Pqueño, grande
La abeja o la mar
En el fondo del corredor al que lo condujo esa puerta, se detuvo: sintió olor a comida y prestó oídos. Escuchó voces en el interior, una discusión al parecer, y ruido de cacharros y vajilla, el llanto de un bebé. Empujó, y la puerta se abrió.
La abeja o la mar
La chica que un rato antes había visto sembrando huevos estaba allí, de pie delante de la cocina, todavía con su vestido dorado. Un niño de una belleza casi irreal, las mejillas surcadas de lágrimas mugrientas, estaba sentado en el suelo, a los pies de la chica. George Ratón presidía una mesa de comedor circular, bajo la cual sus botas enfangadas ocupaban un espacio considerable.
—Hola —dijo—. Cereales, chico. ¿Has dormido bien? —Golpeó con los nudillos la silla vecina a la suya. El bebé, sólo un momento intrigado por la presencia de Auberon, se preparaba para una nueva ronda de llanto escupiendo por sus labios angelicales diminutas burbujas de saliva. Tironeó del vestido de la chica.
—Ay, coño, hombre —dijo ella con dulzura—, un poquitín de paciencia —como si le hablara a un adulto; el crío la miró cuando ella lo miraba, y parecieron llegar a un entendimiento. No volvió a llorar. Ella, provista de una gran cuchara de madera, revolvía algo en una cacerola, una tarea que ejecutaba con todo el cuerpo, que hacía que su trasero recamado en oro se meneara rítmicamente hacia atrás y delante; Auberon estaba absorto contemplando todo aquel movimiento, cuando George Ratón volvió a hablar.
—Ésta es Sylvie, hombre. Sylvie, dile hola a Auberon Barnable, que ha venido a la Ciudad a buscar fortuna.
Su sonrisa fue instantánea y genuina, un súbito rayo de sol a través de las nubes. Auberon se inclinó, muy tieso, consciente de sus ojos legañosos y la sombra en sus mejillas.
—¿Quieres desayunar? —preguntó ella.
—Por supuesto que quiere. Aposéntate, primito.
Ella volvió a ocuparse de la comida. De un autito de cerámica tripulado por dos personajes tocados con chisteras que ostentaban sus nombres respectivos, Sr. Saladillo y Sr. Pimentel, sacó de un tirón a uno de ellos y lo sacudió vigorosamente sobre la cacerola. Auberon se sentó y cruzó las manos sobre la mesa. Las ventanas de losanges de aquella cocina daban al corral, donde ahora alguien —no el hombrecito extraño que Auberon había visto— llevaba las cabras a pastorear por entre la vegetación putrefacta, con la ayuda, notó Auberon..., de una vara métrica.
—¿Tienes muchos arrendatarios? —le preguntó a su primo.
—Bueno, arrendatarios, lo que se dice arrendatarios no son —respondió George.
—Él les da hospitalidad —dijo Sylvie, mirando a George con afecto—. Ellos no tienen otro sitio adonde ir. Gente como yo. Porque tiene buen corazón. —Siempre revolviendo, se echó a reír.— Ovejitas descarriadas... y demás.
—Creo que me encontré con alguien —dijo Auberon—. Un tío negro, allá afuera, en el patio. —Notó que Sylvie había dejado de revolver y se había dado vuelta y lo miraba.— Muy pequeñito —añadió, sorprendido por el silencio que había suscitado.
—Brownie[2] —dijo Sylvie—. Era Brownie. ¿Has visto a Brownie?
—Supongo —dijo Auberon—. ¿Quién...?
—Sí, el bueno de Brownie —dijo George—. Es más bien solitario. Una especie de ermitaño. Hace montones de trabajos aquí en la alquería. —Miró a Auberon con curiosidad.— Espero que no habrás...
—No creo que me haya entendido. Siguió de largo.
—Ah —dijo Sylvie con ternura—. Brownie.
—¿También lo has recogido a él? —preguntó Auberon.
—¿Mmm? ¿A quién? ¿A Brownie? —repuso George, que ahora parecía pensativo —. No, el viejo Brownie siempre ha estado aquí, me imagino, quién demonios lo sabe. Bueno, escucha —dijo, cambiando visiblemente de tema—. ¿En qué andarás hoy? ¿Negocios?
De un bolsillo interior Auberon sacó una tarjeta. Decía PETTY, SMILODON & RUTH, Abogados, y traía al pie una dirección y un número de teléfono.
—Los abogados de mi abuelo. Tengo que verlos por el asunto de la herencia. ¿Puedes decirme cómo hago para llegar?
George la estudió un rato, perplejo, leyendo y releyendo la dirección en voz alta y pausada, como si fuese algo esotérico. Sylvie, recogiéndose el chal sobre los hombros, llevó a la mesa una cacerola abollada y humeante.
—Toma la abeja o la mar —dijo—. Aquí tienes tu bazofia. —Con un golpe seco, plantó la cacerola sobre la mesa. George aspiró con fruición los vapores.— Ella no soporta la avena —le explicó a Auberon, con una guiñada.
Sylvie dio vuelta la cara, expresando muy gráficamente, con una mueca, con un gesto de todo su cuerpo en realidad, la aversión que sentía: y (cambiando instantáneamente de actitud), alzó con gracia y ternura al niño, que ahora parecía empeñado en hacer de tragasables con un bolígrafo.
—¡Qué jodiénda! Mira, mira esto. Hala, tú, mira estos cachetes gordezuelos, tan requetelindos, ¿no te apetece morderlos? Mmmmp. —Le besuqueaba la carita morena en tanto él trataba de zafarse y cerraba los ojos con fuerza. Lo sentó en una desvencijada sillita alta adornada con calcomanías descoloridas de ositos y conejos, y puso la comida delante de él. Le ayudaba a comer, abriendo la boca a la par de él, cerrándola alrededor de una cuchara imaginaria, limpiándole las sobras que se derramaban en la barbilla. Observándola, Auberon se sorprendió abriendo también él la boca, para ayudar. La cerró de golpe.