Pqueño, grande
Capítulo 3
Ven, que hacia un largo sueño de pensamientos calmos quiero verte partir, hasta que tu mirada se remanse como las aguas cuando los vientos se han ido
y nadie sabe adonde.
Wordsworth
—Es George —dijo Fumo. Lily, agarrada a la pernera de su pantalón, miró hacia donde su padre señalaba. Por encima del puño pegado a su carita, los ojos de largas pestañas no abrieron juicio sobre el visitante que, chapoteando con sus botas en los charcos del sendero, caminaba hacia la casa a través de la niebla. Vestía su gran capa negra, su sombrero de Svengali alicaído por la mojadura; desde la entrada los saludó con la mano.
—Hola —dijo, mientras subía chapaleando la escalera del porche—. ¡Hoooooola! —Abrazó a Fumo; bajo el ala del sombrero los dientes le resplandecían, los ojos circundados de ojeras obscuras eran ascuas—. Ésta es..., ¿cómo era que se llamaba...?, ¿Tacey?
—Lily —dijo Fumo. Lily se refugió detrás de la cortina de los pantalones de su padre—. Tacey ya es toda una señorita. Seis años.
—Oh, Dios.
—Sí.
—El tiempo vuela.
—Bueno, pasa. ¿Qué hay de nuevo? Podías haber escrito.
—No lo decidí hasta esta mañana.
—¿Algún motivo especial?
El tiempo vuela
—Hormigas en el culo. —Decidió no decirle nada a Fumo de los quinientos miligramos de Pellucidar que se había tomado y que ahora estaban ventilando fríamente su sistema nervioso como el frío del primer día del invierno, que casualmente era hoy, el séptimo solsticio de invierno en la vida de casado de Fumo. El impulso se lo había dado la gran cápsula de Pellucidar; había sacado el Mercedes, uno de los últimos vestigios de la antigua opulencia de los Ratón, y emprendido viaje rumbo al norte hasta que todas las gasolineras que encontraba en el camino resultaron ser empresas en quiebra; aparcó el coche en el garaje de una casa abandonada e, inhalando el aire denso y mohoso, continuó la travesía a pie.