Pqueño, grande
Un largo trago de agua
Veamos. Esa línea azul era al parecer el macadam resquebrajado, flanqueado por fábricas de ladrillo desmanteladas que acababa de dejar atrás. Dio vuelta el mapa para que esa línea quedara, como la carretera, paralela a su banco (no era un gran lector de mapas) y descubrió, allá lejos, el lugar al que iba. El nombre, Bosquedelinde, no figuraba, pero estaba allá, en alguna parte, en ese grupo de cinco pueblos acotados con los circulitos más insignificantes de la leyenda. Bien... Una doble línea roja bien marcada llegaba, muy ufana, con entradas y salidas, hasta las cercanías: por esa ruta no podría ir andando. Otra línea azul gruesa (sobre el modelo del sistema vascular, y Fumo imaginó el intenso tráfico que circulaba hacia el sur, hacia la urbe por las líneas azules, y alejándose de ella por las rojas) corría un poco más cerca, abriendo accesos corpusculares a villas y villorrios a lo largo del trayecto. La línea azul mucho menos esclerótica junto a la cual estaba sentado era tributaria de aquélla; hacia esa zona, probablemente, había sido desplazado el comercio: Distrito Ferretero, Emporio Alimentario, Mundo del Mueble, Tapizlandia... Bueno. Pero había además, casi indiscernible, una delgada línea negra, por la cual pronto podría tomar. Le pareció, al principio, que no conducía a ninguna parte, pero no, proseguía, indecisa, como olvidada al comienzo por el autor del mapa, para luego avanzar, cada vez más nítida, hacia los despoblados del norte y llegar a las cercanías de un pueblo que, lo sabía, quedaba en los aledaños de Bosquedelinde. Ésa, entonces. Parecía ser una senda para peatones.
Después de medir, con el pulgar y el índice, la distancia que había recorrido y la (mucho mayor) que aún le quedaba por hacer, cargó la mochila a la espalda, se inclinó el sombrero contra el Sol, y reanudó la marcha.
Un largo trago de agua
Aunque ahora, en camino, no la tuviera demasiado presente, rara vez en los casi dos últimos años, desde que se enamorara de ella, había estado lejos de sus pensamientos; la habitación en que la había conocido era un lugar al que con frecuencia volvía a asomarse en su imaginación, a veces con la misma trepidación que ese día habia sentido, si bien ahora las más de las veces con una agradecida felicidad; se asomaba, para volver a ver a George Ratón mostrándole de lejos un vaso, una pipa y a sus dos altas primas: ella, y detrás de ella su tímida hermana.
Había sido en la residencia urbana de la familia Ratón, la única vivienda todavía habitada de la manzana, en la biblioteca del tercer piso, aquella habitación que tenía los cristales de la ventana remendados con cartulinas, la obscura alfombra blanca de tan raída por las pisadas entre la puerta, el bar y las ventanas. Sí, en esa misma estancia.