Pqueño, grande
Un estudio imaginario
El Dormitorio Plegable, con su cocina anexa, era tan pequeño que Auberon, para tener un poco de tranquilidad y aislamiento, y poder trabajar, tuvo que crear un estudio imaginario.
—¿Un qué? —preguntó Sylvie.
—Un estudio imaginario —dijo él—. Bueno. Mira. Este banco. —En alguna de las ruinosas habitaciones de la Alquería, había encontrado un viejo banco de escuela, un asiento provisto de un brazo en forma de paleta que hacía las veces de pupitre. Debajo del asiento había un compartimiento para los libros y papeles del alumno.— Ahora mira —dijo. Orientó el banco con cuidado—. Hagamos ver que yo tengo un estudio en esta alcoba. Este banco está en el estudio. Claro, ya sé que no tenemos nada más que este banco, pero...
—¿De qué estás hablando?
—Bueno, ¿quieres hacer el favor de escucharme un minuto? —dijo Auberon, impacientándose—. Es muy sencillo. Donde yo me crié, en Bosquedelinde, había muchas habitaciones imaginarias.
—No lo dudo. —Sylvie estaba de pie, con los brazos en jarras, una cuchara de madera en una mano, la cabeza envuelta en un pañuelo de colores vivos que dejaba escapar algunos rizos de azabache entre los cuales temblaban sus pendientes.
—La idea es —dijo Auberon— que cuando yo digo: «Voy a mi estudio, nena», y me siento aquí, en el banco, es como si entrara en otra habitación. Y estoy solo. Tú no me ves ni me oyes, porque la puerta está cerrada. Ni yo te veo ni te oigo a ti. ¿Te das cuenta?
—Bueno, sí. Pero ¿por qué?
—Porque la puerta imaginaria está cerrada, y...
—No, lo que quiero decir es para qué necesitas este estudio imaginario. ¿Por qué no te sientas tranquilamente ahí, y santas paces?
—Es que a veces necesito estar solo. Mira, tenemos que hacer un trato, que lo que yo haga en mi estudio imaginario, sea lo que sea, es invisible para ti; no lo puedes comentar ni preocuparte por...
—Aja. ¿Y qué es lo que vas a hacer? —Una sonrisa, y un gesto procaz con la cuchara.— Eso. —Sin embargo, lo que él pretendía (aunque un goce no menos solitario, no menos autocomplaciente) era soñar, soñar despierto, aunque él no lo expresaría con esas palabras; cortejar, en interminables vagabundeos por el limbo, a Psique, su alma; sumar dos más dos y escribir tal vez el resultado, porque tendría lápices afilados en la ranura de su pupitre y un bloc de hojas en blanco delante de él. Pero sobre todo, y él lo sabía, dejarse estar, retorcerse entre los dedos un rizo de pelo, tratar de atrapar las fugitivas motas de luz de su visión, musitar una y otra vez el mismo medio verso de algún poema ajeno, y comportarse, en suma, como un chiflado de la especie más inofensiva. Podría, además, leer los periódicos—. Pensar y leer y escribir... —dijo Sylvie con ternura.
—Sí. ¿Sabes?, necesito estar solo de vez en cuando...
Ella le acariciaba la mejilla.
—Para pensar y leer y escribir. Sí, amorcito. De acuerdo. —Retrocedió unos pasos, observándolo con interés.
—Me voy a mi estudio ahora —dijo Auberon, sintiéndose ridículo.
—Bueno. Hasta luego.
—Estoy cerrando la puerta.
Ella agitó la cuchara. Empezó a decir algo más, pero él alzó la vista y ella fue hacia la cocina.
En su estudio, Auberon apoyó la mejilla en el hueco de su mano y estudió la vieja tabla veteada de su escritorio. Alguien había rayado en la superficie, con letras de imprenta, una obscenidad, y otra mano gazmoña la había retocado transformándola en BOTA. Probablemente todo había sido ejecutado con la punta de un compás. Compás y transportador. Cuando empezó a asistir a clase en la escuelita de su padre, su abuelo le había regalado su viejo estuche de lápices, de cuero, con un cierre a presión y extrañas figuras mejicanas repujadas, una de ellas una mujer desnuda, se podía pasar el dedo por el estilizado pecho y sentir el relieve del diminuto pezón. Había lápices con cursis sombreretes rosados de goma de borrar que se salían para revelar la base desnuda del lápiz; había otra goma gris dialéctica, romboidal, mitad para lápiz y una mitad más áspera para tinta que maceraba el papel. Y lapiceros negros con una puntera de corcho como los cigarrillos de la tía abuela Nube, y una cajita de acero para las minas. Y un compás y un transportador. Traza la bisectriz de un ángulo. Pero nunca la trisectriz. Con los dedos giró un compás imaginario sobre la tapa de su escritorio. Cuando el minúsculo lapicito amarillo se gastaba, el compás pisaba en falso sobre una pata inútil. Podría escribir un cuento sobre esas largas tardes en la escuela, en mayo, el último día por ejemplo, las malvalocas creciendo en el jardín y las enredaderas encaramándose para asomarse por las ventanas abiertas a las habitaciones; el olor del establo. El estuche de los lápices. La Abuela Viento-Norte y los Céfiros. El tedio y las fantasías de aquellas tardes interminables transportados a los ociosos ensueños de éstas... Ése podría ser el título de su cuento, Transportador.
—Transportador —dijo en voz alta, y le echó una mirada a Sylvie para ver si lo había escuchado. La pilló cuando ella le echaba una mirada y volvía a enfrascarse en su tarea lo más ufana.
Transportador, transportador... Sobre la tabla de roble tamborileó las sílabas con los dedos. ¿Y qué estaba haciendo ella, en todo caso? ¿Preparando café? Había calentado una gran olla de agua y ahora, con aire distraído, directamente de la bolsa, echaba en ella, a sacudidas, grandes cantidades de café. Un intenso, inconfundible aroma a café hirviente se difundió por la atmósfera.
—¿Sabes lo que deberías hacer? —dijo ella, revolviendo la caldera—. Deberías tratar de conseguir un empleo de escritor en «Un Mundo en Otraparte». De verdad, está degenerando.
—Yo... —empezó a decir él, pero volvió deliberadamente la cabeza y miró en otra dirección.
—Huyuyuy —dijo Sylvie, ahogando una carcajada.
George decía que todas esas cosas de la televisión se escribían en la otra costa. ¿Pero cómo podía saberlo él? La dificultad real, la que Auberon había vislumbrado a través de las minuciosas relaciones de Sylvie de los episodios de «Un Mundo en Otraparte», estribaba en que él jamás sería capaz de pergeñar las miriadas de pasiones (para él incongruentes) de que parecía estar plagado el novelón. Sin embargo, que él supiera, los terribles pesares, los sufrimientos atroces, los accidentes y los imprevistos golpes de suerte que narraba eran reales, reales como la vida misma... ¿Qué sabía él de la vida, de la gente? Tal vez la mayor parte de la gente fuera así, tan arbitraria, tan dominada por la ambición, la sangre, la lujuria, el dinero y las pasiones como la mostraba la TV. La gente y la vida no eran sus fuertes como escritor. Sus fuertes como escritor eran...
—Toc-toc —dijo Sylvie, apareciendo allí, delante de él.
—¿Sí?
—¿Puedo entrar?
—Puedes.
—¿Sabes dónde está mi conjunto blanco?
—¿En el armario?
Ella abrió la puerta del retrete. Del lado interior de la puerta habían atornillado un perchero plegadizo en el que colgaban casi todas sus ropas.
—Fíjate debajo de mi gabán.
Ahí estaba, un conjunto de dos piezas de algodón blanco, chaquetilla y falda, en realidad un antiguo uniforme de enfermera con un distintivo de identificación en el hombro, y que Sylvie, con ingenio, había transformado en un atuendo a la vez más elegante e informal; su buen gusto era infalible, pero su habilidad no estaba a la misma altura, y Auberon, no por primera vez, deseó poder regalarle miles, para que se los echara encima, sería un goce para la vista.
Sylvie examinó el conjunto con ojos críticos.
—Tu café está hirviendo, se va a derramar —dijo él.
—¿Hum? —Con un par de tijeras pequeñísimas que tenían la forma de un pájaro de largo pico, estaba descosiendo de la hombrera el distintivo.— ¡Oh, mierda! —Se apresuró a apagar el fuego y volvió a atarearse con su conjunto.
Su fuerte como escritor era....
—Ojalá yo pudiera escribir.
—A lo mejor puedes —dijo Auberon—. Apuesto cualquier cosa a que puedes, y bien. No, de veras —ella había soltado una risita desdeñosa—, lo digo en serio. —Él sabía, con la certeza del amor, que eran pocas las cosas que ella no podía hacer, y que esas pocas no valían la pena.— ¿Qué te gustaría escribir?
—Apuesto a que podría inventar historias mejores que las que inventan los de «Un Mundo en Otraparte». —Trasladó la olla de café hirviente a la bañera (la cual, como en todos los apartamentos antiguos, estaba impúdicamente acuclillada en el centro mismo de la cocina) y empezó a colar el líquido con un lienzo a otra olla más grande, ya instalada en la bañera.— No emociona, ¿sabes? No te llega al corazón. — Empezó a desvestirse.
—¿Te importa —dijo Auberon, renunciando a las paredes ilusorias y la puerta imaginaria que lo separaban de Sylvie— si te pregunto qué demonios estás haciendo?
—Estoy tiñendo —dijo ella, sin inmutarse. Sin la camisa ya, los globos de sus pechos oscilando suavemente con un movimiento pendular cada vez que se agachaba, cogió las dos piezas del conjunto, las examinó por última vez de arriba abajo, y las zambulló en la olla de café. Auberon, comprendiendo al fin, se echó a reír, encantado.
—Algo así como un beige —pronunciando la «g» como en «bache». Del escurridor junto al fregadero sacó el pequeño filtro de algodón en forma de calcetín (el colador, un hombre), que usaba para colar el fuerte café al estilo español, y se lo mostró. Con el uso, había adquirido una tonalidad tostado intenso que Auberon había admirado más de una vez. Con una cuchara de mango largo empezó a revolver lentamente el caldero—. Dos tonos más claros que yo —dijo—, eso es lo que quiero. Café-con-leche.
—Bonito —dijo él. El café le salpicaba la piel morena, y ella lo enjugaba con los dedos y se los chupaba. Con la cuchara en ambas manos, los pechos tensos, sacó la prenda de la olla y la observó: ya había adquirido una tonalidad marrón obscuro, pero con los enjuagues (Auberon la vio pensar eso) se aclararía. La sumergió de nuevo, con un meñique ágil se recogió un rizo que se le había escapado del turbante, y revolvió otra vez. Auberon nunca sabía cuándo la amaba más, si cuando su atención estaba pendiente de él o cuando, como ahora, estaba concentrada en alguna tarea o alguna cosa del mundo real. Jamás podría él escribir un cuento sobre ella: consistiría tan solo en catálogos de sus actos y sus gestos, hasta los más triviales. Pero en realidad, tampoco le apetecía escribir sobre ninguna otra cosa. Ahora estaba de pie en la cocina diminuta.
—Ésa sí que es una idea —dijo—. Esos culebrones siempre necesitan autores. — Lo dijo como si fuese un hecho del que estuviese convencido.— Podríamos colaborar.
—¿Eh?
—Tú piensas algo, algo que podría suceder siguiendo lo que está pasando ahora, sólo que mejor que como lo harían ellos, y yo lo escribo.
—¿En serio? —dijo ella, reticente pero intrigada.
—O sea, yo escribo las palabras, y tú escribes la historia. —Lo extraño (se acercó un poco más a ella) era que lo que él intentaba con esa proposición era seducirla. Se preguntó cuánto tiempo seguirán enamorados los enamorados antes de cesar de tramar el uno la seducción del otro. ¿Nunca? Nunca tal vez. Tal vez los incentivos se fueran volviendo más triviales, más rutinarios. O tal vez menos. ¿Qué sabía él?
—De acuerdo —dijo ella con súbita decisión—. Pero —añadió con una sonrisa secreta— puede que yo no tenga mucho tiempo libre. Estoy por conseguir un trabajo.
—Oh, fabuloso.
—Sí. Para eso es este conjunto, si queda bien.
—Caray, eso es fantástico. ¿Qué clase de trabajo?
—Bueno. Yo no quería decírtelo porque no es tan seguro. Me van a hacer una entrevista. Es para eso de las películas. —Lo absurdo de la situación la hizo reír.
—¿Estrella de cine?
—No inmediatamente. No el primer día. Para eso habrá que esperar. —Trasladó el empapado amasijo marrón a una esquina de la bañera. Echó por el desagüe el café frío.— Un productor, o algo así, que he conocido. Una especie de productor o director. Necesita una asistente. Pero no una secretaria exactamente.
—Oh, ¿de veras? —¿Dónde, y sin decirle nada a él, conocía ella productores y directores de películas?
—Una especie de script girl y azafata.
—Hmm. —Seguramente Sylvie, más avispada que él para esas cosas, habría intuido si una proposición de esa naturaleza de parte de un productor era genuina o un mero señuelo; a él le sonaba sospechosa, pero de todas maneras hizo ruiditos alentadores.