Pqueño, grande

John Crowley · Capítulo 131 de 210

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Pqueño, grande

El revés era el derecho

—Bueno —dijo, y le susurró un deseo secreto que había abrigado pero que nunca se había atrevido a expresarle.

—Oh, caray, uou —dijo ella—. Qué desvergonzado.

Él lo dijo de nuevo, agregándole ciertos detalles. Era como si le susurrara las palabras al oído en la más secreta intimidad del lecho, pero más abstracto, más secretamente íntimo aún que eso: directamente al oído de su mente. Alguien pasaba caminando entre ellos: Auberon podía oír el ruido de sus pasos. Pero el, alguien no podía oír sus palabras: sintió un escalofrío de placer. Dijo más.

—Mm —dijo ella, como ante la perspectiva de un goce y una satisfacción inmensos, un ruidito al que él no pudo evitar responder con un sonido propio—. Hey, ¿qué estás haciendo allí? —susurró, insinuante—. ¡Pórtate bien!

—Sylvie —susurró él—. Vayamos a casa.

—Claro.

Se dieron vuelta en sus respectivos rincones (cada uno apareciendo ante el otro diminuto y brillante y lejano después de aquella obscura intimidad de los susurros) y fueron a reunirse en el centro, riendo ahora, abrazándose hasta donde se lo permitían los abultados abrigos y con miles de sonrisas y miradas (Dios, pensaba él, sus ojos son tan brillantes, tan luminosos, profundos, cargados de promesas, todas esas cosas que los ojos son en los libros y nunca en la vida, y ella era suya), tomaron el tren correcto y viajaron de regreso a casa en medio de desconocidos, absortos en sus pensamientos, que ni siquiera notaban la presencia de esos dos, o si la notaban (pensó Auberon) no sabían nada, nada de lo que sabía él.

 

El revés era el derecho

 

El sexo, había descubierto Auberon, era maravilloso, un juego maravilloso. Al menos de la forma en que lo practicaba Sylvie. Para él, siempre había existido un cisma entre los deseos encadenados en su interior y la fría circunspección que, imaginaba, requería ese mundo de adultos en el cual (a veces pensaba que por equivocación) le había tocado habitar. El deseo intenso le parecía infantil; la infancia (o al menos la suya, hasta donde la alcanzaba a recordar, y podía contar historias de otras infancias) era un fuego, una llama que ardía secretamente, cargada de pasiones obscuras; para los adultos, todo eso había quedado atrás, ellos vivían de los afectos, del mutuo compañerismo, en una inocencia infantil. Que todo eso era monstruosamente perverso, lo sabía, pero era así como él lo había vivido. Que el deseo adulto, sus apremios, su grandeza lo hubiesen mantenido en secreto para él al igual que el resto de las cosas, no le extrañaba; ni siquiera se tomaba el trabajo de sentirse estafado por el largo engaño, puesto que con Sylvie había conocido otra realidad, roto el código, dado vuelta la trama del lado del revés, y el revés era el derecho, y cobraba fuego.

Si bien no era exactamente virgen cuando la conoció, bien hubiera podido serlo: con ninguna otra había compartido esa voracidad infantil apremiante, inmensa, ninguna otra había prodigado la suya en él ni había gozado de él con tanta complacencia, con tan puro deleite. Era un juego de nunca acabar y todo en él era gratificado: si él quería más (y Auberon descubría que guardaba en su interior prodigiosas espesuras de deseo amontonadas allí durante años), más recibía. Y lo que deseaba, estaba él tan ansioso por darlo como ella ávida de recibirlo. ¡Era todo tan simple! No porque no hubiese reglas, oh, claro que las había, aunque eran reglas como las de los juegos espontáneos de los niños, seguidas estrictamente pero a menudo improvisadas sobre la marcha por un deseo súbito de alterar el juego y darse el gusto. Se acordaba de Cherry Lagos, una chiquilla imperiosa de cejas renegridas con quien solía jugar: ella, a diferencia de todos sus otros compañeros de juego, que decían: «Hagamos ver que...», siempre empleaba otra fórmula: ella decía «Debemos». «Debemos ser malvados. Yo debo ser capturada y atada a este árbol, y tú debes rescatarme. Ahora yo debo ser la reina, y tú debes ser mi esclavo.» ¡Deber!, sí...

Sylvie, al parecer, siempre había sabido todas esas cosas, ella nunca había vivido a ciegas. Le hablaba de ciertas vergüenzas, de ciertas inhibiciones que había sentido de pequeña y que él nunca había conocido, porque todo eso, ella lo sabía —el besarse y el desnudarse con los chicos, y las oleadas de sensaciones—, eran para los grandes, y que ella sólo llegaría realmente a eso cuando fuese mayor también ella, y tuviese pechos y tacones altos y se maquillase. Por eso no existía en ella ese cisma que él percibía; en tanto a él le habían contado que Mamá y Papá se habían querido tanto que se habían sometido a esas indignidades infantiles (o eso le parecían a él) para fabricar bebés, y no podía relacionar (y sólo a medias creer en) esos actos con los violentos latigazos de sensaciones que despertaban en él Cherry Lagos, ciertas fotografías y los locos juegos que jugaban desnudos, Sylvie había sabido desde siempre la verdad de las cosas. Por muchos y muy terribles problemas que la vida le hubiese deparado (y sí que lo eran), ése al menos ella lo tenía resuelto; o más bien, nunca lo había sentido como un problema. El amor era real, tan real como la carne misma, y la pasión y el sexo no eran ni siquiera la trama y la urdimbre, era todo una sola cosa, un todo tan inextricable como la seda inconsútil de su piel fragante y morena.

Era sólo él, por lo tanto —aunque en números estrictos ella no fuese más experimentada que él—, el que se asombraba, se maravillaba de que esa indulgencia como la de un bebé glotón resultara ser ni más ni menos que lo que hacen los mayores, resultara ser la esencia misma de la adultez: la solemne exaltación de la potencia y la receptividad, y al mismo tiempo el loco arrobamiento infantil en una autocomplacencia sin fin. Era la virilidad, la femineidad certificados una y otra vez por el más vivido de los sellos. Papi, lo llamaba ella en sus éxtasis. Ay, papi, yo vengo. ¡Papi!, no el papa diurno sino el papi nocturnal y fuerte, grande como un plátano y padre de placeres. Él casi evitaba pensar en eso, ella se apretaba contra su flanco, su cabeza apenas le llegaba al hombro, pero él seguía andando a paso firme, con sus largas piernas, un paso de adulto. ¿Se equivocaba, o los hombres percibían su potencia mientras caminaba junto a ella a paso largo, y lo miraban con respeto? ¿Sería cierto que las mujeres lo miraban de reojo, admirativamente? ¿Por qué no toda la gente que pasaba, por qué los edificios mismos y hasta el desnudo, el impasible cielo no los bendecían?