Pqueño, grande
Sin embargo primavera
—Por eso —dijo ella, abriendo al máximo el grifo y vertiendo agua fría a chorros sobre el conjunto ahora de color café— tengo que estar bonita o al menos lo más bonita posible, para ir a verlo...
—Tú siempre estás bonita.
—No, qué va.
—Estás preciosa ahora para mí.
Ella le lanzó la más instantánea y luminosa de sus sonrisas.
—Así que nos haremos famosos los dos juntos.
—Claro que sí —dijo él, acercándose más—. Y ricos. Y tú estarás al tanto de todo lo referente a las películas, y formaremos un equipo. —La cercó.— Hagamos un equipo, ahora.
—Oh, tengo que terminar con esto.
—De acuerdo.
—Tardaré un rato.
—Puedo esperar. Te miraré.
—Oh, papo, es que me turbas.
—Mm. Me gusta eso. —Le besó el cuello, aspirando el olor abiscochado del sudor, y ella le dejó hacer, las manos mojadas extendidas por encima de la bañera.— Voy a bajar la cama —dijo él en un susurro, algo entre una amenaza y la promesa de un festín.
—Mm. —Ella lo observó mientras lo hacía, las manos atareadas en el agua, pero en espíritu ya en otra parte. La cama, al descender, irrumpió de súbito en el cuarto, muy una cama pero a la vez como la proa de un navio que acabara de fondear: que, apenas zarpado desde la pared del fondo, recalara en puerto, en espera del abordaje.
Sin embargo primavera
Aunque a la postre —si porque llegó a dudar de que su productor fuese realmente un productor, o porque la falsa primavera de aquella semana se desvaneció y marzo pasó como un león helando hasta los tuétanos su frágil entereza, o porque el conjunto teñido no quedó a su gusto (por más que lo lavaba, siempre exhalaba un vago olor a café rancio)— Sylvie no acudió a la entrevista para las películas. Auberon trataba de animarla, le compró un libro para que leyese sobre el tema, pero eso pareció sumirla en un abatimiento más profundo. Las visiones rutilantes se desvanecieron. Cayó en un estado de apatía que alarmaba a Auberon. Se quedaba hasta tarde en la cama en medio de un indescriptible desorden de mantas, el gabán de invierno de Auberon por encima de todo, y cuando al fin se levantaba, iba y venía sin rumbo por el pequeño apartamento, con un cárdigan sobre el camisón y calcetines gruesos en los pies. Abría la nevera y se quedaba mirando un envase de yogur mohoso, restos irreconocibles en bandejillas de papel de aluminio, una soda sin burbujas.
—Coño —dijo—. Nunca hay nada aquí.
—¿De veras? —dijo él con amarga ironía desde el estudio imaginario—. Estará en la mala, me imagino. —Se levantó y cogió su gabán.— ¿Qué te gustaría? —dijo —. Iré a buscar algo.
—No, papo...
—Yo también tengo que comer, ¿sabes? Y si la nevera no quiere abastecernos...
—Está bien. Algo rico.
—Bueno, ¿qué? Podría traer unos cereales...
Ella hizo una mueca.
—Algo rico —dijo, con un gesto de las manos, la barbilla levantada, que sin duda expresaba su deseo, pero que a él lo dejó tan a ciegas como antes. Salió a una nieve recién caída bajo una nieve incesante.
Tan pronto como hubo cerrado tras él la puerta del apartamento, Sylvie se dejó arrastrar por un torrente de ideas sombrías.
Le parecía increíble que él, el niñito mimado, el regalón de una familia de hermanas y tías, pudiera ser tan infinitamente solícito, asumir tantas de las responsabilidades cotidianas de su vida en común, y jeringuear tan poco. La gente blanca era rara. Entre sus parientes y los vecinos de éstos, las principales obligaciones domésticas de un marido consistían en comer, propinar palizas y jugar al dominó. Auberon era tan bueno. Tan comprensivo. Y listo: los formularios oficiales y el interminable papeleo de un Estado benefactor vetusto y paralítico no significaban para él ningún terror. Y nada celoso. Cuando ella se había prendado de León, el muchacho de mirada dulce y tez morena que les servía en el Séptimo Santo, y por un tiempo se había dado el gusto, para luego yacer cada noche al lado de Auberon, rígida por la culpa y el miedo, hasta que él le hacía confesar su secreto, lo único que decía era que a él no le importaba lo que ella hiciera con otros con tal de que fuera feliz cuando estaba con él: a ver, cuántos tíos vas a encontrar, se preguntó a sí misma delante del nebuloso espejo colgado sobre el fregadero, capaces de reaccionar de esa manera.
Tan bueno. Tan magnánimo. Y ella, ¿cómo le retribuía? Mírate, mírate un poco, insistió. Bolsas debajo de los ojos. Y adelgazando día a día, pronto —alzó hasta el espejo un meñique retador— así de flaca. Y sin aportar una mierda a la casa, tan inútil para ella misma como para él, una boba.
Pero ella iba a trabajar. Sí, trabajaría día y noche y le pagaría a él todo cuanto había hecho por ella, el tesoro íntegro, implacable y opresivo de su bondad. Se lo tiraré a la cara. ¡Toma!
—Lavaré platos roñosos —dijo en voz alta, apartando la mirada de los arrumbados junto al fregadero en una pequeña pila—. Haré la calle...
¿Y era a eso a lo que la empujaba su Destino? Desencajada, y restregándose los brazos ateridos, iba y venía de la cama a la cocina, de la cocina a la cama, como una fiera enjaulada. Aquello que debiera liberarla la esclavizaba, la obligaba a esperar hundida en la pobreza, una existencia cada vez más miserable, distinta de la larga pobreza sin remedio de su infancia, pero pobreza al cabo. ¡Harta de ella, harta harta harta! Los ojos se le llenaban de lágrimas de autoconmiseración. Una verdadera maldición, su Destino. ¿Por qué no lo podría cambiar por un poco de decencia, un poco de libertad, un poco de alegría? Si no lo podía tirar a la basura ¿por qué tampoco podía obtener algo a cambio de él?
Rumiando una resolución heroica, trepó otra vez a la cama. Se tapó con las mantas, mirando fija, acusadoramente al vacío. Obscuro, dormido, lejano pero parte de su sustancia misma, su Destino era irrenunciable, de eso había podido enterarse. Pero estaba cansada de esperar. Ni un solo rasgo de él podía discernir, salvo que Auberon estaba en él (pero no esta miseria; y, Comoquiera, tampoco este Auberon), pero ahora ella lo descubriría. Ya.
—Bueno —dijo, y adoptó, con los brazos cruzados bajo las mantas, una actitud resuelta. Ella no iba a esperar más. Conocería su Destino y empezaría a vivirlo, o se moriría; lo sacaría a la rastra, de viva fuerza, de ese futuro en el que se ocultaba.
Auberon, mientras tanto, caminaba, chapoteando, hacia el mercado del Buho Nocturno (sorprendido de descubrir que era domingo y que ningún otro local estaba abierto, ¿qué son los fines de semana para los pobres y los desocupados?) a través de la nieve virginal e impoluta tan sólo a esa hora, su primera pisada iniciando la larga desfloración que la convertiría en un lodazal repugnante, más negro que blanco. Se sentía malhumorado, o mejor dicho, furioso, pese a que al despedirse había besado a Sylvie tiernamente, y a que dentro de diez minutos, cuando regresara, la volvería a besar con igual ternura. ¿Por qué no reconocía ella al menos su ecuanimidad de carácter, su talante siempre conciliador, siempre complaciente? ¿O creía ella acaso que era fácil conservar la calma, esconder una natural indignación detrás de una respuesta afable, y cada vez, cada una y otra y otra vez? ¿Y qué compensación obtenía él por sus esfuerzos? Si hasta le pegaría, a veces. Le gustaría, sí, darle una buena bofetada, para que se le bajaran un poco los humos, para que viera hasta dónde se había agotado su paciencia. Oh, Dios, qué horrible el sólo pensarlo.
La felicidad, había llegado a comprender, o al menos su felicidad, era una estación, y en esa estación Sylvie era el tiempo. Un tema del que todos dentro de él hablaban, entre ellos, sin que ninguno pudiera hacer nada para remediarlo, tan sólo esperar, esperar hasta que cambiase. La estación de su felicidad era la primavera, una primavera larga, tímida, voluble, tan a menudo esquiva como solícita y dadivosa, como cualquier primavera: y sin embargo, primavera. Si de algo estaba seguro, era de eso. Pateó la nieve aguachenta. Segurísimo.