Pqueño, grande
Capítulo 4
Atrapado en un cepo de flores, caigo sobre la hierba
Marvell
En la mañana de un día de pleno verano Fumo se puso, para la boda, el traje blanco de lino o alpaca ya amarillento que en un tiempo, aseguraba su padre, había pertenecido a Harry Truman (allí, en el bolsillo secreto estaban las iniciales: HST); sólo cuando empezó a pensar en él como el traje (viejo, no nuevo) que podría llevar para su boda se le ocurrió que aquellas iniciales bien podían, después de todo, ser las de algún otro, y que su padre, tras de haber persistido en la broma a lo largo de toda su vida, la había perpetuado incluso, sin una sonrisa, hasta el más allá. Una sensación que a Fumo no le era desconocida. Hasta se había preguntado si su educación no sería una jugarreta póstuma de la misma especie (¿una venganza por la traición de su madre?), y si bien Fumo sabía aceptar una broma, no podía menos que sentirse un poco desconcertado mientras boxeaba con su imagen en el espejo del baño, y deseaba que su padre le hubiera dado algunos consejos de hombre a hombre acerca de cosas tales como las bodas y el matrimonio. Barnable había aborrecido las bodas, los funerales y los bautizos, y siempre que alguno de estos acontecimientos parecía inminente, empacaba calcetines, libros, perros e hijo y partía de viaje. Fumo había ido a la fiesta de bodas de Franz Ratón y bailado con la recién casada de ojos soñadores, quien le había hecho una proposición sorprendente; pero aquélla había sido, a fin de cuentas, una boda a lo Ratón, y ya la pareja se había separado. Sabía que tenía que haber un Anillo, y se palmeó el bolsillo en el que recordaba haberlo guardado; suponía que tenía que haber un Padrino, pero cuando le escribió a Llana Alice al respecto, ella le había contestado que ellos no creían en esas cosas; y en cuanto al Ensayo, cuando Fumo lo mencionó, ella había dicho: «¿No preferirias que fuese una sorpresa?». De lo único que estaba seguro era de que no debía ver a su prometida hasta que fuera llevada al altar (¿qué altar?) por su padre. Por esa razón no quiso verla y no miró en la dirección en que creía (y se equivocaba) que estaba el cuarto de Alice cuando fue al excusado. Sus zapatos, los mismos de la caminata, asomaban, pesados y nada festivos por cierto, de los bajos de sus pantalones blancos.
Un traje de Truman
Le habían dicho que la boda se iba a celebrar «en la finca» y que la tía abuela Nube, por ser la más anciana de la casa, lo conduciría al lugar, una capilla, sugirió Fumo, y ella, con su habitual aire de sorpresa, había dicho que sí, ella suponía que eso era, justamente. Y a ella fue a quien Fumo encontró esperándolo, en lo alto de la escalera, cuando emergió al fin, con timidez, del cuarto de baño. Qué presencia tan reconfortante la suya, ampulosa y serena, con un vestido de verano y un ramillete de violetas tardías en el pecho y un bastón en la mano. Al igual que él calzaba, con aire melancólico, un par de zapatos duros.