Pqueño, grande
Lentamente me vuelvo
—¿Conejo esta noche? —estaba diciendo Fumo al entrar en la cocina—. ¿A qué se debe todo el alboroto? —Al ver a Auberon dio un traspié, y los libros que llevaba bajo el brazo resbalaron al suelo.
—Hola, hola —dijo Auberon, contento de haber tomado al menos a uno de ellos por sorpresa.
Lentamente me vuelvo
También Sophie había sabido que Auberon estaba camino de casa, aunque el autobús había retrasado sus cálculos en un día. Tenía muchos consejos para dar, y muchas cosas que preguntar; pero de consejos Auberon no quería ni oír hablar, y en cuanto a sus preguntas, intuyó que no las contestaría, de modo que las calló, contentándose de momento con lo poco que él quisiera contar y que muy escasamente daba cuenta de sus meses en la Ciudad.
Durante la cena dijo:
—Bueno, es agradable tener a todo el mundo de vuelta. Por una noche.
Auberon, mientras devoraba visceras como un hombre que ha vivido meses y meses de perritos calientes y panecillos del día anterior, alzó los ojos de su plato y la miró intrigado; pero ella, no consciente, al parecer, de haber dicho nada raro, desvió la mirada; y Tacey empezó a contar una historia sobre el divorcio de Cherry Lagos, después de apenas un año de casada.
—Esto es una delicia, Ma —dijo Auberon, y se sirvió otra porción, y siguió comiendo, y pensando.
Más tarde, en la biblioteca, él y Fumo compararon ciudades: la de Fumo, años atrás, y la de Auberon.
—Lo mejor —dijo Fumo—, o lo más emocionante, era esa sensación que siempre tenías de estar a la cabeza del desfile. Quiero decir que aunque todo lo que hicieras fuera estar sentado en tu cuarto, lo sentías, sabias que allá fuera en las calles y entre los edificios iba avanzando, bum bum bum, y que tú formabas parte de él y que todos los demás en todas partes iban detrás de ti a los tropezones. ¿Sabes lo que quiero decir?
—Supongo —dijo Auberon—. Supongo que las cosas han cambiado. — Hamletiano en una camiseta de punto y unos pantalones negros que había encontrado entre sus ropas viejas, estaba sentado un tanto doblado en dos en un alto sillón de cuero capitoneado. Una única lamparilla brillaba sobre la botella de brandy que había abierto Fumo. Alice había sugerido que él y Auberon deberían tener una larga charla; pero al parecer les estaba resultando difícil encontrar temas de conversación.— A mí siempre me parecía que todo el mundo en todas partes se había olvidado por completo de nosotros. —Acercó su copa y Fumo vertió en ella un dedo de brandy.
—Bueno, pero las muchedumbres —dijo Fumo—. Ese ir y venir, y toda esa gente bien vestida; todo el mundo corriendo para acudir a citas.
—Hum —dijo Auberon.
—Creo que es...
—Bueno, quiero decir que creo que sé lo que dices que tú pensabas, quiero decir que lo que piensas era...
—Creo que yo pensaba...
—Supongo que ha cambiado —dijo Auberon.
Se hizo un silencio. Cada uno miraba fijamente su copa.
—Bueno —dijo Fumo—. Como sea. ¿Cómo la conociste?
—¿A quién? —Auberon se puso tenso. Había temas que no estaba dispuesto a discutir con su padre. Que ellas con sus cartas y su sexto sentido pudieran sondear su corazón y conocer sus secretos, era ya más de lo que se sentía capaz de soportar.
—A esa mujer que vino a visitarnos —dijo Fumo—. A esa señorita Halcopéndola. La prima Ariel, como dice Sophie.
—Oh. En un parque. Entramos en conversación... Un parquecito que decía, mira por dónde, que había sido construido por el viejo John, y sus socios, hace añares.
—Un parquecito —dijo Fumo, sorprendido—, con extraños senderos curvilíneos, que...
—Sí —dijo Auberon.
—Que van hacia el interior, sólo que no es así, y...
—Sí.
—Fuentes, estatuas, un puentecito...
—Sí, sí.
—Yo solía ir allí —dijo Fumo—. ¿Qué te parece esto?
A Auberon no le parecía nada, realmente. No dijo nada.
—A mí, por alguna razón —dijo Fumo—, siempre me hacía pensar en Alice. — Súbitamente devuelto a su pasado, Fumo recordaba, con asombrosa vivacidad, el pequeño parque estival, y sentía, paladeaba casi, con la lengua de la imaginación, el sabor de la estación de su primer amor por Alice. Cuando tenía la edad de Auberon. — ¿Qué te parece esto? —dijo de nuevo, con aire soñador, paladeando un cordial en el que años atrás fueran destilados los frutos de todo un verano. Miró a su hijo Auberon, contemplaba con aire sombrío el fondo de su copa de brandy. Y Fumo intuyó que se estaba acercando a una encrucijada o a un tema doloroso. Qué extraño, sin embargo, el mismo parque—. Bueno —dijo, y se aclaró la voz—. Parece ser toda una mujer.
Auberon se pasó la mano por la frente.
—Esa persona, quiero decir, esa Halcopéndola.
—Oh. Oh, sí. —Auberon carraspeó a su vez, y bebió.— Loca, me pareció, no sé.
—¿Oh? Oh. No me parece. No más que... Tenía sin duda mucha vitalidad. Quiso ver la casa de cabo a rabo. Decía algunas cosas interesantes. Hasta trepamos a la vieja orrería. Dijo que ella tenía una, en su casa de la Ciudad, diferente, pero construida sobre los mismos principios, tal vez por la misma persona. —Se había animado, como esperanzado.— ¿Sabes una cosa? Ella creía que la podríamos hacer funcionar de nuevo. Yo le hice ver que estaba toda oxidada, porque, ¿sabes?, la rueda maestra por alguna razón está inmóvil, atascada en el aire, pero ella dijo, en fin, que creía que el mecanismo básico todavía está en perfectas condiciones. No sé cómo pudo decir eso, pero ¿no sería divertido? Después de todos estos años. Yo pensaba hacer la prueba. Limpiarla bien... y ver...
Auberon miró a su padre. Empezó a reírse. Esa cara ancha, plácida, simple. ¿Cómo pudo él haber pensado alguna vez...?
—¿Sabes una cosa? —dijo—. Cuando yo era chico, pensaba que sí, que se movía.
—¿Qué?
—Claro. Pensaba que se movía, sí, y creía que yo podía demostrar que se movía.
—¿Por sí sola, quieres decir? ¿Cómo?
—Yo no sabía cómo. Pero pensaba que se movía, y que todos vosotros lo sabíais y no queríais que yo lo supiera.
Fumo también se rió.
—Vaya, ¿por qué? —dijo—. ¿Por qué, quiero decir, lo mantendríamos en secreto? Y de todas formas, ¿cómo hubiera podido? ¿Con qué energía?
—Yo no lo sé, Papá —dijo Auberon, riendo más fuerte, aunque la risa parecía tender a licuarse en llanto—. Por sí misma. No lo sé. —Se levantó, desenroscándose de su sillón capitoneado.— Yo pensaba —dijo—, oh, demonios, no lo puedo recrear, por qué pensaba yo que era importante, quiero decir por qué eso era importante, pero yo pensaba que os iba a hacer confesar la verdad...
—¿Qué? ¿Qué? —dijo Fumo—. Bueno, y ¿por qué no preguntaste? Una simple pregunta, quiero decir...
—Papá —dijo Auberon—, ¿te parece a ti que aquí, en esta casa, se ha podido hacer alguna vez una simple pregunta?
—Bueno...
—Está bien —dijo Auberon—. Está bien, te voy a hacer una simple pregunta, ¿de acuerdo?
Fumo se sentó muy erguido en su silla. Auberon ya no se reía.
—De acuerdo —dijo.
—¿Tú crees en las hadas? —preguntó Auberon.
Fumo alzó los ojos y miró a su alto hijo. Durante todo el tiempo que vivieron juntos, había sido como si él y Auberon hubiesen estado espalda contra espalda, inmovilizados en esa posición e incapaces de darse vuelta. Habían tenido que comunicarse por vía indirecta, a través de otros, o estirando el cuello y hablando por el costado de la boca; habían tenido que adivinar cada uno de los gestos y actos del otro. De vez en cuando uno u otro podía intentar un giro rápido para tomar al otro desprevenido, pero eso nunca había resultado, no del todo, el otro seguía estando atrás y mirando para el otro lado, como en la vieja pieza de vodevil. Y el esfuerzo de comunicación en esa postura, el esfuerzo de hacerse entender, a menudo había sido excesivo para ambos, y habían desistido, la mayor parte de las veces. Pero ahora —tal vez a causa de lo que le había acontecido a él en la Ciudad, cualquier cosa que fuese, o quizá sólo el correr del tiempo, que había desgastado el lazo que los ataba y los mantenía aislados—, Auberon se había dado vuelta. Lentamente me vuelvo. Y lo único que ahora faltaba era que también Fumo se volviera y se miraran los dos, cara a cara.
—Bueno —dijo—, «creer», no sé; «creer», ésa es una palabra...
—Huy, huy —dijo Auberon—. Nada de comillas.
Ahora Auberon estaba casi encima de él, observándolo desde su altura, esperando.
—De acuerdo —dijo Fumo—. La respuesta es no.
—¡Por fin! —exclamó Auberon, con triunfal amargura.
—Nunca creí.
—Ya veo.
—Por supuesto —dijo Fumo—, no hubiera estado bien decirlo, ¿sabes?, ni preguntar abiertamente qué era lo que pasaba aquí en realidad; nunca quise echar a perder las cosas por no... no entrar en el juego. Así que nunca dije nada. Nunca hice preguntas, nunca. Y menos aún preguntas simples. Espero al menos que tú hayas notado eso, porque no siempre fue fácil.
—Lo sé —dijo Auberon.
Fumo bajó la vista.
—Perdóname por eso —dijo—, por haberte engañado..., si lo hice, supongo que no; y por andar como espiándote o algo así..., tratando de entender lo que pasaba, cuando se suponía todo el tiempo que yo estaba al tanto de todo, lo mismo que tú. — Suspiró.— No era tan fácil —dijo—. Vivir una mentira.
—Espera un segundo —dijo Auberon—. Papá...
—Y a ninguno de vosotros parecía importarle, realmente. Excepto a ti, creo. Bueno. Y no me parecía que a ellos les importase que yo no creyese en su existencia, ya que el Cuento seguía y tal, de todos modos... ¿No? Sólo que yo, lo reconozco, me sentía, sí, un poco celoso. Celoso de ti. Quién sabe.
—Escucha, Papá, escucha.
—No, si está bien —dijo Fumo. Si iba a mirar de frente, por Dios que lo haría—. Sólo que... Bueno, siempre me pareció que tú..., sólo tú..., no los otros..., podías haberlo explicado. Que tú querías explicarlo pero no sabías cómo. No, si está todo claro. —Alzó una mano para atajar cualquier posible evasión o equivocación de parte de su hijo.— Ellas, Alice, quiero decir, y Sophie y la tía Nube..., incluso las chicas..., ellas decían todo lo que podían, creo yo, sólo que nunca, nada de cuanto ellas pudieran decir era una explicación, no una explicación, por más que ellas creyesen que lo era, tal vez ellas creían haberlo explicado una y mil veces y que yo era demasiado estúpido para entender, y puede que lo fuera. Pero yo solía pensar que tú... no sé por qué... que tal vez yo a ti pudiera comprenderte, y que tú estabas siempre a punto de desembuchar...
—Papá...
—Y que si desde el comienzo andábamos desencontrados era porque tú tenías que ocultarlo, y por lo tanto tenías que ocultármelo a mí...
—¡No! No, no, no...
—Y lo lamento, de verdad, si acaso tú sentías que yo te estaba espiando todo el tiempo y metiéndome en tu vida y todas esas cosas, pero...
—¡Papá! Papá, ¿quieres por favor escucharme un segundo?
—Pero bueno, ya que estamos haciendo preguntas simples, me gustaría saber qué era lo que tú...
—¡Yo no sabía nada! —El grito pareció despertar a Fumo, porque alzó los ojos para ver a su hijo contraído, en una actitud de recriminación o confesión, y un fulgor demente en la mirada.
—¿Qué?
—¡Yo no sabía nada! —Repentinamente, Auberon se dejó caer de rodillas a los pies de su padre, su infancia entera dada vuelta de un manotazo vertiginoso: tenía ganas de echarse a reír, a reír como un demente.— ¡Nada!
—Acábala de una vez —dijo Fumo, intrigado—. Yo creía que por fin íbamos a hablar claro.
—¡Nada!
—Entonces ¿por qué siempre lo estabas ocultando?
—¿Ocultando qué?
—Lo que sabías. Un diario secreto. Y todas esas insinuaciones fantásticas...
—Papá. Papá. Si yo hubiera sabido algo que tú no sabías..., si yo hubiera sabido..., ¿habría pensado que la vieja orrería funcionaba y que nadie quería decírmelo? ¿Y qué me dices de La arquitectura de las casas quintas, que tú no quisiste explicarme...?
—¡Que yo no te quise explicar! Eras tú quien creía saber qué era...
—Bueno, ¿y lo de Lila?
—¿Lo de Lila?
—Bueno, ¿qué le pasó? La de Sophie, quiero decir. ¿Por qué nadie me lo dijo nunca? —Agarró las manos de su padre.— ¿Qué fue lo que le pasó? ¿Adonde fue?
—¿Y bien? —preguntó Fumo, frustrado hasta la desesperación—. ¿Adonde?
Se miraban uno a otro desafiantes, todo preguntas, ni una sola respuesta; y en el mismo momento comprendieron eso. Fumo se palmeó la frente con la mano.
—Pero cómo pudiste pensar que yo... que yo..., era tan evidente, quiero decir, que yo no sabía...
—Bueno, yo no estaba seguro —dijo Auberon—. Pensaba que a lo mejor tú fingías. Pero no podía estar seguro. ¿Cómo podía estar seguro? No podía correr ningún riesgo.
—Entonces, ¿por qué no...?
—No, no lo digas —dijo Auberon—. No digas: «¿Por qué no lo preguntaste?». Por favor, no.
—Oh, Dios —dijo Fumo, riendo—. Oh, Dios.
Auberon se sentó en el suelo, meneando la cabeza.
—Tanta faena —dijo—. Tanto esfuerzo.
—Me parece —dijo Fumo—, me parece que tomaré otro traguito de este brandy, si puedes acercar la botella. —Buscó a tientas su copa vacía, que había rodado por el suelo hacia la obscuridad. Auberon sirvió, para su padre y para él, y durante un largo rato guardaron silencio, mirándose de tanto en tanto por el rabillo del ojo, riéndose un poco, meneando la cabeza.— Bueno, ¿no es gracioso? —dijo Fumo—. ¿Y no sería de verdad gracioso —añadió, al cabo de un momento— si ninguno de nosotros supiéramos realmente nada de nada? Si por ejemplo tú y yo subiéramos ahora al cuarto de tu madre... —Se reía sólo de pensarlo.— Y le dijéramos, Oye...
—No sé —dijo Auberon—. Apuesto...
—Sí —dijo Fumo—. Sí. Yo estoy seguro. Bueno. —Recordó al doctor, años atrás, durante una expedición de caza que Fumo y él habían hecho cierta tarde de octubre. El doctor, pese a ser él mismo el nieto de Violet, ese día le había aconsejado a Fumo que era mejor no indagar demasiado a fondo ciertas cosas. En lo que está dado, lo que no puede cambiarse. Y ¿quién podía hoy imaginar lo que el propio doctor había sabido, después de todo, lo que se había llevado consigo a la tumba? El día mismo de su llegada a Bosquedelinde, la tía abuela Nube había dicho: «Las mujeres la sienten más profundamente, pero los hombres quizá sufren más a causa de ella...». Había venido a compartir su existencia con una raza de guardadores de secretos avezados, y había aprendido el arte de maestros consumados, aunque él no tuviese ningún secreto que guardar. Y sin embargo sí, él tenía secretos, pensó de súbito, claro que los tenía: aunque no podía contarle a Auberon lo que le había pasado a Lila, había más de un secreto acerca de Lila y acerca de la familia Barnable que él aún seguía guardando para sí, y no tenía ni la más remota intención de revelárselo jamás a su hijo, y se sentía culpable por ello. Cara a cara: bueno. ¿Y era suspicacia o algo parecido lo que hacía que Auberon se frotase la frente, mientras otra vez miraba absorto el fondo de su copa?