Pqueño, grande
Capítulo 3
Desdeñado, por amor a ti, la Ciudad, vuelvo pues mis pasos: existe un mundo en otra parte.
Coriolano
El potente Vulpes de Halcopéndola la trasladó de regreso a la Ciudad en un tiempo casi récord, y sin embargo (así se lo decía su reloj) tal vez no a tiempo. Pese a que ahora estaba en posesión de todos los elementos que necesitaba para dilucidar el problema de Russell Eigenblick, el conseguirlos le había requerido un tiempo más largo que el que ella había previsto.
No demasiado pronto
Mientras se deslizaba por la carretera rumbo al norte, había pensado cuál sería la mejor forma de presentarse a los herederos de Violet Bebeagua —anticuaria, coleccionista, cultora del arte— para conseguir que le mostraran las cartas. Aunque con toda certeza, si ella misma, Halcopéndola, no hubiese estado en ellas (Sophie la conoció en el acto, o al menos la reconoció muy rápidamente), jamás le habrían hecho esa concesión. Que ella resultara ser, por añadidura, una prima más o menos vaga de los descendientes de Violet Zarzales había, sin duda, facilitado las cosas, una coincidencia que sorprendió y deleitó a esa extraña familia tanto como interesó a Halcopéndola. De todos modos, había pasado días sentada con Sophie estudiando las cartas, y más días aún había dedicado a la última edición de La arquitectura de las casas quintas, cuyos peculiares contenidos no le parecían muy familiares, y aunque ella estudiaba larga y detenidamente, el conjunto de la historia —o lo que hasta entonces había ocurrido— se le fue aclarando poco a poco a medida que aplicaba su escrutadora mirada de loro, y mientras tanto el Puente Ruidoso y el Club de Armas se adelantaban a encontrarse fatalmente con Russell Eigenblick, y la lealtad de Halcopéndola seguía siendo incierta, y su senda obscura.
Ya no estaba a obscuras. Los hijos de los hijos del Tiempo: ¿quién lo hubiera pensado? Un Loco, y un Primo; un Viaje, y un Huésped. ¡Los Arcanos Menores! Sonreía torvamente mientras daba la vuelta alrededor del mamútico edificio del Empire Hotel en el que Eigenblick había sentado sus reales, y se decidía por un hechizo, algo a lo que raras veces recurría.
Insertó el Vulpes en el cavernoso garaje-aparcamiento en los bajos del hotel. Guardias armados y asistentes patrullaban las puertas y los ascensores. Se encontró en una fila de vehículos que eran minuciosamente registrados y examinados. Silenció los gruñidos del coche y sacó de la guantera un sobre de cuero marroquí, y de éste un diminuto fragmento de hueso blanco. Era un hueso extraído de un gato negro puro que había sido cocinado vivo en la cocina del apartamento de La Negra, una espiritista a la que Halcopéndola le hiciera cierta vez un gran favor. Podía ser un huesecillo de un dedo del pie, o parte del complejo maxilar, La Negra no lo sabía con exactitud; había dado con él sólo al cabo de todo un día de experimentar delante de un espejo, separando los huesos con cuidado del hediondo esqueleto, e introduciéndose cada uno por turno en la boca, buscando aquel que hiciera desaparecer su imagen del espejo. Era éste. Halcopéndola encontraba vulgares los procedimientos de la brujería, y la crueldad de ése en particular, repelente; ella misma no estaba convencida de que entre los miles de huesos de un gato negro puro hubiese alguno capaz de volverlo a uno invisible, pero La Negra le había asegurado que, creyese ella o no en el hechizo, el hueso actuaría, y ahora se alegraba de tenerlo. Miró en derredor; los asistentes no habían reparado aún en su automóvil; dejó las llaves en el encendido, pensativamente, con una mueca de repugnancia se metió el huesecito en la boca, y desapareció.
Salir del automóvil sin despertar sospechas le costó algún esfuerzo, pero los asistentes y guardias no prestaron atención al hecho de que las puertas del ascensor se abrieran y cerraran para nada (quién podía predecir las extravagancias de un ascensor vacío), y Halcopéndola salió al foyer, caminando entre los grupos de los visibles con cautela para no rozarse con ellos. Los habituales hombres circunspectos de impermeable estaban apostados a intervalos a lo largo de las paredes o apoltronados en los sillones del foyer detrás de falsos periódicos, sin engañar a nadie, por nadie engañados excepto por ella. Justo en ese momento, en respuesta a una señal invisible, empezaron a cambiar sus estaciones, como piezas sobre un damero. Un grupo numeroso estaba entrando por las vertiginosas hojas giratorias de las puertas, precedidos por subalternos. Ni un segundo demasiado pronto, pensó Halcopéndola, porque era el Club Bullicio de Bridge, Pesca y Tiro el que hacía su entrada en el foyer. No lanzaron miradas inquisitivas en torno, como lo harían hombres ordinarios al penetrar en un recinto como aquél, sino que, abriendo filas, como para tomar más plena posesión del lugar, avanzaban con la vista al frente, viendo el futuro y no las formas transitorias del presente. Bajo cada brazo podía verse el portafolios de cuero flexible, en cada testa el potente sombrero hongo, ridículo desde hacía tiempo en cualquier cabeza excepto en las de hombres como ellos.
Se repartieron en dos ascensores, los de más elevada posición sosteniendo las puertas para los otros, como lo prescribe el antiguo ritual masculino; Halcopéndola se deslizó en el menos abarrotado de los dos.