Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 96 de 210

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Pqueño, grande

Imágenes del cielo

Ella le clavó una mirada fría.

—Hombre —exclamó—. Si ustedes tienen transcripciones de todas ellas. ¿Es de eso acaso de lo que yo tengo que ocuparme? ¿No saben leer? —Hizo una pausa, preguntándose si su desdén no sería una máscara para ocultar su propia incapacidad de cercar a su presa.— Cuando él habla —dijo, en un tono más afable— todo el mundo lo escucha. Lo que dice, ustedes lo saben. La vieja amalgama destinada a conmover todos los corazones. Esperanza, una esperanza ilimitada. Sentido común, o lo que pasa por serlo. Sabiduría liberadora. Puede arrancar lágrimas. Pero muchos pueden. Yo creo... —Era lo más parecido a una definición que podía ofrecerles; y aún estaba lejos.— Yo creo que él es menos o más que un hombre. Creo que, Comoquiera, estamos tratando no con un hombre sino con una geografía.

—Comprendo —dijo un socio, atusándose un mostacho gris perla a juego con su corbata.

—No —dijo Halcopéndola—. Usted no comprende porque yo no comprendo.

—Quitémoslo de en medio —propuso otro.

—No es su mensaje, sin embargo, lo que nosotros objetamos —dijo un tercero, mientras sacaba de su cartera flexible un fajo de documentos—. Estabilidad. Vigilancia. Resignación. Amor.

—Amor —dijo otro—. Todas las cosas degeneran. Ya nada funciona debidamente, todo se hunde en el vacío. —Había un temblor desesperado en su voz. — No queda sobre la faz de la tierra ninguna fuerza que se considere más poderosa que el amor. —Rompió en extraños sollozos.

—¿No veo unos botellones, Halcopéndola —preguntó alguien con voz tranquila —, allá, encima de su aparador?

—Uno es de cristal tallado, y contiene brandy —respondió Halcopéndola—. El otro no, y contiene whisky.

Una vez que hubieron calmado a su colega con un trago de brandy, dieron por finalizada la reunión, sine die, y dejando el nuevo asunto sin resolver y a Halcopéndola siempre a cargo de proseguir las indagaciones, se marcharon de la casa con más perplejidades e incertidumbres que las que jamás sintieran desde que la sociedad de la que constituían los pilares secretos comenzara a quebrantarse y decaer perversamente.

 

Imágenes del cielo

 

Cuando les hubo franqueado la salida, la sirvienta de Halcopéndola, de pie en el vestíbulo, contempló con profunda tristeza lo que parecía ser un pálido presa del alba en el enrejado cristal de la puerta, compadeciéndose en silencio de su situación, su servidumbre, esos breves destellos de conciencia nocturna que más le valdría no tener. Entretanto, la claridad gris se fue expandiendo y pareció teñir a la sirvienta inmóvil, substraerle de los ojos la luz de la vida. Alzó una mano en un ademán egipcio de bendición o despedida; sus labios se sellaron. Cuando Halcopéndola, camino de la escalera, pasó junto a ella, ya había amanecido, y la Doncella de Piedra (como llamaba Halcopéndola a esa antigua estatua) era una vez más toda de mármol.

En la casa, alta y estrecha, Halcopéndola subió cuatro largos tramos de escalera (un ejercicio que le conservaría el robusto corazón sano hasta una avanzadísima vejez), y en el último rellano, donde la escalera se ahusaba bruscamente y dejaba de existir, se detuvo delante de una puerta pequeña: oía ya, del otro lado, los rítmicos latidos de la enorme máquina, el descenso pulgada a pulgada de las pesas, el hueco clic de los dispositivos de aceleración y regulación; y su espíritu empezó a serenarse. Abrió la puerta. La luz del día, tenue y multicolor, salió a raudales, y como el susurro delicado de una brisa entre ramas desnudas y crujientes, se dejó oír la música de las esferas. Echó una ojeada a su reloj pulsera de esfera cuadrada y se encorvó para entrar.

Que esa casa de la Ciudad era una de las tres únicas del Mundo equipadas con un Cosmo-Opticón Patentado, un Theatrum Mundi más o menos en condiciones de funcionamiento, Halcopéndola lo había sabido antes de comprarla. Le había encantado imaginar al enorme y férreo talismán en lo alto del cielo de su mente. No había sospechado, sin embargo, que fuese tan hermoso ni —cuando lo puso en marcha, y le hubo practicado ciertas bien calculadas correcciones— tan útil. Acerca de su inventor, no había podido averiguar gran cosa, e ignoraba por tanto con qué intención lo había concebido —mero entretenimiento, probablemente—, pero lo que él ignorara ella lo sobreentendía, de modo que ahora, cada vez que se encorvaba para entrar por aquella puertecita, penetraba no sólo en un Cosmos de vitrales y hierro forjado reproducido hasta sus detalles más exquisitos, que giraba con asombrosa exactitud en sus órbitas de relojería, sino a la vez en un Cosmos que situaba a Halcopéndola en el momento real de la Edad del Mundo que transcurría cuando penetraba en él.

No obstante, pese a que Halcopéndola había corregido el Cosmo-Opticón de modo que reflejara con exactitud el estado del cielo real del espacio exterior, la máquina no funcionaba aún con absoluta precisión. Aun en el supuesto caso de que su creador lo hubiera sabido, no había ninguna forma de dotar a una máquina de dientes y engranajes tan burda como aquélla del lento, vasto movimiento hacia atrás del Cosmos a través del Zodíaco, la denominada precesión de los equinoccios, ese periplo inimaginable, solemne, majestuoso que aún demorará unos veinte mil años más en consumarse, hasta que el equinoccio de primavera coincida una vez más con los primeros grados de Aries, ese punto en el que la astrología convencional supone por comodidad que siempre ha de estar, y en el que Halcopéndola encontrara fijado su Cosmo-Opticón cuando lo adquirió junto con la casa. No, las únicas imágenes verdaderas del tiempo eran el cielo mismo siempre cambiante y su reflejo perfecto dentro de la poderosa conciencia de Ariel Halcopéndola, que sabía qué hora era: esa máquina no era, en definitiva, más que una burda caricatura, aunque bonita, sin duda. A decir verdad, reflexionó mientras transportaba la butaca de felpa al centro del universo, muy bonita.

Se distendió en el tibio diluvio de sol invernal (a mediodía haría un calor de todos los demonios en el interior de ese huevo de cristal, otro detalle que su inventor no había tenido en cuenta, al parecer) y alzó la vista. Venus azul en trígono con Júpiter naranja-sangre, cada hueca esfera de cristal sostenida entre los Trópicos sobre su propia banda; la Luna de cristal azogado declinando bajo el horizonte, y Saturno anillado y minúsculo, de un gris lechoso, despuntando. Saturno en la casa ascendente, adecuada para las meditaciones a que Halcopéndola debía ahora entregarse. Clic: el Zodíaco giró un grado, Dama Libra (un poco parecida a la Bernhardt en sus túnicas art-nouveau sutilmente emplomadas, y pesando en su balanza algo que a Halcopéndola siempre le había parecido un racimo de deliciosas uvas de Málaga) sacó las puntas de los pies de las aguas australes. El sol real brillaba a través de ella con tanta intensidad que le diluía las facciones. Como lo estarían también, por supuesto, en el desolado cielo azul del día, calcinadas e invisibles, pero siempre allí, por supuesto, detrás de aquella luminosidad, por supuesto, por supuesto... Halcopéndola sentía ya que sus ideas se ordenaban a medida que los colores y los grados marcados en el Cosmo-Opticón iban ordenando la indiferenciada luz del cielo; sentía que su propio Theatrum Mundi interior abría sus puertas, que el director de escena golpeaba tres veces con su vara el escenario para indicar que alzaran el telón. La enorme máquina, la máquina cuajada de estrellas de su Memoria Artificial, empezó a exponer una vez más delante de ella las piezas del rompecabezas de Russell Eigenblick. Y, ya preparada y ansiosa por comenzar, intuyó que entre todas las tareas extrañas en las que había tenido que empeñar sus poderes, jamás había existido ninguna tan extraña como ésta, o ninguna quizá tan importante para ella; o ninguna que le hubiese exigido ir tan lejos, sumergirse tan profundamente, escudriñar en tantas direcciones, pensar con tanta intensidad. En las cartas. Bueno. Ya lo vería.