Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 157 de 210

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Pqueño, grande

Sylvie & Bruno

Hay hechizos duraderos, que mantienen al mundo largo tiempo en suspenso bajo su poder, y hechizos efímeros, que se disipan rápidamente y dejan al mundo tal cual era. El del licor, todo el mundo lo sabe, es de los que no duran.

Arrancado tras unas pocas horas de un estado de inconsciencia parecido a la muerte, Auberon se despertó bruscamente poco después del alba. Supo al instante que debería estar muerto, que la muerte era su única condición apropiada, y que no estaba muerto. Gimió en voz queda, roncamente:

—No; oh, Dios, no —pero el olvido es un consuelo inalcanzable, y hasta el sueño había huido de él. No: estaba vivo, y el mundo sórdido seguía allí, en torno de él; los ojos fijos en el cielo raso del Dormitorio Plegable le mostraban un mapa alucinante, tantas otras islas del Diablo de yeso. No le fue necesario investigar para descubrir que Sylvie no estaba a su lado. Había, sin embargo, alguien junto a él, alguien enroscado en la sábana húmeda (hacía ya un bochorno infernal, un sudor frío se enroscaba en la frente y el cuello de Auberon). Y alguien, alguien más le estaba hablando: hablándole apaciguadora, confidencialmente desde un rincón del Dormitorio Plegable: —... La sed de un vino antiguo, largo tiempo Añejado en la fresca entraña de la tierra, Que a Flora sepa y a campiña verde...

La voz provenía de una pequeña radio de plástico rojo, una antigualla con la palabra Silvertone escrita de través en bajorrelieve. Antes, que él supiera, nunca había funcionado. La voz era negra pero cultivada, la voz aterciopelada de un locutor. Santo Dios, están en todas partes, pensó presa de un sentimiento de horripilada extrañeza, como lo está a veces un viajero de encontrar tantos extranjeros en otras tierras.

—¡Huye! ¡Huye de aquí! Pues yo a ti he de volar. No llevado en carroza por Baco y sus acólitos, Sino en las alas invisibles de la Poesía...

Lentamente, como un inválido, Auberon bajó de la cama. Quién demonios, a ver, era eso que estaba a su lado. Un hombro moreno y musculoso estaba a la vista; la sábana respiraba suavemente. Roncaba. Cristo, qué he hecho. Estaba a punto de levantar la sábana cuando ésta se agitó motuproprio, resollando, y una pierna bien formada, cubierta de un vello obscuro y rizado, emergió como una nueva clave: sí, era un hombre, de eso no cabía duda. Abrió con cautela la puerta del baño y sacó su gabán. Se lo puso sobre su desnudez, sintiendo con repugnancia la humedad pegajosa del forro contra la piel. En la cocina, con manos temblorosas de esqueleto abrió las alacenas. La vacuidad polvorienta de las estanterías era, por alguna razón, horripilante. En la última que abrió había una botella de ron Doña Mariposa con un dedo o dos de fluido color ámbar en el fondo. El estómago se le revolvió, pero cogió la botella. Fue hasta la puerta, echó una mirada de soslayo a la cama —su nuevo amigo aún dormía— y... afuera.

En el pasillo se sentó en un peldaño, con la mirada fija en la caja de la escalera, y la botella entre las manos; echaba tan terriblemente de menos a Sylvie y su bienhechora compañía, con esa sed devoradora, que la boca se le abrió; inclinó el torso hacia delante como si fuera a llorar o a vomitar. Pero sus ojos no vertieron lágrimas. Todos los fluidos vivificantes habían sido extraídos de él; era una cascara; también el mundo era una cascara. Y ese hombre en la cama... Desatornilló (le costó algún trabajo) el tapón de la botella y, volviendo hacia el otro lado la acusadora etiqueta, vertió fuego en sus arenas. Desde mi obscurecer escucho. Keats, deslizándose por debajo de la puerta, insinuante en sus oídos. Hoy más que nunca morir parece deleitoso. Deleitoso: bebió el resto del ron y se levantó, jadeando y tragando saliva amarga. Al conjuro de tu alto réquiem, en suelo herboso se ha de trocar mi polvo.

Volvió a tapar la botella vacía y la dejó en la escalera. En el espejo colgado encima de la coqueta mesita del fondo del pasillo vislumbró el rostro de alguien, la viva imagen de la desolación. Desolación, la palabra misma es como una campana. Apartó la mirada. Entró en el Dormitorio Plegable, un golem, su arcilla reseca brevemente animada por el ron. Ahora podía hablar. Fue hasta la cama. La persona acostada en ella había arrojado la sábana. Era Sylvie, sólo que modelada en carne masculina, y nada de encantamientos: ese muchacho lascivo era real. Auberon le sacudió el hombro. La cabeza de Sylvie giró sobre la almohada. Los ojos obscuros se abrieron un instante, vieron a Auberon, se cerraron de nuevo.

Auberon se inclinó sobre la cama y le habló al oído.

—¿Quién eres? —Le hablaba con cuidado, lentamente. A lo mejor no entiende nuestro idioma.— ¿Cómo te llamas? —El muchacho se dio vuelta, se desperezó, se pasó la mano por la cara de la frente a la barbilla como si se tratase de una magia destinada a borrar sin conseguirlo el parecido con Sylvie y dijo con una voz áspera de sueño:

—Hey. ¿Qué pasa?

—¿Cómo te llamas?

—Hey, hola, Jesucristo. —Se reclinó otra vez sobre la almohada, lamiéndose los labios. Se restregó los ojos con los nudillos como un niño. Se rascaba y acariciaba sin pudor, como complacido de sentir su cuerpo al alcance de su mano. Le sonrió a Auberon y dijo:— Bruno.

—Oh.

—¿T'acuerdas? Salimos de ese bar.