sabido de pequeños, estarían en peligro. De eso estaba segura. ¿Qué peligro? ¿Y cómo, por amor al Cielo, cómo haría para ponerlos en guardia?

No había respuestas, ninguna respuesta. Todo cuanto estaba al alcance del poder de la mente y del lenguaje tenía que volverse más preciso según como se formularan las preguntas. John le había preguntado: ¿Existen las hadas realmente? Y no había respuesta para eso. Él había puesto entonces todo su empeño, y la pregunta se había vuelto más circunstancial y tentativa, y al mismo tiempo más exacta y precisa; y aun así no había respuestas, sólo la forma cada vez más completa de la pregunta, evolucionando del mismo modo que, según le explicara Auberon, evolucionaba toda vida, extendiendo miembros e inventando órganos, tejiendo coyunturas, actuando e interviniendo de formas cada vez más complejas y a la vez más compactas y definidas, hasta que la pregunta, perfectamente formulada, incluía su propia incontestabilidad. Y de pronto, eso tuvo un fin. La última edición, y John murió esperando todavía la respuesta.

Y sin embargo había cosas que ella sabía. Encima de la mesa de caoba obscura estaba la máquina de escribir de John, alta y negra, huesuda y cascaruda como un viejo crustáceo. Por el bien de August, por el bien de todos, ella tenía que decir lo que sabía. Fue hasta la máquina, se sentó frente a ella, y apoyó las manos sobre el teclado, como lo haría un pianista, pensativamente, antes de empezar a tocar algún nocturno suave, melancólico, casi inaudible; entonces notó que no había papel en el rodillo. Buscarlo le llevó cierto tiempo; y la hoja de su cuaderno de notas, cuando la hubo insertado entre las mandíbulas de la máquina, parecía pequeña y temerosa, poco dispuesta a recibir los golpes de las teclas. Pero empezó, utilizando dos dedos, y tecleó lo siguiente:

notas de Violet sobre ellos

y debajo de esta frase la palabra que el Abuelo solía escribir en los diarios que esporádicamente llevaba:

tacenda

Y ahora ¿qué? Movió el espaciador, y escribió:

ellos no nos quieren bien

Reflexionó un momento y luego, a renglón seguido, agregó:

ellos tampoco nos quieren mal

Lo que había querido decir era que a ellos no les importaba, que sus preocupaciones no eran las nuestras, que si traían regalos —y los traían—; si tramaban un casamiento o un accidente —y lo habían hecho—; si espiaban y acechaban —y lo hacían, por cierto—, nada de ello era con la intención de ayudar o dañar a los mortales. Que sus razones —si tenían alguna— eran exclusivamente de ellos, y ella a veces pensaba que no, no más que las piedras o las estaciones.

ellos son creados no nacidos

Consideró esta frase, mejilla en mano, y dijo «No», y con una x tachó cuidadosamente la palabra «creados», y escribió encima «nacidos», y luego tachó con una x la palabra «nacidos» y escribió encima «creados», y entonces cayó en la cuenta de que ninguna de las dos era más verdadera que la otra. ¡Inútil! ¿No podría jamás pensar algo sobre ellos sin que la idea contraria fuese igualmente cierta? Bajó una línea suspirando, y escribió:

nunca dos puertas hacia ellos son iguales

¿Era eso lo que habia querido decir? Quería decir que lo que para una persona era una puerta no sería una puerta para otra. Quería decir, también, que cualquier puerta, una vez traspuesta, cesaba para siempre de ser una puerta, que ni siquiera se podría volver a salir por ella. Quería decir que nunca dos puertas conducen al mismo lugar. Quería decir que no había puertas que condujeran hacia ellos. Y sin embargo: encontró, en la hilera superior del teclado, un asterisco (ignoraba que la máquina tuviese ese signo) y lo agregó a la última frase, de modo que ahora quedó así:

nunca dos puertas hacia ellos son iguales*