Pqueño, grande
Imposible enterarse
Dondequiera que fuese que hubieran estado, las cartas habían cambiado en el ínterin. Violet lo notó, sí bien al principio no supo precisar en qué consistía el cambio. Era como si los significados y sugerencias se hubiesen velado, como si un polvillo de obscuridad los empañara. Aquellas claras y hasta graciosas cuadrillas de significados en que se combinaban las figuras cuando ella las extendía, las Oposiciones, las Influencias y todo lo demás, esas cosas ya no estaban presentes, ni volverían a estar, ninguna, nunca más. Sólo al cabo de horas y días de trabajo, junto con Nora, descubrió que no habían perdido, sino, por el contrario, ganado poder: ya no podían hacer lo que hacían antes, pero podían, si se las interpretaba correctamente, predecir con asombrosa exactitud los pequeños avatares de la vida cotidiana de los Bebeagua: regalos y constipados y luxaciones, si llovería el día en que proyectaban hacer un paseo campestre: cosas de esa naturaleza. Sólo muy de tanto en tanto se aparecían con alguna revelación más sorprendente. Pero prestaban una gran ayuda. Ellos nos habrán concedido esto, pensaba Violet; este don a cambio... Y en verdad llegó (mucho más tarde) a pensar que si ellos se las habían sustraído lo habían hecho para eso, para dotar a sus cartas de esa precisión diurna, salvo que no hubieran podido evitar otorgarles ese don. Con ellos era imposible enterarse, no, nunca, jamás.
Con el correr del tiempo, los retoños de August irían a afincarse aquí y allá, en uno de los cinco poblados, algunos con sus madres y abuelas verdaderas, otros con ajenas, cambiando al marcharse de familia y de nombre, como en el juego de las sillas musicales: cada vez que la música cesaba, dos de los hijos (en virtud de un proceso tan cargado de emoción, y tan complejo por lo que entrañaba de vergüenza, remordimientos, amor, indiferencia y generosidad, que los participantes nunca llegarían, más tarde, a ponerse de acuerdo acerca de cómo habían sucedido las cosas) habían trocado sus puestos en dos distintos hogares deshonrados.
Cuando Fumo Barnable llegó a Bosquedelinde, los descendientes de August, disfrazados con diversos apellidos, ya se contaban por docenas. Había Flores, y Piedras, y Matas; Charles Viñas era un nieto. Alguien, sin embargo, no había participado en el juego, y se había quedado sin su silla: Amy Praderas. Se quedó allí en Bosquedelinde, mientras en su barriguita, como decía ella, iba creciendo un niño que recapitulaba en su ontogenia las numerosas bestezuelas, sapo, pez, salamandra, ratón, cuyas vidas, con el correr del tiempo, habría de narrar con infinitos pormenores. Lo llamaron John Tormenta: John por su abuelo, pero Tormenta por su padre y su madre.