Pqueño, grande
Capítulo 4
El Cielo igual que siempre,
el hombre engalanado,
la Vía Láctea, el Ave del Paraíso,
más allá de las estrellas un sonido de campanas, la sangre de las almas,
el reino de las especias;
lo consabido.
George Herbert
—La Navidad —dijo el doctor Bebeagua mientras su cara, con las mejillas enrojecidas por el frío, se deslizaba veloz hacia la de Fumo— es un día como no hay otro en el año; no parece suceder a los que lo preceden, si te das cuenta de lo que quiero decir. —Pasó cerca de Fumo describiendo con pericia un largo círculo, y se alejó otra vez. Fumo, sacudiéndose hacia atrás y delante, las manos no enlazadas a la espalda como las del doctor sino extendidas, palpando el aire, pensó que sí, que se daba cuenta. Llana Alice, con las manos enfundadas en un viejo y maltrecho manguito, pasó deslizándose plácidamente junto a él; echó una mirada de soslayo a sus torpes intentos y, por el puro gusto de humillarlo, se alejó describiendo una graciosa pirueta, que Fumo sin embargo no llegó a ver, ya que sus ojos parecían no poder apartarse de sus propios pies.
De acuerdo con Newton
—Quiero decir —prosiguió el doctor Bebeagua reapareciendo junto a él— que cada Navidad parece seguir inmediatamente a la anterior; los meses intermedios no cuentan. Las Navidades se suceden una a otra, no a los otoños que las preceden.
—Eso es cierto —dijo Mamá, que en ese momento se desplazaba, majestuosa, cerca de ellos, arrastrando tras ella, como patitos de madera atados a una pata-madre de madera, a sus dos nietas—. Es como si apenas pasa una, ya está aquí la otra.
—Mmm —dijo el doctor—. No es exactamente eso lo que quiero decir. —Viró como un avión de caza y deslizó un brazo bajo el brazo de Sophie.— ¿Cómo van tus cositas? —Fumo alcanzó a oír que le preguntaba, y luego la risa de Sophie antes que se alejaran, escorando, los dos juntos.
—Cada año mejor —dijo Fumo, y de pronto, involuntariamente, dio una media vuelta. Otra vez estaba en línea recta con Alice, colisión a la vista, no la podría esquivar. Deseaba haberse atado una almohada al trasero, como esos patinadores de las postales cómicas. Alice se fue agrandando y se detuvo de golpe, con pericia.
—¿No te parece que Tacey y Lily tendrían que volver a casa? —dijo.
—Eso decídelo tú. —Mamá pasó otra vez, trineo en ristre; las caritas redondas de las niñas orladas de pieles relucían como bayas de acebo; volvieron a alejarse, y Alice con ellas. Dejemos que el mujerío delibere, pensó. Necesitaba dominar la simple operación de patinar hacia delante; ellas lo mareaban, con sus incesantes apariciones y desapariciones.— Ánimo —se dijo, y a no ser por Sophie, que, apareciendo a sus espaldas, lo sostuvo y lo empujó hacia delante, lo habría perdido—. ¿Cómo te sientes? —preguntó él, por mera rutina; parecía lo más natural que se saludaran cada vez que se cruzaban en las vueltas y revueltas.
—Infiel —respondió ella; la fría palabra formó en el aire una nubecita.
El tobillo izquierdo de Fumo se torció y la cuchilla de su patín derecho se lanzó por su cuenta. Giró varias veces sobre sí mismo y aterrizó con violencia en el hielo, sobre esa cola rudimentaria tan vulnerable en alguien con un trasero tan descarnado como el suyo. Sophie describía círculos alrededor de él, a riesgo de caerse también ella de la risa.
Sí, quédate aquí, sentado un rato hasta que se te congele la cola, pensó Fumo. Aprisionado por el hielo como los tallos de los arbustos hasta que llegue el deshielo.
La nieve caída la semana anterior no había penetrado en la tierra, era apenas la nieve de una noche. La lluvia reapareció, torrencial, a la mañana siguiente, y George, ojeroso y contrito —sin duda había cogido el virus de Sophie, pensaron todos—, se marchó chapoteando por los charcos. La lluvia continuó como una pena inconsolable, anegando el vasto parque donde las esfinges se deterioraban, melancólicas. Y de improviso la temperatura bajó, y el día de Nochebuena el mundo amaneció de un gris plomo y refulgente de hielo, todo del color plomizo del cielo, donde el sol trazaba apenas un borrón blanquecino por detrás de las nubes. En el parque, el hielo estaba lo bastante duro como para poder patinar; la casa parecía la estación de un ferrocarril en miniatura, a la vera de un lago simulado por el espejo de una polvera.
Sophie seguía dando vueltas alrededor de él. Fumo dijo:
—¿Infiel? ¿Qué quieres decir?
Ella lo miró con una sonrisa secreta y le ayudó a levantarse; luego dio media vuelta y con un movimiento secreto que él vio pero que jamás podría copiar, se alejó sin esfuerzo, como un suspiro.
Más le valdría averiguar cómo se las ingeniaban los demás para obviar esa ley inalterable según la cual si un patín se desliza hacia delante el otro tiene por fuerza que deslizarse hacia atrás. Al parecer, él podía balancearse eternamente hacia atrás y delante en el mismo sitio y ser el único de todos ellos que estaba de acuerdo con Newton. Hasta que se cayó. No existe el movimiento perpetuo. Y sin embargo, en ese mismo momento empezó, Comoquiera, a comprender y, con el culo entumecido, se deslizó zumbando en dirección a los escalones del porche, donde Nube, sentada ceremoniosamente sobre una alfombra de piel, custodiaba las botas y los termos.