Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 192 de 210

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Pqueño, grande

Capítulo 4

 

Itur in antiquam silvam, stabula alta ferrarum.

Eneida, Libro VI

Mientras Llana Alice meditaba, y mientras Sophie dormía o velaba, y mientras Halcopéndola corría como el viento a través de brumosos caminos rurales para alcanzar un tren en una estación del norte, Auberon y George, sentados junto a una pequeña fogata, se preguntaban qué sitio era éste al que Fred Savage los había guiado, sin poder recordar de una manera más o manos clara cómo era que habían llegado hasta allí.

 

Tormentas sucesivas

Se habían puesto en camino, o al menos eso les parecía recordar, hacía cierto tiempo; habían empezado por hacer preparativos, vaciando los viejos arcones y cómodas de George, a fin de pertrecharse para el viaje, aunque, al no tener una idea precisa de qué peligros o avatares los podrían acechar, había sido una elección un tanto a la ventura; George desenterraba camisetas, mochilas flaccidas, galochas, gorros de punto.

—Vaya —exclamó Fred, encasquetándose uno sobre su pelambre hirsuta—. Hacía tiempo que no usaba una de estas cosas.

—¿De qué sirve todo esto? —dijo Auberon, que, con las manos en los bolsillos, se mantenía al margen.

—Bueno, escucha —dijo George—. Más vale prevenir. Hombre prevenido vale por dos.

—Por cuatro tendrás que valer —dijo Fred, levantando un poncho inmenso— si quieres que esto te sirva de algo.

—Esto es estúpido —dijo Auberon—. Quiero decir...

—Como quieras, como quieras —dijo George con enfado, empuñando una gran pistola que acababa de encontrar en el baúl—. Como quieras, usted decide, señor Sabelotodo, pero no vengas después a decir que yo no te previne. —Se puso la pistola en el cinto, pero cambió de idea y la volvió a arrojar dentro del baúl.— Hey, ¿qué os parece esto? —Era una navaja de veinte filos para mil usos.— Dios, años hacía que no veía este adminículo.

—Bonita —dijo Fred, levantando el descorchador con la uña amarillenta del pulgar—. Muy bonita. Y práctica.

Un rato aún, siempre con las manos en los bolsillos pero ya sin hacer objeciones, Auberon continuó observando los preparativos. Pronto, sin embargo, dejó de observar.

Desde la aparición de Lila allí, en la Alquería, le había sido sumamente difícil permanecer en el mundo. Era como si no pudiese hacer otra cosa que entrar y salir de escenas aisladas, sin relación alguna entre una y otra, como las habitaciones de una casa cuya planta desconocía o no le interesaba tratar de investigar.

Sospechaba, por momentos, que se estaba volviendo loco, pero aunque el pensamiento parecía razonable y en cierto modo una explicación, la idea en sí lo dejaba curiosamente impasible. De que una diferencia, una diferencia abismal, había alterado la naturaleza misma de las cosas, no le cabía ninguna duda, pero no acertaba a discernir en qué consistía esa diferencia, no conseguía poner el dedo en la llaga, o más bien, cualquiera que fuese la llaga en que pusiera el dedo (una calle, una manzana, un pensamiento, un recuerdo), no parecía para nada diferente, parecía, ahora, ser tal como había sido siempre, pese a lo cual la diferencia subsistía.

«Ninguna diferencia» solía decir George acerca de dos cosas que eran más o menos parecidas; pero para Auberon la frase se había convertido en el epítome de esa percepción que él tenía, la percepción de una cosa que, Comoquiera, había cambiado y era ahora —tal vez para siempre— más o menos diferente. Ninguna diferencia.

Bien podía ser, sin embargo (él no lo sabía pero parecía probable), que esa diferencia no hubiese sobrevenido de repente y que fuese él tan sólo quien de pronto había empezado a percibirla y a habitar en ella... La había descubierto de improviso, eso era; se le había hecho clara de repente, como si súbitamente hubiese cambiado el tiempo y entre nubes de tormenta irrumpiera la luz del sol. Y presentía ya (con apenas un leve estremecimiento de temor) un tiempo por venir en el que no notaría más la diferencia, ni recordaría que las cosas siempre habían sido, o más bien no habían sido, diferentes, y más tarde, un tiempo en el que las diferencias se producirían una tras de otra, como tormentas sucesivas, y él ni siquiera se percataría de ello.

Y se veía ya olvidando que una especie de frente oclusivo parecía interponerse entre él y sus recuerdos de Sylvie, que él había imaginado tan permanentes e inmutables como todo cuanto poseía, pero que ahora, cuando los tocaba, parecían haberse trocado en el oro feérico de las hojas otoñales, cuernos de gamo, conchas de caracoles, patas de fauno.

—¿Qué? —preguntó.

—Ponte esto —le dijo George, y le tendió un puñal en cuya vaina, tenuemente

impresas en oro, podían leerse las palabras «Ausable Chasm»[4], que para Auberon no significaban nada, pero lo cogió y se lo enganchó en el cinto, incapaz de momento de pensar por qué preferiría no hacerlo.

Ese constante entrar y salir de capítulos que parecían de ficción con páginas intermedias totalmente en blanco le había facilitado sin duda la ardua tarea que había tenido que llevar a cabo: acabar (algo que nunca había pensado que necesitara hacer) la historia narrada en «Un Mundo en Otraparte». Acabar con un cuento cuya conclusión, por la naturaleza misma de la historia, era inconcebible... ¡difícil! Y sin embargo no había tenido más que sentarse delante de la máquina de escribir moribunda (tanto había sufrido la pobre) para que los capítulos empezaran a desplegarse con la misma inverosímil limpieza y destreza con que aparece en la mano vacía de un malabarista una interminable cadena de pañuelos multicolores. ¿Cómo acabar con un cuento que era tan sólo una promesa de nunca acabar? De la misma forma en que una diferencia acaba por habitar un mundo que, de otro modo, sigue siendo en todo sentido el mismo; de la misma forma en que un cuadro que representa una urna complicada se altera, a ojos vista, y acaba por transformarse en dos rostros que se miran frente a frente.