Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 105 de 210

Páginas del PDF

Pqueño, grande

Libros y una batalla

Sophie, bostezando, lo restregó con la toalla. Su hora de irse a dormir solía ser más temprana que la de Auberon. A diferencia de su madre, ella siempre le dejaba ciertas partes del cuerpo mojadas, el dorso de los brazos, los tobillos.

—¿Por qué tú nunca te casas? —preguntó él. Eso podría acaso resolver uno de los problemas acerca de una de las Lilas.

—Nadie me lo ha pedido, nunca.

Eso no era cierto.

—Rudy Torrente te pidió que te casaras con él. Cuando se murió su mujer.

—Yo no estaba enamorada de Rudy Torrente. Y en todo caso, ¿cómo te has enterado de eso?

—Me lo contó Tacey. ¿Estuviste enamorada alguna vez?

—Una.

—¿De quién?

—Eso es un secreto.

 

Libros y una batalla

Pese a que cuando desapareció su Lila Auberon tenía más de siete años, hacía tiempo en ese entonces que había dejado de mencionar a nadie su existencia. De mayor, solía preguntarse si esos niños que tienen amigos imaginarios no los tendrán un tiempo más largo del que admiten tenerlos. Después que el niño ha cesado de insistir en que se ponga en la mesa un plato para su amigo, que nadie se siente en la silla que él ocupa, ¿sigue acaso teniendo cierta relación con él? Y el amigo imaginario, ¿se va desvaneciendo sólo paulatinamente, una presencia cada vez más espectral a medida que el mundo real se vuelve más real, o será lo habitual, quizá, que un cierto día desaparezca, y que uno no lo vuelva a ver nunca más como en el caso de Lila? Las personas a quienes lo preguntaba le aseguraban que ellas no recordaban absolutamente nada de todo eso. Pero Auberon pensaba, sin embargo, que quizá albergasen todavía a esos pequeños fantasmas del pasado, acaso con vergüenza. ¿Por qué, al fin y al cabo, tenía que ser él el único que conservara un recuerdo tan vivido?

Ese cierto día fue un día de junio; claro, como el agua, en pleno verano, el día del paseo campestre, el día en que creció Auberon.

Había pasado la mañana en la biblioteca, tumbado en el sofá, el cuero frío contra el dorso de las piernas. Estaba leyendo; no hubo ninguna época en la que a Auberon no lo fascinara la lectura; la pasión había comenzado mucho antes de que aprendiera realmente a leer, cuando solía sentarse junto al fuego con su padre o su hermana Tacey, y daba vuelta, cuando ellos las volvían, las páginas incomprensibles, pobres en figuras, sintiéndose indeciblemente feliz y en paz. Aprender a descifrar las palabras había sido tan sólo un placer añadido al que le deparaba el mero hecho de sostener los lomos y volver las páginas, de calcular la duración total del viaje pasando las hojas velozmente con la yema del pulgar, de contemplar embelesado las portadas. ¡Libros! Abrirlos con el leve crujido, el perfume añejo de la vieja cola; cerrarlos con un golpe seco. Le gustaban grandes; le gustaban viejos; le gustaban más si eran varios volúmenes, como los trece en uno de los anaqueles inferiores, pardo-dorados, misteriosos, de la Roma Medieval de Gregorovius. Aquéllos, los grandes, los viejos, por su naturaleza misma contenían secretos; a su edad, pese a que cada frase, cada capítulo eran objeto de un escrutinio minucioso (no era un picaflor), no podía captar del todo esos secretos, comprobar que los libros eran (como al fin y al cabo lo son la mayoría) tediosos, anticuados, banales. Por encima de todo, conservaban su magia. Y siempre había más en los atestados anaqueles, los volúmenes ocultos seleccionados por John Bebeagua no menos atrayentes para su tataranieto que las colecciones que comprara por metro para llenar las estanterías. El que sostenía en ese momento era la última edición de La arquitectura de las casas quintas, de John Bebeagua. Lila, aburrida, revoloteaba de un rincón a otro de la biblioteca adoptando posturas variadas, como si jugara consigo misma a las estatuas.

—Hey —dijo Fumo, asomándose por la puerta de la biblioteca abierta de par en par—. ¿Qué haces aquí ratoneando? —La palabra era de Nube.— ¿No has salido al jardín? ¡Qué día! —No obtuvo otra respuesta que el susurro imperceptible de una página dada vuelta lentamente. Desde donde se hallaba, Fumo sólo podía ver la nuca esquilada de su hijo (un corte de pelo obra del propio Fumo) con sus dos tendones pronunciados y un huequecito vulnerable entre ellos, y la parte superior del libro; y dos pies cruzados encerrados en las enormes zapatillas de goma. No tenía necesidad de mirar para saber que Auberon llevaba una camisa de franela abotonada en las muñecas, jamás usaba otras, ni se desabrochaba los puños, hiciera el tiempo que hiciese. Sintió una especie de piedad impaciente por su hijo.— Hey —dijo una vez más.

—Papá —dijo Auberon—. ¿Es verdad este libro?

—¿Qué libro es ése?

Auberon lo levantó, moviéndolo de un lado a otro para que su padre pudiera ver las cubiertas. Fumo experimentó una súbita, intensa emoción: había sido un día como éste —quizá este mismo día del año, sí— aquel en que tiempo atrás él abriera ese libro. No lo había vuelto a mirar desde entonces. Pero ahora conocía muchísimo mejor su contenido.

—Bueno, «verdad» —dijo—, «verdad», no sé muy bien lo que tú entiendes por «verdad». —Cada vez que repetía la palabra, las invisibles comillas de la duda se volvían más nítidas.— Tu tatarabuelo lo escribió, un poco con la ayuda de tu tatarabuela... y de tu tatarabuelo.

—Hm. —A Auberon no lo intrigaba eso. Leyó: —«El Allá es un reino precisamente tan vasto como éste, que no debiera ser...» —titubeó— «... reducible en virtud de ninguna expansión, ni expansible en virtud de ninguna contracción, de éste, el Acá: no obstante, es indudable que ciertas incursiones a ese reino en épocas recientes, y eso que nosotros llamamos el Progreso, y la expansión del Comercio, y el ensanchamiento de los dominios de la Razón, han inducido una fuga de esas gentes hacia el interior de sus fronteras; de manera tal que si bien tienen (en virtud de la naturaleza misma de las cosas deben tener) un espacio infinito hacia el cual retirarse, sus antiguos feudos han sido considerablemente reducidos. ¿Están indignados por ello? Nosotros no lo sabemos. ¿Alientan propósitos de venganza? ¿O están, por ventura, como el Indio Piel Roja, como el salvaje africano, tan debilitados, tan amilanados, tan reducidos numéricamente, que habrán de ser a la larga...» —otra difícil— «... extirpados por completo y para siempre; y no porque no les quede sitio alguno adonde huir, sino porque las pérdidas, tanto de territorio como de soberanía, que nuestra rapacidad les ha infligido, sean agravios demasiado duros de sobrellevar? Nosotros no lo sabemos, no todavía...»

—¡Qué frase! —dijo Fumo. Tres místicos hablando a la vez resultaban en una prosa un tanto densa.

Auberon bajó el libro de delante de su cara.

—¿Es verdad? —preguntó.

—Bueno —dijo Fumo, sintiéndose torpe y confundido como un padre ante un hijo que exige que se le expliquen los misterios del sexo y de la muerte—. En realidad, no lo sé. No sé si lo entiendo, realmente. De todos modos, no soy la persona más indicada...

—Pero es inventado —insistió Auberon. Una pregunta simple.

—No —dijo Fumo—. No, pero hay dos cosas en el mundo que sin ser inventadas tampoco son exactamente ciertas, no verdades como que el cielo está arriba y la tierra abajo, y que dos y dos son cuatro, cosas como éstas... —Los ojos del niño, clavados en él, no se conformaban con esta casuística. Fumo pudo ver eso.— Escucha —dijo —, ¿por qué no se lo preguntas a tu madre o a tía Nube? Ellas saben mucho más que yo de todo esto. —Asió el tobillo de Auberon.— Arriba. Ya sabes que hoy tenemos el famoso picnic.

—¿Qué es esto? —dijo Auberon, que acababa de descubrir el mapa o plano de papel de seda encañonado en la contratapa del libro. Empezó a desplegarlo, al principio confundiendo los viejos dobleces, y uno de ellos se desgarró un poquito; y entonces, por un instante apenas, Fumo vio claro en la mente de su hijo; vio la expectativa de las revelaciones que promete cualquier mapa o diagrama, y éste más que ninguno; vio el ansia de claridad y de conocimiento; vio la aprehensión (en todos los sentidos) de lo ignoto, de lo hasta ahora secreto, lo a punto de salir a la luz.

Auberon tuvo al fin que bajarse del sofá y poner el libro en el suelo para abrir el plano y poder extenderlo en su totalidad. Crepitaba como un fuego. El tiempo había horadado en él agujeros diminutos, en aquellas partes en que los dobleces se cruzaban unos con otros. A Fumo le pareció ahora muchísimo más viejo que quince o dieciséis años atrás, cuando lo había visto por primera vez, y complejo como entonces le pareció, más recargado de figuras y trazos que como él lo recordaba. Pero era (tenía que ser) el mismo. Cuando fue a arrodillarse al lado de su hijo (que ya lo estaba estudiando con profunda atención, los ojos brillantes, los dedos recorriendo los trazos) comprobó que no lo entendía ahora mejor que entonces, pese a que en todos esos años había aprendido (¿había aprendido algo más? Oh, mucho) cómo desentenderse mejor del hecho de no haberlo entendido.

—Me parece que yo sé lo que es esto —dijo Auberon.

—¿De veras?

—Es una batalla.

En los viejos libros de historia, Auberon había estudiado los mapas: esos bloques oblongos identificados por banderitas diminutas, dispuestos a través de un paisaje cebrado de líneas topográficas; bloques grises enfrentados a una disposición aproximadamente simétrica de bloques negros (los malos). Y en otra página el mismo paisaje horas más tarde: algunos de los bloques escorados, penetrados por los bloques enemigos, hendidos por la cabeza de flecha de su vanguardia; otros en visible retroceso y siguiendo la cabeza de flecha de una retirada; y los bloques a rayas diagonales de algún aliado apareciendo tardíamente por uno de los flancos. El gran mapa pálido extendido en el suelo de la biblioteca era más difícil de interpretar que aquellos otros; era como si el desarrollo completo de una inmensa batalla (Posiciones al Amanecer; Posiciones a las dos y media de la tarde; Posiciones a la Puesta del Sol) estuviera expresado allí todo a la vez, las retiradas superpuestas a los avances, las filas en ordenada formación a las desmembradas. Y las líneas topográficas, no ondulantes y curvas, siguiendo las elevaciones y declives de cualquier campo de batalla, sino regulares, entrecruzadas; tantas geometrías alterándose sutilmente unas a otras al entrelazarse, que el conjunto hacía aguas como el muaré, y el ojo que lo avizoraba se extraviaba en laberintos de perplejidad. ¿Es recta esta línea? ¿Es curva esta otra? Y aquí, ¿hay círculos concéntricos o es una espiral continua?

—Hay una leyenda —dijo Fumo, sintiéndose cansado.

Había una, sí. Y también había, Auberon lo vio, bloques de una tipografía diminuta, dispuestos explicativamente aquí y allá (regimientos de aliados perdidos), y los jeroglíficos de los planetas, y una rosa de los vientos, aunque no de direcciones, y una escala, aunque no en millas. La leyenda decía que las líneas gruesas limitaban el Acá, y las líneas finas el Allá. Pero no había forma de saber con seguridad cuáles eran realmente las gruesas, cuáles las finas. Al pie de la leyenda, en cursiva subrayada para realzar su importancia, había una nota: «Circunferencia = ninguna parte; punto céntrico = todas partes».