Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 167 de 210

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Pqueño, grande

Abrazándose a sí mismo

No; Auberon estaba pensando en Sylvie, y en las instrucciones de su madre para esa cosa tan fantástica, descabellada que tendría que hacer mañana en el bosque, un poco más allá del lago de la isla, y en cómo ella, en el momento en que Fumo entró en la cocina, había levantado un dedo hasta sus labios, y tocado luego los de él, sellando entre ellos una conjura de silencio. Una vez más levantó el índice y se acarició ese vello que, reciente e inexplicablemente, había unido en una sola línea sus dos cejas.

—En cierto modo, ¿sabes? —dijo Fumo—, lamento que hayas vuelto a casa.

—¿Hum?

—No, claro que no, que no lo lamento, sólo que... Bueno, yo tenía un plan; si no escribías o no aparecías pronto, yo iba a ir a buscarte.

—¿Tú?

—Sí. —Se echó a reír.— Oh, hubiera sido toda una expedición. Ya estaba en qué empacar, y tal.

—Debiste hacerlo —dijo Auberon sonriendo con alivio de que en realidad no lo hubiera hecho.

—Hubiera sido divertido. Ver de nuevo la Ciudad. —Por un momento se abismó en antiguas ensoñaciones.— Bueno, probablemente me habría perdido.

—Sí. —Sonrió a su padre.— Probablemente. Pero gracias, Papá.

—Bueno —dijo Fumo—. Bueno. Caray, mira la hora que es.

 

Abrazándose a sí mismo

Por la amplia escalera principal subió detrás de su padre. Los peldaños crujían donde y cuando siempre lo habían hecho. La casa nocturna le era tan familiar como la casa diurna, tan llena de recovecos que se había olvidado que conocía.

Se separaron en un recodo del corredor.

—Bueno, que duermas bien —dijo Fumo, y juntos se detuvieron en el charco de luz del candil que Fumo sostenía. Tal vez si Auberon no hubiese ido cargado con sus escuálidas bolsas y Fumo con el candelero, se habrían abrazado, tal vez no—. ¿Podrás encontrar tu cuarto?

—Seguro.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Contó los quince pasos y medio, tropezando con esa cómoda absurda cuya presencia allí, en su camino, siempre olvidaba, y su mano extendida encontró el facetado pomo de cristal. Una vez en la alcoba, permaneció en la obscuridad, aunque sabía que habría una vela y cerillas sobre la mesita de noche, sabía como encontrarlas, conocía el envés cubierto de cicatrices de la mesa donde podía frotar la cerilla. Los olores (los suyos propios, fríos, desvaídos pero familiares, mezclados con olores infantiles, de los mellizos de Lily, que habían acampado allí) le hablaban en un antiguo y constante murmullo de cosas pretéritas. Permaneció un momento inmóvil, viendo con el olfato el sillón desvencijado donde transcurriera gran parte de las horas felices de su niñez, lo bastante amplio como para que pudiera acurrucarse en él con un libro o un anotador, y la lámpara junto al sillón, y la mesa donde las galletitas y la leche o el té y las tostadas podían brillar, cálidas, a la luz de la lámpara, y el guardarropa de cuyas puertas, cuando quedaban entreabiertas, solían salir furtivamente fantasmas y figuras hostiles para aterrorizarlo (¿qué había sido de esas figuras, antaño tan familiares? Muertas, muertas de soledad, sin nadie a quien amedrentar); y la cama estrecha y la gruesa manta y sus dos almohadas. Desde una edad temprana había insistido en tener dos almohadas, aunque sólo en una apoyara la cabeza. Le gustaba la lujuria voluptuosa de las almohadas: incitante. Todo en su sitio. Los olores pesaban en su alma como cadenas, como cargas antiguas nuevamente asumidas.

Se desvistió en la obscuridad y trepó a la cama fría. Era como abrazarse a sí mismo. Desde que, con el estirón de la adolescencia, alcanzara la estatura de Llana Alice, sus pies, cuando estaba acostado en esta cama, al doblarse hacia atrás, habían cavado en el extremo del colchón dos depresiones. Las encontraron ahora. Los bultos estaban donde siempre estuvieran. En realidad, había una sola almohada, y ésta olía vagamente a pis. ¿De gato? ¿De bebé? No iba a dormir, pensó; no pudo decidir si habría hecho mejor en atreverse a embuchar un trago más del brandy de su padre o si se alegraba de que esta agonía fuese suya ahora, con tantas cosas que compensar, a partir de esta noche. Tenía, en todo caso, montones de cosas con que ocupar sus desvelados pensamientos. Se dio vuelta con cuidado hasta la Posición Dos de su invariable coreografía de la noche, y así permaneció largo rato despierto en la sofocante obscuridad.