Pqueño, grande
El Bosque Agreste
—¿Mensajero Alado? —dijo Sylvie.
—¿Sí? ¿De qué se trata? ¿Qué podemos hacer por ti? —Era el hombre que había visto antes pintando el número en la puerta, o alguien igualito a él; o era el hombre que la había mandado allí. O igualito a él.
—Paquete para usted —dijo.
—Aja. —Con la misma imperturbable sonrisa, el hombrecito abrió un poco más la puerta para que Sylvie pudiese agacharse y pasar.— Adelante, pues.
—¿Está usted seguro —dijo ella echando una mirada incierta hacia el interior— de que es aquí donde me mandaron venir?
—Oh, claro que sí.
—Caray. Sí que es pequeño aquí dentro.
—Oh, sí que lo es. ¿Quieres entrar, por favor?
El Bosque Agreste
Por las mismas calles de mayo, al anochecer, rumbeando un poco a la deriva hacia la Alquería del Antiguo Fuero a través de la repentina, flamante primavera, Auberon pensaba en la fama, en la fortuna, en el amor. Había estado en las oficinas de la empresa que creaba y financiaba la producción de «Un Mundo en Otraparte» y varios otros engendros menos afortunados. Allí había depositado en las manos manicuradas de un hombre extremadamente cordial pero un tanto ausente, no mucho mayor que él, los guiones para dos episodios imaginarios del famoso culebrón. Lo habían agasajado con café, y el hombre joven (que no parecía tener entre manos mucho que hacer) se había explayado en vaguedades acerca de la televisión, la escritura de guiones, la producción; cifras de dinero astronómicas fueron mencionadas y aludidos al pasar los arcanos del negocio; Auberon trataba de no mostrarse asombrado por las primeras, y asentía con aire de conocedor ante los segundos, aunque muy poco había entendido del tema. Y por último, con encarecidas invitaciones de que se diera una vueltecita en cualquier momento, lo habían despedido, acompañado hasta la puerta por una recepcionista y una secretaria de una belleza casi legendaria.
Asombroso y prodigioso. Panoramas inverosímiles se abrían ante Auberon en medio del gentío y el bullicio de la calle. Los guiones, inventados por él y Sylvie en largas noches de regocijada y febril colaboración, eran buenos, estaban bien tramados, tenían suspenso y emoción; no exquisitos de ver, sin duda, mecanografiados como lo fueran en la prehistórica máquina de George; qué importaba eso; qué podía importar, su futuro aparecía pródigo en dispendiosos equipos de oficina, en comidas abundantes, en secretarias de primera, en trabajo y más trabajo para ganar los premios fabulosos. Él arrebataría, de entre las garras del dragón que moraba en el secreto corazón del Bosque Agreste, el precioso tesoro que la bestia custodiaba.
El Bosque Agreste; sí. Antaño, él lo sabía, en los tiempos en que Federico Barbarroja era emperador de Occidente, el Bosque Agreste comenzaba del otro lado de las vallas de troncos de las aldeas, más allá de las lindes de las tierras cultivadas; el corazón del Bosque, donde habitaban lobos y osos, y brujas en cabañas evanescentes, dragones, gigantes. Dentro del poblado, todo era racional, ordinario: allí había seguridad, vecinos, fuego, alimentos y todo el bienestar que un hombre podía ambicionar. Era del otro lado, en el Bosque Agreste, donde te podía acontecer cualquier cosa, donde podías tener cualquier aventura: era allí donde arriesgabas la vida a cada instante.
Pero ya no. Ahora todo se había trastocado. Allá, en Bosquedelinde, la noche no albergaba terrores; los bosques eran mansos, sonrientes, confortables. Él ignoraba si en Bosquedelinde, en las tantísimas puertas de la casa, funcionaría aún algún cerrojo; a decir verdad, él nunca había visto ninguna cerrada con cerrojo. En las noches calurosas, solía dormir a cielo abierto en los porches, e incluso en el bosque, prestando oído a los rumores y al silencio. No, era en estas calles donde uno veía lobos, reales o imaginados, aquí donde uno trancaba sus puertas contra las asechanzas de cualquier criatura aterradora que pudiera andar merodeando Allá Afuera, como trancaban antaño las de sus cabañas los habitantes de los bosques; se contaban historias espeluznantes de lo que podía acontecer aquí después de la caída del sol; aquí tenías las aventuras, ganabas las recompensas, aquí aprendías a vivir con el terror en la garganta y a apoderarte del tesoro; este lugar, sí, era ahora el Bosque Agreste, y Auberon era un habitante del bosque.
¡Sí! La codicia del tesoro le infundía coraje, y el coraje lo hacía fuerte; errante, armado, cabalgaba a través del gentío; que los débiles sucumbieran, él no lo haría. Pensaba en Sylvie, astuta como un zorro, criada en los bosques aunque nacida en la seguridad complaciente de una isla tropical. Ella conocía este lugar; su codicia era tan inmensa como la de él, más, y su astucia no le iba a la zaga. ¡Qué par! Y pensar que tan sólo unas semanas antes parecían, los dos, atrapados en el fondo de una trampa mortal, desencontrados en un enmarañado matorral sin salida, a punto de separarse. Separarse. ¡A qué albures, por Dios, no se exponía ella! ¡Y las bazas, qué míseras eran!
Ahora, sin embargo, él podía creer, en este momento, esta noche, podía creer, sí, que envejecerían juntos. El goce que obtenían el uno del otro, en suspenso durante todo aquel marzo frío y amargo, había vuelto a florecer, lozano y vivaz como apretados racimos de amargón. Esa misma mañana ella había llegado con retraso a su empleo por una razón, una nueva razón: retrasada, porque cierto complicado proceso había tenido que ser llevado hasta su rotunda y feliz culminación. Oh, Dios, los excesos fabulosos que se exigían, uno de otro, y los descansos que requerían esos excesos, una vida podía consumirse en los unos, y luego en los otros, él hubiera dicho que la suya se había consumido casi por completo esa mañana. Y sin embargo, sin fin: él sentía que podía ser, no veía razón alguna para que no lo fuese. Se detuvo en la mitad de un cruce, sonriente, ciego: los latidos de su corazón resonaban como acuñados en oro mientras revivía momento a momento esa mañana dentro del pecho. Un camión bramó junto a él, un camión desesperado por no perder la señal luminosa, su señal, que Auberon estaba burlando. Auberon se apartó de un salto y el conductor le gritó algo insultante pero ininteligible. Ciego de amor, aplastado, pensó Auberon (riendo, ya a salvo en la otra acera), así me moriré, atropellado por un camión cuando desbordado de lujuria y de amor no sepa dónde estoy.