Pqueño, grande
El Arte de la Memoria
Sin embargo, los cultores más insignes del Antiguo Arte, cuanto más tiempo habitaban en sus Casas de la Memoria, descubrían en ellas ciertas propensiones extrañas, y los cultores modernos (o la cultora, más bien, puesto que sólo hay una con verdadero talento, y ella guarda el secreto) han sutilizado y complicado todavía más, por razones propias, el sistema.
Se había descubierto, por ejemplo, que las figuras simbólicas con expresiones vividas, una vez instaladas en sus sitios correspondientes, están expuestas a sufrir, mientras esperan ser convocadas, ciertas alteraciones sutiles. Aquella monja violada que simbolizaba Sacrilegio puede, cuando se la vuelve a ver al pasar, haber adquirido en la boca y los ojos una expresión depravada, y un toque de impudicia en su deshabillé que más parece, Comoquiera, provocativo que forzado. Y el Sacrilegio se transforma en Hipocresía, o adopta al menos algunos de sus aspectos; y así, el recuerdo que ella simboliza se altera quizá de formas instructivas. Además: a medida que la Casa de la Memoria crece, se producen conjunciones y perspectivas que su constructor no pudo haber concebido con antelación. Si le incorpora por necesidad una nueva ala, ésta deberá de algún modo colindar con la casa originaria; así, una puerta que antes daba a un jardín herboso podría, al abrirse de súbito al empuje de una ráfaga de viento, mostrar a su sorprendido dueño su hermosa galería nueva invadida por recuerdos recién instalados, provenientes, por así decir, del trastero, girando hacia la izquierda y mirando en la dirección equivocada —también instructiva—; y podría asimismo ocurrir que esa nueva galería fuese un atajo que conduce al iglú en el que alguna vez guardó, y luego olvidó, un invierno lejano.
Olvidó, sí: porque otra característica de las Casas de la Memoria es que su constructor y ocupante puede perder cosas en ella, como sucede en cualquier otra casa: el ovillo de cuerda que estaba seguro de haber guardado junto con los sellos postales y la cinta adhesiva en el cajón del escritorio, o en el armario del vestíbulo con el martillo, las tachuelas y el alambre para los cuadros, pero que cuando lo busca no está en ninguno de esos sitios. De la Memoria Natural u ordinaria las cosas pueden desvanecerse, pura y simplemente: uno ni siquiera se acuerda de que las ha olvidado. La ventaja de contar con una Casa de la Memoria consiste en que uno sabe con certeza que en ella, en alguna parte, tienen que estar.
Ésa era pues la razón por la cual Halcopéndola estaba ahora buscando y rebuscando algo en uno de los desvanes más antiguos de sus mansiones de la memoria, algo que había olvidado, pero sabía que estaba allí.
Había estado releyendo un ars memorativa de Giordano Bruno intitulada De Umbrisidearum, un enjundioso tratado sobre los símbolos, signos y emblemas que se han de utilizar en las formas más elevadas del arte. Su ejemplar de la edición príncipe tenía algunas notas marginales manuscritas con una impecable caligrafía cursiva, a menudo esclarecedoras, pero intrigantes las más de las veces. En una página en la que Bruno indica las diferentes categorías de símbolos que es menester utilizar para los distintos propósitos, el comentarista había acotado: «Como en las cartas del retorno de R.C., hay Personas, Lugares, Cosas, etc., cuyos emblemas o cartas son para recordar o predecir, y para el descubrimiento de mundos diminutos». Ahora bien, «R.C.» podía significar «Romano Católico», o quizá —aunque menos probable— «Rosacruz». Pero ese campanilleo que escuchaba, distante, desde allá, pensó Halcopéndola, donde antaño ella guardara su infancia lejana, era la resonancia de «personas, lugares y cosas».
Con cautela, pero con impaciencia creciente, avanzó a través de aquella miscelánea, su perro Chispa, un viaje a Rockaway, su primer beso; el contenido de los arcones la intrigaba, y se internaba en los inútiles corredores de las reminiscencias. En cierto lugar ella había guardado un cencerro viejo y oxidado: por qué, no tenía al principio ni la más vaga idea. Tentativamente, lo hizo sonar. Era el campanilleo que había escuchado, y al instante se acordó de su abuelo (a quien, ¡por supuesto!, el cencerro simbolizaba, ya que había sido granjero en Inglaterra hasta que emigró a esta ciudad sin vacas). Ahora lo distinguía con toda claridad, allí, donde ella lo dejara instalado, bajo el manto de la chimenea, junto con los cacharritos Toby cuyas caras se parecían a la de él, en una poltrona destartalada: hacía girar el cencerro entre sus manos como solía hacerlo antaño con su pipa.
Le preguntó:
—¿No me hablaste tú una vez de ciertas cartas con personas y lugares y cosas?
—Puede ser.
—¿A propósito de qué?
Silencio.
—Bueno, de mundos diminutos, entonces.
La luz de un Sol pretérito disipaba las sombras en aquel desván, y ella estaba sentada a los pies de su abuelo en el antiguo apartamento.
—Eran la única cosa de valor que encontré en toda mi vida, y las desperdicié regalándoselas a una chica tonta. Cualquier trujamán me habría dado veinte chelines por ellas, de eso estoy seguro, tan antiguas eran y tan bonitas. Las encontré en una cabaña que el dueño de las tierras quería demoler. Y ella era una chica que decía que veía hadas y duendes y cosas por el estilo. Y su padre era otro igual a ella. Violet se llamaba. Y yo le dije: «Entonces, échame con ellas la buenaventura, si es que puedes». Y ella las barajó..., y había figuras en ellas, de personas y lugares y cosas, y se rió y me dijo que me iba a morir viejo y solo en un cuarto piso, y nunca más quiso devolverme esas barajas que yo había encontrado.
Era eso, entonces. Volvió a poner en su sitio el cencerro (respetando el orden de su infancia, al lado de un manoseado mazo de barajas para jugar a la mona de ese mismo año, sólo para que el nexo permaneciera claro) y cerró aquel desván.
Mundos diminutos, reflexionó, mientras contemplaba la calle a través de los cristales racheados por la lluvia de la ventana de la salita. Para descubrir mundos diminutos. Nunca había oído mencionar esas cartas a propósito de ninguna otra cosa. Las personas y los lugares y las cosas eran los símbolos reminiscentes del Arte de la Memoria, cuya práctica requiere que se elija un lugar y se imagine vividamente a una persona mostrando sus elementos emblemáticos. Y «el retorno de R.C.»: si fuera el «Hermano R.C.» de los Rosacruces lo que esas letras significaban, habría que situar las cartas en el primer arrebato de entusiasmo Rosacruz, lo cual —apartó de un empujón la bandeja con el té y las tostadas y se limpió los dedos— también podría explicar lo de los mundos diminutos. De muchos sabía el pensamiento arcano.
El atanor de los alquimistas, por ejemplo, el Huevo Filosófico en cuyo interior se verifica la trasmutación de base en oro, ¿no era acaso un microcosmos, un mundo diminuto? Cuando los libros negros decían que se debía comenzar la Obra en el signo de Acuario y concluirla en el de Escorpio, no se referían por cierto a esos signos tal como se suceden en la esfera celeste, sino como se sucedían en el universo del Huevo mismo, el Huevo mundiforme que contiene al mundo. Y la Obra no era sino el Génesis: el Hombre Rojo y la Dama Blanca, cuando aparecían, microscópicos dentro del Huevo, eran el alma del Filósofo mismo, como un objeto del pensamiento del Filósofo, a su vez un producto de su alma, y así sucesivamente, regressus ad infinitum, y, por añadidura, en ambas direcciones. Y el Arte de la Memoria, ¿no había acaso el Arte introyectado, en los círculos finitos de su cráneo, el cráneo de Halcopéndola, los poderosos círculos de los cielos? Y ese mecanismo, una vez introyectado ¿no había regido desde entonces su memoria y su percepción, por ende, de los sucesos sublunares, celestiales e infinitos? La descomunal carcajada de Bruno cuando comprendió que Copérnico había invertido el universo, ¿qué era sino el júbilo de ver confirmada su convicción de que la Mente, en el centro de todas las cosas, contiene todas las cosas de las que es el centro? Si a la Tierra, el antiguo centro, se la viera ahora realmente girar más o menos a mitad de camino entre el centro y el espacio exterior, y si el Sol, que antes giraba en una órbita a mitad de camino del espacio exterior, fuese ahora el centro, tendría que haberse producido en el cinturón de las estrellas una torsión como la de la banda de Moebius; ¿y adonde habría ido a parar, entonces, la antigua circunferencia? Era, en un sentido estricto, absolutamente inimaginable: el Universo estallaría en el infinito, un círculo en el cual la Mente, el centro, estaría en todas partes, y la circunferencia en ninguna. El espejo engañoso de lo finito se hacía añicos, Bruno reía a carcajadas, los dominios siderales se convertían en un brazalete de gemas en una mano.
En fin, todo eso era historia antigua. Cualquier escolar (en las escuelas en que se había educado Ariel Halcopéndola) sabía que los mundos diminutos eran grandes. Si esas cartas estuvieran en sus manos, ella no dudaba de poder averiguar en un momento qué mundos diminutos, exactamente, servían para descubrir: y tampoco dudaba de haber viajado por ellos. Sin embargo, ¿serían esas cartas las que encontrara y perdiera su abuelo? ¿Y serían, además, las mismas cartas en las que Russell Eigenblick pretendía estar? Una coincidencia de tal magnitud no le parecía improbable a Halcopéndola: en su Universo no existía el azar. Mas de cómo proseguir la búsqueda, y llegar a saber, no tenía la más vaga idea. Y esa senda, en verdad, se parecía tanto a un callejón sin salida que optó, de momento, por abandonarla. Eigenblick no era Romano Católico, y los Rosacruces, como todo el mundo sabe, eran invisibles, y Russell Eigenblick, cualesquiera otras cosas que pudiera ser, era en todo caso muy visible.
—Al demonio con todo —murmuraba cuando sonó el timbre de la puerta de la calle.
Consultó su reloj. Pese a que el día estaba obscuro ya como la noche, la Doncella de Piedra aún dormía. Salió al recibidor, sacó del paragüero un pesado bastón, y abrió la puerta.
Engabanada, tocada de ala ancha, transida por la lluvia, castigada por el viento, la negra figura detenida en el umbral la sobresaltó por un instante.
—Servicio Alado de Mensajería —dijo el hombre—. Hola, señora.
—Hola, Fred —dijo Halcopéndola—. Me has dado un susto. —Por primera vez había comprendido el peyorativo «Mandinga»—. Adelante, adelante.
Fred no quiso pasar más allá del recibidor, porque chorreaba agua; y allí se quedó, chorreando, mientras esperaba a Halcopéndola, que volvió trayendo whisky en una copa de vino.
—Días sombríos —dijo, cogiendo la copa.
—Santa Lucía —dijo ella—. Los más sombríos.
Fred rió entre dientes, sabiendo que ella sabía que no era sólo al clima a lo que él se había referido. Apuró el whisky y de su cartera forrada de plástico sacó el abultado sobre que traía para ella. Halcopéndola firmó la libertad de Fred.
—Mal día para trabajar —dijo.
—Ni la lluvia ni la nieve ni el granizo —dijo Fred—, y el buho, pese a todas sus plumas, pilló un romadizo.
—¿No quieres quedarte un momento? —dijo ella—. La chimenea está encendida.
—Si me quedara un momento —Fred Savage se inclinó hacia un lado— me quedaría una hora —y se inclinó hacia el otro lado vertiendo chorros de lluvia del ala de su sombrero—. Es así la cosa. —Se enderezó, saludó con una reverencia, y se marchó.
No había hombre más honrado que él, cuando trabajaba, cosa que no sucedía con demasiada frecuencia. Halcopéndola (mientras imaginaba a Fred como una bobina o una lanzadera que pespunteaba de arriba abajo la lluviosa ciudad) cerró la puerta y regresó a su salita.
El abultado sobre contenía un fajo de billetes flamantes de alta denominación, y una brevísima nota en el papel timbrado del Club Bullicio de Bridge, Pesca y Tiro. «Honorarios según lo convenido por el asunto de R.E. ¿Ha llegado usted a alguna conclusión?» No traía firma.
Dejó caer la esquela sobre el legajo abierto de Bruno que había estado estudiando, y contando los suculentos honorarios que aún no había devengado, se disponía a ir a sentarse junto al fuego, cuando una conexión súbita, furtiva, se estableció en su mente. Volvió a la mesa, encendió una lámpara posterior, y estudió de cerca, con detenimiento, la nota marginal que en un principio alimentara el torrentoso río de ideas, ese río que la esquela del Club acababa de desviar de su curso.
La caligrafía cursiva se caracteriza por su legibilidad. No obstante, algunas veces las presuntuosas mayúsculas, si han sido trazadas a prisa, pueden dar lugar a confusiones. Y sí: observada de cerca, no cabia duda alguna: allí donde ella había leído «el retorno de R.C.» debía leerse «el retorno de R.E.».
¿Dónde demonios, si es que aún existían, estaban esas cartas?